Lo dice Francesco Tonucci: “La escuela como hoy la conocemos no funciona. La crisis nos acerca aceleradamente a un futuro diferente en materia de educación”. Su pensamiento lo ha ilustrado a manera de monitos, muy expresivos de verdad.

Alonso Ramírez Campo

     Hace muchos años, “estando en correría”, como decían los antiguos juglares, colaborando en actualización de planes de desarrollo por las sabanas de Córdoba, se me arrugó el alma al constatar cómo funcionaban las escuelas veredales. Recuerdo que el director de una escuelita, con su oficina a la intemperie, nos decía: “Aquí el futuro se reduce a sobrevivir el día a día”. Era una de tantas escuelas sin baños, con salones derruidos por el tiempo, sin luz y sin ventiladores, donde dar una clase es un heroísmo bajo el sol canicular, con niños que llegaban desde el otro lado de la montaña a mula o en canoa, viajando tres horas.

     Mientras que el país estrenaba con bombos y platillos la ley general de educación de 1994, con misiones de sabios a bordo, planes decenales y decretos elaborados desde Bogotá, la realidad se imponía otra vez, mostrando su lado amargo. Sí…  se me arrugó el alma y se me enredó la lengua cuando quise decirles a esas comunidades abandonadas que no se preocuparan, que íbamos a tener una educación “desde la cuna hasta la tumba”, como había dicho Gabo en ese documento, porque aquello no era precisamente una cuna, sino una tumba. Pero lo más patético del asunto fue cuando le mencioné al alcalde de San Bernardo del Viento lo sucedido: me dijo, folclóricamente, con una palmada en el hombro: “Tranquilo, se pondrán felices con un solo computador que manden para todos”.

     El primer pecado de la “educación para todos”, es que es para pocos, como dice Tonucci. En el fondo sigue siendo elitista, con apariencia democrática, donde entran muchos y salen pocos, y la deserción es evidente por muchos factores en una sociedad clasista y discriminatoria como la nuestra.

     Tonucci, más o menos, lo dice de la siguiente manera: a la escuela de antes entraban pocos, pero esos pocos se graduaban cumpliendo con todo el ciclo, mientras que a la de ahora entran todos —o casi todos—, pero no logran cumplir con todo el ciclo. Si la escuela de antes era marcadamente elitista, porque solo podían ingresar los hijos de las familias ricas, cultas o sensibles, la de ahora también es elitista, solo que solapadamente, porque da la impresión por la cobertura que es democrática, pero en los hechos es una educación que no garantiza la permanencia y la continuidad de los estudiantes en los distintos niveles.

     Aunque la educación es reconocida por la legislación actual como un derecho universal, como necesidad de las personas, no todos tienen la posibilidad de gozar de ese derecho —que desde luego es mejor tenerlo que no tenerlo—, pero de nada vale el derecho sin las condiciones materiales que lo hagan posible. En eso, Estanislao Zuleta era muy fino en la crítica, decía: la Constitución es un libro, la sociedad no, uno puede tener derecho hasta para ser presidente en este país, la Constitución no lo prohíbe, pero la vida sí. A lo sumo uno puede aspirar a ser un edil y eso si le va bien. Lo mismo pasa con la educación, uno tiene derecho a estudiar donde quiera, a nadie lo cogen preso por eso —en épocas pasadas eso estaba prohibido para las mujeres—, ahora está permitido y la policía no agarra a nadie por eso, pero la vida si detiene a un muchacho de los barrios populares cuando quiere estudiar en los Andes o en la Javeriana, por ejemplo.

     La educación continúa siendo un privilegio y no una necesidad, un gran negocio al que solo pueden acceder aquellos que tengan dinero para obtener una mercancía fina en un mundo de suntuosidades. 

