Soberbia bofetada me asestó esa mujer

     Esa mujer me asestó una soberana bofetada, a la que también puedo calificar de soberbia, pero sin chasquido.

     Lo hizo delante de mi hija Claudia Marcela, quien, hermosos ojos pardos espepitados —léase abiertos al máximo—, me clavó en seguida una mirada, más que interrogativa, acusadora.

     A lo mejor no faltará quien opine que tal hecho —ocurrido en fugaz lapso—, era más que merecido. Porque dos años atrás, por irme con un puñado de amigos, entre ellos un ex-pana, descuidé detalles que, aun así, no le daban a esa mujer —creo yo— el derecho a hacer lo que me hizo.

     Apenas me alejé de ella, perpetré cinco versos que, titulados como ‘Tus palabras’, publiqué de una en Facebook, sin saber aun que, para entonces, las redes digitales habían colapsado y casi todo el mundo estaba incomunicado:

Un meme a la caída de Facebook e Instagram… Funcionaba Twitter.

     VERSIÓN I
Soberana bofetada
sin chasquido
configurada
en tus palabras
que sonaron como ruido…

Varias horas después, creyendo que me había encasquillado, que había fallado en la publicación primera, cometí otros cinco versos —algunas líneas no me salieron iguales al anterior— y también los publiqué en la misma red:

     VERSIÓN II
Soberbia bofetada
sin chasquido,
en tus palabras configurada…
tus palabras,
que sonaron a ruido.

     Para entonces, habían ‘vuelto’ las redes y observé que —falsa alarma— había atinado en la primera publicación y que esos diez versos, cinco por tanda sobre lo mismo, generaron algunas reacciones: cuatro o cinco stikers ‘¡Super!’ y algunas palabras… Las del poeta chileno Emiliano Pintos, por ejemplo, quien escribió: «Las palabras, muchas veces, golpean más fuerte que una cachetada»… Las de Patricia Borrero, amiga desde el segundo quinquenio de los 70: «El golpe físico sana, las ofensas tienen el poder de grabarse en la memoria y en el corazón»… Y las de Ramón Vilaró, amigo de farra en tiempos de El Heraldo en ‘Mediopaso’, quien agregó: «Así es».

Ecografía renal y de vías urinarias…

     Aquella mujer —uróloga de Urobosque— espetó su bofetada, sin atenuantes, pero sin chasquido, a lo mejor sin que se le arrugara el alma.

     Afortunadamente para mí, había de ser al máximo de cuidadosa con el suavizante-deslizante cuando, decidida, se dispondría, después, a hacer de su dedo índice el séptimo que curucuteara mis intimidades rectales: cinco han sido de mujeres, la primera fue la médica barranquillera Kelly Estrada, y dos de hombres, uno de estos un recreado por mí mente creativa como un auténtico cerdo mientras me hacía lo que me hacía: su rostro, su mirada de morbosa satisfacción ante el sufrimiento del otro, sus manotas… A él había de amenazarlo con regalarle, allí en su consultorio, acostado yo sobre la camilla en posición de parturienta, una gracia excretada. “¡Nooo, por favor!”, se asustó.

     —Yo diría que es un cáncer —dijo la uróloga, tras haber leído los resultados de la ecografía que me habían practicado cuatro días antes, el más cruel de los castigos médicos para alguien que sufra de meadera, aupada, precisamente, por las alebrestadas de Mrs Prost —a mis 71 años—, quien no me deja escuchar tranquilo el zumbido de la licuadora o el chorro en cascada de una pluma. ¡De una me manda para el orinal! Y corra, que se puede orinar en los pantalones. Ese cruel castigo consiste en hacerle beber al paciente cuatro vasos de agua en un lapso de dos horas, para que los conserve en la vejiga por igual tiempo, antes de ingresar a la sala de ecógrafos: la tecnología y el hombre sincronizados para analizar mis riñones y mis vías urinarias sin tocármelos.

Con la orden de Gamagrafía ósea, otra bofetada sin chasquido de la uróloga.

     Antes del examen, había tenido que implorar permiso para que me permitieran “dejar escapar, por lo menos, un chorrito”, so pena de no ser atendido y perder la cita en caso de que no pudiera parar el chorro a tiempo y dejara totalmente vacía la vejiga.

     Sí, aquella expresión “Yo diría que es un cáncer” venida desde la voz de una uróloga, fue una bofetada, sin chasquido, pero no me afectó, aunque a mi hija sí. Ella no pudo ocultarlo. Y se ha convertido en mi lazarilla.

