—¿Eres consciente de lo que vas a hacer? Son infinitas las diferencias. ¡Tenlo en cuenta!

     Interrogante, comparación y sentencia de Olguita Emiliani Heilbron cuando, transcurriendo el preaviso, a mediados de mes, se refirió a mi carta de renuncia con fecha 30 noviembre de 1978. Y aclaro: el eufemismo con que está presentada la frase de la comparación es de mi cosecha, que —en otros términos, muy duros— eso fue lo ella quiso decir.

     —Lo sé, Olgui —fue mi respuesta. Y ella nada agregó. Me miró con desilusión, con desaprobación, diría que con conmiseración.

     Ni el doctor Fernández —Juan B. Fernández Renowitzky— ni Olguita deseaban que me fuera de aquella ‘vieja guardia’, tras cinco años y cuatro meses de vínculo laboral ascendente. Yo me ganaba 5.000 pesos en El Heraldo, pero Roberto Esper no solo pondría en letras de molde mi nombre como jefe de redacción, sino que me pagaría 12.000 pesos por nómina, algunos miles más ‘por debajo de la mesa’ y me daba un programa de radio en Emisoras Unidas.

Una de las primera visitas que recibió Orellano en el cúbiculo de cristal y madera que heredó de Gossain fue la su conterráneo soledeño Francisco ‘Pacho’ Galán, ‘El rey del merecumbé’.

     Días antes de la fecha anunciada para mi retiro, el doctor Fernández, por intermedio de Sonia Pedroza, me había hecho bajar a la oficina de la gerencia en el primer nivel para decirme, delante de Manuel De la Rosa y Alberto Mario Pumarejo, los gerentes, que “podemos pagarte los 12.000 pesos, buscarle la comba al palo para los otros pesos, pero yo no tengo emisoras”.

     Le respondí que no, que ya estaba decidido. Para el mes de la Navidad y de bienvenida a un Año Nuevo, ya no era de la nómina de ‘La vieja guardia’ de El Heraldo. Tres meses y medio después —así me lo contaban—, Olguita, pelos de punta en el segundo nivel de El Heraldo de la calle Real, oficina de redacción, se paseaba y gritaba que jamás me perdonaría lo que yo andaba haciendo. ¡Sonsacarle a Vilma Cepeda, a Ahmed Aguirre y a otros periodistas de El Heraldo para que se fueran a formar mi nómina de combate en La Libertad! Pero debieron de pasar cuatro meses y medio más —seis y medio exactos desde su sentencia de diciembre—, para escucharla decir:

     —Te lo advertí. ¿Qué diablos tenías que ir a hacer allá?

     Lo dijo sin aspavientos y aquellas duras palabras de mediados de noviembre de 1978 y que he suavizado con el ‘Son infinitas las diferencias’, no solo volvieron a azotarme en aquellos momentos sino que aun hoy, 41 años después, resuenan nítidas en mis oídos. Y sí: mi terquedad fue superior a la razón, y la razón la tenía Olguita: ¡ganó ella! Pero la experiencia vivida al haber montado y manejado la aparición de La Libertad a mi antojo, fue la gran recompensa para aquella tozudez y para mi ego. Dos meses 23 días después de haber sido su fundador, tras siete meses exactos de trabajo con Esper, salí de La Libertad: le había dicho a Roberto —nos ‘mentábamos’ la madre, éramos cómplices en algunas pilatunas— que cogiera su rotativa y se la met… Pero ese es otro cuento…

     Pues bien: no regresé a la planta de El Heraldo de forma inmediata, pero sí se nos abrieron a Neyía Vargas y a mí, bajo la bendición de Olguita, cualquier cantidad de opciones para generar periodismo y buena paga desde aquel “periódico de buena fe” que yo amaba a pesar de mi infidelidad y que aún hoy amo y me duele porque por años fue mi otra casa. ¡Ni más faltaba!

Ahmed Aguirre, Vilma Cepeda, Manuel Pérez, Enrique Loheste, Edith Bernier y Neyía Vargas, con José Orellano, el día de la inauguración de Comunicentro, un sueño que murió primero en medio de los efluvios de una bohemia mal interpretada.

