MUSEO BOLIVARIANO

Los miles de millones de pesos
¡que se los está comiendo el comején!
Un pueblo, el terruño, olvidado por la felicidad y saqueado por la corrupción

     Fotos tomadas por el autor de la crónica

Sobre las vetustas paredes de la antigua casa de Pedro Juan Visbal, español, que la construyó a finales del siglo 18, principios del 19 —pues no existe un documento que lo confirme—, se han tejido e inventado muchas historias producto de la imaginación y del afán de algunos ‘historiadores’ que nunca sustentaron sus argumentos con reseñas bibliográficas y quienes, para evadir esa responsabilidad, se ampararon en la tradición oral y se aprovecharon de la ignorancia de nuestros abuelos en aquellos tiempos. Prácticas que aún se continúan ejerciendo por pseudo historiadores de Soledad.

     Otra de esas historias de desafueros culturales, producto de la irracionalidad y, especialmente de la mentira, está relacionada con unos supuestos túneles que van dizque desde el caserón viejo de los Domínguez hasta la iglesia y de esta a la casa de Pedro Juan Visbal —actual Museo Bolivariano—, en la cual el Libertador Simón Bolívar pernoctó durante 33 días antes de partir para la hacienda San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, donde falleció el 17 de diciembre de 1830. Este tipo de historias de desafueros son ‘ocurrencia’ de extremos demenciales en la narración de sucesos relacionados con las épocas de la colonia, de la independencia y, posteriores a estas, en el afán de construir —sobre cimientos mentirosos— el devenir histórico de Soledad.

Ceiba del patio interior del museo, donde el comején tiene su hábitat y, en su recorrido, está devorando la madera del techo y los muebles, como consecuencia de la desidia administrativa y de un secretario inepto… Paredes y rincones del interior de los cuartos de la vetusta casa de Pedro Juan Visbal, decorados y taladrados por el comején —resalto por medio de las elipses—con la anuencia de la negligencia oficial.

     ¿Quién puede creer semejante exabrupto? Analicemos lo siguiente:

     Tradicionalmente se dice que la primera de esas construcciones, en este caso ‘El Caserón de los Domínguez’, fue ordenada por el arzobispo virrey don Antonio Caballero y Góngora, a finales del siglo 17, como sede arzobispal, y la dirección de la construcción fue encomendada al arzobispo Estévez. Posteriormente, parece que fue utilizado como simple casa cural, pero la población nacida a principios del siglo 18 la llamaba ‘La Casa Consistorial’, nombre legado a sus descendientes de inicios del siglo 19, para que estos nos lo pasaran a nosotros, que, sin embargo, terminamos llamándola ‘el caserón de los Domínguez’. La construcción de la iglesia San Antonio de Padua, data de mediados del siglo 18, lo que representa una diferencia de tiempo con relación a la primera y, por último, encontramos la casa del español Pedro Juan Visbal, quien la mandó a construir a finales del siglo 18.

     Si entre ‘El caserón de los Domínguez’ y la iglesia hay una diferencia de tiempo en sus construcciones de casi ochenta años y, por el otro lado, entre la primera y la casa de Pedro Juan Visbal —actual Museo Bolivariano— hay más de un siglo, esa descabellada historia de los túneles no se la cree ninguna persona que tenga sentido común y aplique razonamiento crítico. Uno supone que este tipo de proyectos de construcción que requieren ingeniería civil se ejecutan al tiempo y no con tantos años de diferencia entre cada una de ellas. A quien se le ocurrió semejante desproporción no tiene la más mínima idea de lo que dice, porque no investigó al respecto ni consultó con ingenieros civiles antes de afirmar semejante barbaridad. Si tenemos en cuenta el nivel freático del río, uno se hace preguntas como ¿Carajo, si los tales túneles existen, por qué no se han realizado excavaciones antropológicas entre la casa de los Domínguez y la iglesia San Antonio de Padua, para esclarecer el tema en cuestión? ¿O será que en realidad no existen? ¿Por qué, quienes plantean esta tesis, no la fundamentan en documentos históricos que corroboren lo dicho por ellos? Sabrá Dios, pero yo no me trago tremendo sapo.

Llegó Verano: $4.200 millones 

     Contradicciones tras contradicciones suceden en este municipio olvidado por la felicidad y saqueado por la corrupción.

Vista de la parte inferior del techo del museo que muestra la madera del mismo llena del comején que se está comiendo un banquete millonario ante la mirada de la ineptitud burocrática.

     El Museo Bolivariano, por ejemplo, es un gran plato millonario que está siendo devorado por el comején, porque durante las dos administraciones departamentales de Eduardo Verano le invirtieron unos cuatro mil doscientos millones de pesos en su restauración. Sin embargo, no se puede entender que lo hayan dejado a merced del comején por la desidia administrativa. Y guardar silencio frente a esta afrenta al patrimonio arquitectónico soledeño, es convertirse en cómplice. Además, los ciudadanos pagamos un cuatro por ciento en la telefonía móvil, gravamen que, sobre el papel, está destinado para la inversión en la restauración de infraestructuras arquitectónicas que formen parte del patrimonio cultural de nuestros municipios, así que no es un regalo y tenemos el derecho, como usuarios de la telefonía móvil, de reclamar; también se recaudan recursos por intermedio de la estampilla pro cultura, que una buena parte de ellos puede ser invertido en infraestructuras de este tipo, como lo establece la Ley General de Cultura.

Mientras tomábamos fotos para ilustrar el texto, se desprendieron de la centenaria ceiba pedazos de ramas que caían al suelo, en la danza del abandono oficial.

     En el patio interior del Museo Bolivariano se edificó una construcción de dos plantas, donde las oficinas de la secretaría de Cultura municipal se encuentran en la superior, mientras que en la inferior se ubican los baños, pero el secretario camina entre el comején y la mierda de murciélagos sin dar la menor muestra de interés para solucionar el problema, seguramente por su incapacidad. Lo único cierto es que el comején se apoderó del museo y lo está devorando ante la pasividad de una administración que pareciera no tener sentido de pertenencia, pero sí un inepto secretario de cultura. Increíble, pero cierto: no se emprenden acciones para erradicar el comején cuando el valor histórico que representa para Soledad no tiene precio, comparado con los cuatro mil doscientos millones de pesos que invirtió la gobernación de Verano porque su valor está representado en lo patrimonial.

     ¿Cuánto puede costar la erradicación del comején en el Museo Bolivariano? ¿Será que es más costosa que la inversión de cuatro mil millones de pesos en su restauración? Se pregunta uno, porque no se puede concebir el desinterés administrativo demostrado hasta la presente, sabiendo que el nido, cueva o cómo se le quiera llamar, tiene lugar en el árbol de ceiba que está plantado en el patio interior, por cuyas ramas el comején se transporta hasta el techo y se está comiendo todo cuanto encuentra a su paso. La historia de este municipio es un rosario de contradicciones que sólo ocurren en él. A pesar de tener un ente como el Edumas que está relacionado con el urbanismo y el medio ambiente de Soledad, un ‘palo de ceiba’ amenaza con la destrucción del Museo Bolivariano y “Todo bien, todo bien”, como diría el Pibe Valderrama, porque aquí nunca pasa nada. Esa ceiba no solo atenta con destruir el museo, también es un peligro para la vida de las personas que ingresan a ese lugar porque sus ramas se vienen a tierra destrozadas por el comején. Dios permita que los periodistas no tengamos que relatar una tragedia anunciada que había de acabar con la vida de un ser humano, sólo por desidia de una administración.

Espere, en la próxima entrega, la historia del posible cambiazo de un cuadro…