Composición gráfica complementada con un trozo de ilustración de ‘El Siglo’ de Panamá para una nota sobre inseguridad en el sistema masivo de transporte en el istmo e imagen tomada de RCN.com, foto de abajo.

     Dos enemigos potenciales viajan con el usuario de Transmilenio durante la más reciente utilización —245 días después— de este servicio masivo de transporte urbano: su majestad Covid-19 y la señora Inseguridad Desbordada.

     El pasajero, fiel a todas las recomendaciones de bioseguridad y autocuidado, trata de descubrir la presencia de tan peligrosos acechantes por entre los más de 30 pasajeros de caras tapada que viajan con él —aunque no falta la excepción que confirma la regla— e imagina que, los dos, pueden estar en todos.

     Eso, en el interior del articulado rojo porque, afuera, en una mañana que parece tarde-noche —por estos días, las tardes y las tardes-noche bogotanas han estado intermitente y ruidosamente iluminadas por poderosas descargas naturales de electricidad estática—, otro hostil elemento se pavonea en el ambiente: gris-castaño, cuelga desde un cielo aplastante, ronda entre el medio ambiente: ¡‘El general’ Invierno!, con su pelotón de virus, subcomandado por ‘La generala Influenza’, listos a atacar a aquellos cuerpos con bajas defensas, a los organismos vulnerables.

     Ya antes, el protagonista de esta historia de la vida actual real había subido a un bus del Sistema de Transporte Urbano de Bogotá, Sitp —en un intento de ‘viaje de familiarización’, como hubo de pensar al abordarlo—, pero un terror septuagenario había de obligarlo a apearse en la tercera parada, aunque lo cierto es que necesitaba cubrir diez para acercarse a su destino. Y es que el extraño comportamiento de aquellos tres usuarios obligatoriamente enmascarados —como él—, que se apostaron en el extremo posterior del vehículo y no dejaban de mirarlo, eso creía, azuzó sus miedos. Pensó en tomarles una foto con el celular, pero desechó la idea ante el ‘papayazo’ que había de dar. Prefirió bajar y echar a andar apresurado, sin dejar de mirar hacia atrás, como huyendo, en busca de la estación de Transmilenio cercana.

     Sintiéndose como ‘embolsao’ —cagado del susto, en costeño clásico— había de acercar la tarjeta al torniquete sin aplastarla contra el dispositivo, acto seguido había de lavarla con alcohol glicerinado antes de devolverla al bolsillo de la chaqueta y, en ese preciso instante, había de observar cierta leve temblorina en sus manos. Quiso achacársela al frío paramuno que lo abrazaba y casi entumecía, pero bien sabía que no solo era efecto del clima: también influía para el ligero movimiento de sus manos el pánico que había comenzado a acompañarlo a uno y el otro lado. ¡Pánico ante trío enemigo tan acechante!

     Así vive él ahora en la Bogotá del ‘dar’. Esa Bogotá que dejó de ser la que era cuando él había de radicarse con su familia, en la capital de la República, allá por 2006. Recuerda que, en el mero centro del distrito capital, aunque no dejaba de toparse con habitantes de calle, podía caminar —a las diez, once de la noche, hace apenas 10 – 14 años— las doce cuadras que lo separaban del trabajo a su casa sin el miedo al acecho de asaltantes. El alcalde era Lucho Garzón. Y un puñado de aquellos habitantes de calle lo cuidaban, literalmente lo cuidaban, correspondiendo a los mil o dos mil pesos que el hombre les obsequiaba cuando se lo pedían.

     Hoy, en esta Bogotá que, supuestamente, “se sabe mover en la nueva realidad”, ya no es seguro viajar en Transmilenio —ni siquiera en horas de sol o de ‘luz del día’—, un transporte que el hombre llegó a utilizar hasta en la hora misma del último servicio, 11:00 de la noche, desde la estación del Museo del Oro hasta la entonces Centro Comercial Santafé, hoy Calle 187… Un muerto, apuñalados, robos, intimidaciones con revolver fuera de una infinidad con arma blanca, acciones vandálicas de desadaptados sociales, exceso de antihigiénicos olores a ‘bichongo’ y ‘chuchanga’, indolencia ciudadana, son, entre otros, indeseables agregados del presente con los cuales hay que desplazarse dentro del servicio público de transporte masivo. Y un dato reiterable: a partir de las 9:00 de la noche ya no hay policías en las estaciones ni en los articulados, mucho menos en los puentes peatonales…

Usa el tapaboca, mantén la distancia, lávate las manos… ‘¡Autocuídate!’…

     Y aquí sigue el hombre en su retoma al Transmilenio —tras ocho meses de abstención como consecuencia de la pandemia—, husmeando desde su asiento —al cual ‘alcoholizó’ minuciosamente antes de sentarse— hacia todos los puntos del interior del articulado, con su cabeza como si estuviera puesta sobre una tornamesa de vieja emisora AM: gira que gira, tratando de acertar, extremadamente ‘psicosiao’, con el alma de los portadores de sus potenciales enemigos.