     Generábamos:

     *De martes a sábado, la columna ‘Torre de control’, que ya habían hecho Soledad Leal y Margarita Cubillo, que la primera en producirla había sido una chica de apellido Huyke, bajo el nombre de ‘Aeropuerto’…

    *Dos veces a la semana, ‘Campus’, que era la voz de las universidades…

    *También ‘La cartelera’, la columna de farándula porque, años atrás, a ‘Al oído…’ le habían precipitado sepultura con resonancia, allá en la calle Real, entre La Paz y Progreso: 5.000 cartas —sin ‘auto-cartas’ como alguno acostumbraba, lo vi más de una docena de veces— en busca de 1.300 camisetas ‘Al oído-Edgardo Pereira’, “¿un periodiquito dentro del periódico?”, dijeron —“eso no puede seguir sucediendo”, dijeron— y… ¡san se acabó ‘Al oído’!, columna que, por disposición superior, yo había heredado de la inolvidable Beatriz Manjarrez. Esto nunca se lo revelé a ‘Biatri’, aunque ella siempre creyó que, abusando de mi cargo de coordinador de redacción, yo le usurpé ese espacio casi diario que ella había creado.

Encuentro con Gabriel García Márquez, aun sin ser Nobel, en un avión de Iberia, gracias a Comunicentro.

    *Venta de fotos, noticias, crónicas, reportajes e Informes Especiales. Nos iba bien con Comunicentro, que había alcanzado a montar su ‘chuzo’ —con siete cámaras y equipos de revelado y copiadora de fotos— en Progreso, muy cerca de ‘Siete bocas’. Y con ese pasito independiente, nos fuimos para la nueva sede. Incluso el encuentro con Gabriel García Márquez en un avión de Iberia se logró desde esa independencia periodística de la empresa Comunicentro…

     Olguita era quien ponía el Vo. Bo. a las cuentas de cobro. Y Gustavo Sánchez pagaba lo que Olguita avalaba.

     —Están ganando más que yo —decía Olguita bromista. Y nos encomendaba algún trabajo especial.

     Comenzaba a forjarse entonces ‘La nueva vieja guardia’, caras nuevas, muchas caras nuevas iban llegando a la redacción: redactores y fotógrafos y ¡qué sé yo! No más calor de talleres bajo el poder del plomo derretido ni el quejumbroso zumbido de los abanicos de techo para amainar altas temperaturas en los talleres. Por el contrario: saco, abrigo para contrarrestar el frío, que era el ambiente que exigían las nuevas tecnologías del momento…

     Y así transcurrían los días y las semanas y los meses hasta que hubo de llegar la noche de la embarrada de alguien a quien se le había encomendado la coordinación periodística de la nueva edición diaria de El Heraldo, composer, offset, rotativa nueva y, en fin… ‘Empastelada’ se le llamaba entonces en el argot periodístico, no sé ahora: la leyenda no coincidía con el contenido de la foto, primera página, abriendo: el arquero de Junior… Suficiente para que ese coordinador de redacción no fuera más.

Foto tomada por Pedro Anchila Ferrer —quien falleciera el pasado 8 del corriente mes—, durante la fiesta de los 50 años de El Heraldo: Mabel Morales y José Orellano, en amistoso abrazo de colegas.

    «Pongamos a Orellano», me dijeron que le dijo Olguita al doctor Fernández. Y nuevamente asumí la coordinación de El Heraldo, pero desde Editorial de la Costa, Edicosta: me pagaban por ‘producción’ y me embolataron mi seguridad social, mis cotizaciones al Seguro Social, hoy Colpensiones. Vaaaarios años.

     Surgió alguna pelotera con Olguita, de las tantas que fueron y habían de ser, y chao… ¡Me fui…! Hasta que, no muchos días después, llegaron los 50 de El Heraldo —a tres días del 28 de octubre de 1983, no fluía la elaboración del ya financieramente bien asegurado Informe Especial o ‘Separata’ con motivo de las bodas de oro— y, ahora sí por parte del mismísimo doctor Fernández dirigiéndose a Vilma Cepeda: «Traigan a Orellano». Y con Neyía Vargas y Vilma Cepeda hicimos, en tres días sin dormir, despiertos a punta de cigarrillo y tinto, aquella edición de más de 60 páginas. Cualquiera distinto a este trío que diga que participó en esa edición no es más sino un soberano mentiroso. Para entonces, entraban en escena en la redacción de El Heraldo los miembros del que había de ser denominado ‘El kínder de Olguita’.

