Por Alonso Ramírez C.

     «Qué bonito es el colegio visto desde un aeroplano, pero más bonito es ver caer cuatro bombas sobre él y que quede todo plano». De un grafitis de los estudiantes del mayo francés.

     La escuela no posee el juvenil y atractivo encanto de atrapar la imaginación de los alumnos y echarlas a volar. Cuando los niños llegan por primera vez a la escuela temprana, van cargados de preguntas que sus padres no les pueden resolver como ¿por qué la luna no se cae?, ¿por qué brillan las estrellas?, ¿cómo sale un bebe de un hombre y una mujer?…y, cuando no hay clases se ponen tristes, pero  como bien dice el profesor Julián de Zubiria, esto sucede porque no conocen bien  a sus maestros y, pasado un tiempo —años tal vez—, cuando ese niño o niña es adolescente, lo que le preocupa mientras mira de reojo las manecillas del reloj, es que termine rápido la clase esperando el timbre como salvación. Pero el momento culmen de la alegría, sucede cuando le dicen que al día siguiente no hay clases, con un agravante que antes no sucedía: los profesores también se alegran.

     Dicen que no hay cosa más peligrosa para la sociedad, que tener profesores aburridos y yo lo creo con lo exagerado que suene esta afirmación —más allá de la deuda histórica que tiene el Estado y la sociedad con el magisterio, en materia salarial, laboral, curricular… etc., de la cual se han ocupado muchos prolíficamente—, mi interés radica en describir una situación recurrente en una escuela donde entran muchos y salen pocos.

     Si bien, en materia escolar se ha avanzado mucho en cobertura, no lo hemos logrado en permanencia y continuidad. Todavía muchos adolescentes y jóvenes que terminan expulsados del sistema escolar afirman que la educación “es un cheque posfechado que al cambiarse sale chimbo”.

     Me parece que la crisis escolar es en gran medida ‘existencial’. En este sentido, Michell Aple deja al descubierto las presiones y asaltos a los que se ven sometidos los profesores y demás agentes escolares al decir que “la escuela se encuentra atrapada, sin salida. Por una parte, debe reproducir agentes para un mercado laboral jerárquico y un capital cultural de conocimientos técnico-administrativos. Por otra parte, nuestras instituciones educativas deben legitimar ideologías de igualdad y movilidad social, y hacer que la visualicen positivamente tantas clases como grupos sociales como sea posible”. 

     En este sentido, como consecuencia tenemos una escuela que se ha vuelto esquizofrénica tratando de complacer las demandas contradictorias que la política educativa y la sociedad  le imponen, como cuando el marido le exige a la mujer que sea  madre y amante al tiempo, o como cuando, en la edad media a la mujer —y aun todavía— se la consideraba mitad sirvienta y mitad florero: por un lado tenía que ocuparse en las fiestas de la casa y atender cuanto invitado caprichoso demandara algún servicio y, por otra, lucir radiante, esplendida, bellísima como reina.

     Por eso, la escuela simula ser democrática desde el año 1991, cuando la constitución la decretó como campo privilegiado para socializar la democracia que, acaso, nunca hemos tenido y, por eso, la elección del gobierno escolar no deja de ser un reinado de belleza o un saludo a la bandera.

     Está visto que la constitución es un libro; pero la sociedad no, y la escuela, como comunidad, no sabe qué decisiones concretas adoptar entre sus estrechos muros frente a la complejidad de la vida actual. Está tan confundida, que se parece al cuento del tipo que le pregunta al amigo, ¡oiga compadre!, ¿su mujer le ha sido infiel?  Y el amigo, confundido, le responde: “Yo no sé, unos dicen que sí, otros dicen que no”. 

     La crisis escolar hace rato camina por un sendero que nadie quiere ver. El Estado dice cumplir ampliando la cobertura y elevando las finanzas, los profesores dicen cumplir desarrollando un programa que se le exige y los estudiantes simulan aprender lo que se les enseña, cuando en realidad no existe un diálogo franco entre las partes.

     Estoy convencido de que una educación de calidad, más allá del financiamiento y la cobertura que es importante, pasa por el conocimiento y los saberes que circulen como pertinentes para unos estudiantes que no quieren saber nada de cara a un futuro poco prometedor. Si no enseñamos a investir el futuro como agentes de deseo, los estaremos perdiendo, echándolos por la borda al mar sin que sepan nadar.

     El reto, en lo que nos corresponde a los docentes, está en la superación de los viejos sistemas educativos obsoletos y burocratizados más allá de las demandas y presiones contradictorias que nos impone la sociedad.