     Voltea la vista a su derecha y descubre la malparidez hecha persona en la acción de su compañero de viaje, en los asientos de al lado: lleva el tapaboca a manera de collar. Al ver esto, el hombre de los miedos hace un comentario en voz alta con el propósito de tratar de influir en el sujeto para que le dé buen uso al tapaboca, que se cubra la boca y la nariz, pero provoca algo peor: el tosido ‘maloso’, diría malsano, del inefable viajero. El temeroso usuario piensa en lo peor. Se levanta de su asiento y camina hacia atrás, prefiere ir de pie, el panorama puede resultar más amplio.

     Aferrado ahora, mano enguantada, a uno de los tubos superiores del articulado, recuerda lo que había leído la noche anterior, noche de domingo 15 de noviembre —en medio de su felicidad del momento porque Junior había ganado 3-0 a Boyacá Chicó y clasificado al octogonal, no de último entre los ochos, como estuvo en un momento y a punto de quedar por fuera, ¡sino de sexto!—: «Hoy se reportaron 202 fallecimientos más por Covid-19 en Colombia, con lo cual la cifra de muertes se eleva a 34.031» y, mentalmente, precisa el complemento informativo para su satisfacción regional: su Barranquilla del alma aportó, este domingo, solo 2 fallecidos, y el Atlántico, 1, y no más.

     En medio de este ambiente de frío infernal —y juega tal barbarismo figurado—, la cifra diaria de difuntos por Covid–19 había vuelto a superar las dos centenas… La vaina seria, cifras de dos dígitos, está aquí en Bogotá —obvio, es la de mayor densidad poblacional— con 36 muertes y en Antioquia con 26, las zonas del país más afectadas, y también en Huila con 22 fallecimientos, Valle del Cauca igual con 22, Quindío con 20, Santander con 16 y Norte de Santander con 12. Este domingo, víspera de lunes festivo, «han sido 7.742 nuevos contagios, entre 20.581 pruebas PCR y 5.843 de antígenos realizadas durante las últimas 24 horas», según el Minsalud.

     El hombre vuelve a su realidad como pasajero de Transmilenio y vale aclarar que debe de hacer trasbordos, es festivo. Una señora, con exceso de peso, sube al vehículo, se arrellana en una silla azul cuan gruesa es, se manda el tapaboca al cuello, escarba una bolsa de plástico de rayas azules y negras, saca y comienza a comerse una empanada sin que le importe un carajo las miradas de desaprobación de los usuarios que la rodean. Es más, hace un gesto como diciéndoles: “¡Me importa un coño, me sabe a mierda que se arrechen!”.

     El pasajero llega a su destino —inmediaciones del parque Simón Bolívar— y, mientras se dirige a hacer sus diligencias, va esquivando ciclistas que no toman la ciclovía sino el área peatonal, analiza a los novios que se besan apasionadamente sentados en la silla de una de las paradas del ‘ese-i-tepé’ —confía en ellos, les habla, les entrega el celular y les pide que le tomen varias fotos—, deja el paso libre a la pareja de contemporáneos de él que camina, amorosa, tomados de la mano, pero con sus tapaboca abajo… Mira con miedo ajeno a la adolescente que, expuesta, habla y habla por celular en plena vía… Acelera el paso, con miedo propio, hacia los establecimientos abiertos al público dispuesto a guarecerse de la posibilidad de un peligro cada vez que escucha el rugido de una moto y observa que trae parrillero… Reprende con la mirada a los dos jóvenes que, a pico de botella, comparten una cerveza gigantesca… El recelo no le permite intentar la toma de fotos… Agobiado, regresa a la estación de Transmilenio, tras una larga caminata, misma que hizo de ida… Repite toda la acción de venida y se dispone a volver a la parada cercana a su residencia…

Como si nada… Tapaboca, a modo de collar… Vendedor de tintos y cliente-contertulio, insolentes e indolentes… Habría que aplicarles cierto contenido de DAR…

     De nuevo en un articulado, aprecia cómo se reitera la inconsciencia de algunos ciudadanos, el ‘meimportaunculismo’ ¡en plena acción…!

     Cuarenta y cinco minutos después, ha llegado al final de su desplazamiento urbano de este día y cuando va coronando, en ascenso, el tramo de acceso-salida, rumbo al puente peatonal, ve la escena que, por fin, ha de permitirle la toma de una foto a alguna malparidez ciudadana —tanto en el interior del Sitp como en el del articulado, y la misma calle, no había podido hacerlo, ¡no podía dar papaya!—, por fin, la escena ilustrativa: un vendedor de tinto y un cliente-contertulio garlando abiertamente, apoyados sobre las barandas del viaducto, sin guardar nada de protección, ni siquiera sus respectivos tapaboca puestos… A lo mejor no saben de DAR —Detecto, Aíslo, Reporto—… O se las dan de ‘muy chachos’ para retar contagios o de verdad no tienen la más mínima idea de lo indispensable que es el autocuidado ante un SARS-Cov-2 tan letal: ¡el coronavirus ya coronó a 34.031 colombianos, fuera de las consabidas cifras no oficiales…!

     El pasajero de los miedos acciona la cámara de su celular, logra su objetivo e inmediatamente corre, comienza a correr sobre el paso nivel peatonal, bajo el paraguas negro, y sigue, trancos septuagenarios, escalones pa’abajo, rumbo a la calidez y el calor de casa: tiene la certeza de que el cielo gris bogotano de esta mañana de lunes festivo va a comenzar a descuajarse en gotas de cristal...