     Se había hecho la separata, salieron algunos errores como consecuencia de la prisa —solo tres días—, se asistió al ‘fiestononón’ de las bodas de oro con parte del pago por la separata impecablemente echado encima y se hicieron las paces con mi madrina de matrimonio (Nota: una foto de esa fiesta, ilustrativa de esta crónica, en la cual aparezco con la apreciada colega Mabel Morales fue tomada por el lente de Pedro Anchila Ferrer, reportero gráfico de entrega total, fallecido el 8 del corriente mes de septiembre de 2020).

     Seguí vinculado a El Heraldo, pero aun desde Edicosta. Y poco a poco fui asumiendo las revistas: VSD que fundé con Juan B. Fernández Noguera, Miércoles! que pasó a mis manos para su diseño, El Heraldo Deportivo con Fabio Poveda Márquez y la revista Dominical con Olguita y también los Informes Especiales: diseñaba, escribía, tomaba fotos, ganaba plata, viajaba, no dejé de cubrir el Festival de la Leyenda Vallenata —una de mis tantas renuncias se la presenté vía telex a Olguita, desde Valledupar, porque, vía telex también, ella me había censurado el hecho de que hubiera escrito alguna nota referente Anibal Martínez Zuleta, un ‘subjudice’, me escribió; reprensión, conciliación y retiro de la dimisión quedaron enredados en ese aparato—, cubrí los primeros festivales de música del Caribe en Cartagena, siempre avalado por Olguita, y en fin…

Con todo ese combo de música vallenata que cabe entre Alfredo Gutiérrez e Iván Villazón —Oñate, El binomio de Oro, Zuleta, Beto, Diomedes, Los pechichones—, parrandeó durante largos años el autor de la crónica.

     Eso sí: ¡amaba la parranda como amo al amor! Todas las figuras del vallenato, todo ese combo que cabe entre Alfredo Gutiérrez e Iván Villazón, fueron mi llavería parrandera durante años. Con varios de ellos, especialmente Los Zuleta, Los Betos y Oñate, asistía a presentaciones de ellos, invitado por ellos, por ciudades y pueblos de la Costa y la parranda abrazaba varios días. Aquí, un detalle a subrayar: a pesar de que estaba escogido por el mismo Diomedes Díaz para que fuera su jefe de prensa y hasta su asesor de imagen (¿?) en un proyecto suyo que no fructificó de incursionar en el mundo de la moda con la marca Diomedes, ropa de hombre, nunca viajé con su conjunto, pero con él parrandee muchas veces. ¡Y de lo lindo!, pa’qué…

     Pero en mi dura realidad, una a una fui perdiendo las revistas: primero Miércoles!, después El Heraldo Deportivo, más tarde la revista dominical, finalmente VSD. Terrible golpe para mis finanzas, como consecuencia de una bohemia mal practicada. No me presentaba el día que había que diseñar, ponía a correr a los coordinadores de cada revista a buscar un reemplazo y así se me fueron yendo todas…

     Y entonces, tengo que ser honesto: en las comparticiones de mi memoria hacia el pasado en la calle 53B número 46 – 25, en medio de aquel maremágnum parrandero —con todos los juguetes, menos las putas—, quedan colgadas muchas cosas que evoco, pero no preciso o, en algunos casos, se me vuelven vaivén en el tiempo y, en otros casos, no quiero precisar: ‘amnesia selectiva’, digo.

     Imperdonable, por ejemplo, que, en la primera entrega se me hubiera escapado mencionar a Libardo Cano y Jairo Pardo, fotógrafos de ‘La vieja guardia’, allá abajo. Solo los recordé cuando releía lo publicado. Y ante esas imprecisiones mentales en el tiempo, estos recuerdos de hoy, a lo mejor no guardan una cronología exacta en el ayer, pero sucedieron. ¡Que ocurrieron… Ocurrieron!

Yadira Ferrer, Ahmed, Celina Lizarazo, en El Heraldo-Calle Real. Gracias a Celina, Orellano fue también de la casa El Informador en Santa Marta.
Celia Cruz

     Lo cierto es que, entre salidas y entradas de y a El Heraldo, anduve dos veces por El Informador de Santa Marta —de las tres que fueron: jefe de redacción, subdirector y editor—, en el Noticiero Televista: periodista andariego por toda la Costa con el eslogan de despedida ‘Presencia regional’, jefe de redacción y director de noticias; en el noticiero Telemundo como director, e hice paso por un noticiero de Radio Universal y un programa vallenato dominical también en Universal: me pagaban por cuña, pero nunca gané un peso: billetes de 100 mil en 50 pesos, no soy capaz de venderlos, no sé hacerlo. A El Informador fui por primera vez empujado por Celina Lizarazo, que había trabajado en el Congreso con el entonces senador Edgardo Vives Campo. De esta primera vez trató de sonsacarme Fernando Dávila para que trabajara con el Noticiero, pero fue Anuar Saad quien le dijo a Olguita que le gustaría trabajar conmigo. Volví a El Heraldo, sin firmar contrato, y pude trabajar al tiempo con Sonovista Publicidad, empresa con la cual ya había estado vinculado gracias al legado de Alberto Duque López, pero aún no llegaba a Televista.