     Lo paradójico ahora con la pandemia, que amenaza en igualarnos a todos por abajo, es que los jóvenes que estudiaban en instituciones privadas tengan que buscar los colegios oficiales, porque habrán colapsado dichas instituciones. Ahora los estudiantes que están desertando son los de las grandes universidades privadas, que ven cómo estas se comportan como lo que son —grandes bancos de una mercancía que no admite rebaja ni condonaciones—.

     Ahí este pintado el negocio de la educación, que después del negocio de la coca ha sido tan rentable, que ha convertido a la educación en una mercancía costosa. Ahora la sociedad clasista pide a gritos que, por favor, permitan el ingreso de sus hijos a los planteles públicos.

     El segundo pecado, consiste en creer que solo existe un único saber, digno de ser enseñado: el conocimiento académico titulado por las universidades, que en no pocos casos desconoce otros saberes profundos y articulados a la memoria de la humanidad, me refiero a esos saberes que son catalogados como espurios provenientes de gente “ignorante y tosca”, como los campesinos que cultivan la tierra de acuerdo con los ciclos de la naturaleza, la de los artesanos que hacen desde zapatos hasta muebles, los albañiles que construyen calles, carreteras, edificios. Son saberes prácticos que han edificado ciudades y campos, han nutrido generaciones enteras, pero han sido invisibilizados por un conocimiento académico preponderantemente teórico. Sin esos saberes comunitarios no podríamos vivir, están condensados en las recetas culinarias, en los procesos productivos, en las represas, están en la vida cotidiana, pero pasan de agache en la academia, no existen en los proyectos e investigaciones de la última versión de las normas A. P. A.

El primer pecado de la “educación para todos”, es que es para pocos, como dice Tonucci.

     En las escuelas de vida hemos abierto un dialogo de saberes, que permitan un equilibrio entre los grandes saberes de la ciencia, la técnica y la academia y esos saberes de la comunidad, porque, como dice Bonaventura de Sousa, la tecnología sirve para llegar a Marte, pero no para entender a la Pachamama. En los encuentros de vida, hemos comprobado que los diálogos de saberes son posibles, solo necesitan articularse mediante una metodología proactiva, dialogante, colaborativa, audaz y, sobre todo, alegre y creativa. Allí los actores son todos, desde luego en cabeza de los profesores, pero ya no se trata de atiborrar con contenidos que se conocen y que ya están en los dispositivos tecnológicos a los estudiantes, sino de cruzar los conocimientos científicos y académicos con esos saberes invisibles de la comunidad, siempre pensando en un fin pedagógico.

     El tercer pecado de la educación consiste en haberse encerrado en los edificios, en hacer una realidad a espaldas de la realidad, en no abrir sus puertas y ventanas a las contingencias, a los ventarrones de la vida, en reducir el aula a una jaula, en encerrar a los estudiantes en una especie de burbujas flotantes, donde se levita y no se camina.

     Hay que salir a los bosques a escuchar a la naturaleza, a contemplar el arrulló amoroso de los ríos y las cascadas, a observar el color azul y plata de los mares.

     Alguna vez fui a San Vicente del Caguán a revisar unos proyectos de investigación y los estudiantes me esperaron en el parque central para llevarme a una cascada en las afueras del pueblo, me tenían el vestido de baño y todo lo necesario. Terminé bañándome en una cascada del Caguán, solo pude dar unas pautas del proyecto, porque terminamos en medio del baño hablando de aquel barcino “cuando, en los tiempos de la violencia, se lo llevaron los guerrilleros, que con Tirofijo cruzó senderos llegando al pato y al guayabero”.   

     Por último, aprovecho para felicitar en el día del maestro a todos los colegas que, desde el encierro, estoy seguro, están preparando las tropas y las municiones para salir ¡al combate por la vida! Ha llegado la hora de demostrar que, aunque la educación no cambia a la sociedad, la sociedad solo podrá cambiar con la educación.

     Feliz día del maestro, colegas, dado el viernes 15 de mayo, desde las trincheras del encierro.