     Pero faltaba otro golpe rudo al ánimo septuagenario en nuestro encuentro con la uróloga. Nuevas palabras que sonaron a ruido:

     —¿Ha sentido dolores en los huesos? —preguntó.

     Le respondí que no.

     —Necesito saber si no se ha regado —dijo, y me ordenó una ‘gamagrafía ósea’, un examen imagenológico para diagnosticar enfermedades óseas y averiguar su gravedad.

     Ese “si no se ha regado” de la uróloga equivale a decir que “si no hizo metástasis”, es decir: ella ha dado como un hecho la presencia de cáncer de próstata, además con metástasis.  Tampoco me afectó, aunque me activó la pensadera y una pregunta pringamosera: ¿Acaso la doctora —a quien le dije que me encontraba adelantando el proceso para una biopsia—, no pudo ser menos tosca, sin que importara que mi antígeno marcara 345? ¡Cuánta diferencia con la actitud de la bacterióloga que me practicó el cultivo rectal —sexto curucuteo—! «Conserve el optimismo», me dijo.

Creatinina en suero, orina u otros…

     En el entorno temporal a este examen —entre las 7:09 y las 8:02 de la mañana—, sostuve, vía WhatsApp, una conversación con mi hija Lauracarolina, residente en Argentina desde hace ocho años.

     José Orellano: Holi, buenos días. Ya estoy en Sura, esperando llamado a Laboratorio.

     Lauracarolina: Buenos días, papito ¿Quieres que hablemos un rato?

     José Orellano: Ya asistí al de sangre…  Voy para bacteriología ¡y rectal…! Ufff… Humillación médica… Ahorita te aviso… Me escribiré una crónica.

     Lauracarolina: Genial, pero… Nah… No hay humillación si es consensuado 😜😜. Y en este caso, por terco, merecido hahahaha mentira, suerte. Vale, estoy atenta 😊

Media hora después

     José Orellano: Hola.. Salí traumatizado… Caminaba como levitante… Voy en transmi pa’la casa…Te aviso apenas llegue a casa… Ufffff…  Me he bajado los pantalones, dos días seguidos, ante mujeres distintas. Pero para pelarles la cola… Mira, argumentos croniqueros. ¿De acuerdo?

     Lauracarolina: Siiii, papito. Avísame cuando llegues a casa y hablamos.

     Lo cierto es que hace dos años me habían ordenado que me practicara la biopsia en la próstata. No fui juicioso con las recomendaciones científicas y opté por escuchar a un puñado de amigos que me aconsejaron —con excepción de Bladimiro Cuello Daza y Eduardo García Martínez— que no lo hiciera, que era peligroso por el sitio del procedimiento, el recto, y las posibles “infecciones por materias fecales” y me recomendaron diversas formulas caseras para combatir problemas de próstata. Todos ellos bien intencionados. Hasta ‘Café brusca’ consumí por tres o cuatro meses en lo que, creo, resultó ser una estafa… Que si probaba con ‘Saw palmeto’ y pruebo… Que comiera tomate en abundancia y lo comí… Que la yuca cocida dejándola hervir sin tapa… Y en fin.

Ecocardiograma para un hombre de corazón amplio…

     Soy sincero: no creo que tenga cáncer, pero he comenzado a cumplir, al pie de la letra —con dos años de retraso—, las recomendaciones científicas: Ecografía renal y de vías urinarias… Laboratorio para cultivo rectal… Creatinina en suero, orina u otros… Tiempo de tromboplastina parcial (PTT)… Urocultivo con antibiograma… Tiempo de Protombina (TP) y Gamagrafía ósea. Todo esto, por los lados de Mrs. Prost, rumbo a la biopsia, que va o va, no hay vuelta atrás.

     Que por aquello del ataque isquémico del sábado 4 de septiembre —que aun genera dificultades al dominio de mi dedo índice izquierdo ante el teclado del computador—, las recomendaciones son: Electrocardiograma, Tomografía, Ecocardiograma, Tríplex ecografía… Doppler de vasos del cuello. Me faltan dos, una de ellas para noviembre… Como se ve, Electrocardiograma y Ecocardiograma para un hombre que ha sido de corazón amplio…

     Y además, ejercicios físicos, caminar media hora diaria, comer saludable, cero estrés, cero rabietas, beber mucha agua, bajarle al azúcar, también a las grasas, minimizar la entrega total a El Muelle Caribe

     Mejor dicho: comenzar a vivir otra vida, pero en cuerpo propio. Y no pararle bolas a la doble-cachetada sin chasquido que me asestó la uróloga.