     Andando en estos recuerdos, no puedo dejar de mencionar una anécdota muy especial: Celia Cruz iba a presentarse en el Coliseo Cubierto Humberto Perea con patrocinio de una empresa de las que asesoraba Sonovista: Eastern Airlines. Yo hice para la agencia de publicidad una nota al respecto con declaraciones de la artista cubana, ‘gacetilla’ se le llamaba, se la entregué a Olguita y ella ordenó su publicación con mi firma. Cuando pasé la cuenta de la quincena —ya lo dije: el Vo Bo a mis cuentas de cobro lo daba ella—, Olguita revisó de abajo-arriba y de arriba-abajo: “No puedo creerlo”, me dijo. “No cobraste la nota de Celia Cruz… No todos lo hacen así… Es más, si la hubieras incluido hasta te la hubiera aprobado… Ahora más que nunca sé que eres de fiar”. Y no tenía dudas en mandarme a meter la mano en su bolso y a escarbar para que le buscara un encendedor o un paquete de cigarrillos o la billetera porque iba a facilitarme algún dinero en préstamo.

     Y otra anécdota —¡muy fea!–: para la revista Miércoles!, sección ‘Un día en la vida de…’ —también hacíamos, con Vilma Cepeda, ‘Quién es quién…’—, Olguita me había encomendado un trabajo con Marcos Pérez Caicedo… Me emborraché: escribí la nota desde ese estado, la entregué y, como es de suponer, Olguita la rechazó:

     —¿Qué es este esperpento, Orellano? —me gritó, indignada, al día siguiente, como para que me desenguayabara. En medio del guayabo de ese día pude ver de frente, para no olvidarlo jamás, algo que le sucedía a Olguita cuando estallaba en rabieta o cuando enfrentaba una contrariedad: el labio inferior se le descuajaba, gesto que solía acompañar de su famoso ‘pssshhshshh…’ ¡Desaprobación total! Su labio inferior solo volvía a su sitio, cuando ella recuperaba la tranquilidad, la calma…. Con el labio aun extendido, entre diversos ‘pssshhshshh…’, Olguita entregó mi ‘esperpento escrito’ a José Cervantes Angulo para que este lo rehiciera.

Transmisión de energía positiva del coordinador de redacción a la periodista Ana María Vásquez, quien iniciaba el ejercicio de su carrera en El Heraldo de la 33.

     —¡Para que te duela! —me dijo—. ¡Para que aprendas! —remató… Y de verdad que me dolió… Me dolió full, pero la parranda continuó.

     No hubo firma en letras de molde ni cobro. En medio de mi borrachera, había tratado de imitar las descripciones que hacía Juan Gossain, ¡ni por allí!, y nada afortunada resultaba una referencia a ‘El pez que fuma’, que —como su lugar preferido para almorzar— fue el sitio escogido por Pérez Caicedo para la entrevista, cuya cristalización completaba muchas horas de varios días, pendiente del trabajo del personaje. De pronto quise imitar a Álvaro Cepeda Samudio con Juana y la cerbatana, y tampoco. Aquella borrachera se generó por los vinos que, al almuerzo, me había tomado en ‘El pez que fuma’ mientras dialogaba con Pérez Caicedo.

     No deseo extenderme en esta entrega. Hay otras cositas por contar y, entonces, he decido alargar a tres capítulos el relato. Y dejar en suspenso, hasta la próxima actualización, la número 88 —era enero de 2016—, el cierre de esta historia, el tratamiento al tema ‘El kínder de Olguita’, el mito, con un toque a aquellas ‘travesuras a lo párvulo’ de los miembros de ese grupo. ¡Pilatunas a la maestra…!

     Y aquí decido parar. El marcador de palabras de Word me indica que van más de  de 2400 locuciones repletas de recuerdos, de añoranzas… de nostalgias, ¡¿por qué no?!…

¡Hasta la próxima!

Continuará en la próxima actualización Publicada inicialmente en enero de 2016