Si un país se definiera por lo que contiene su naturaleza, no hay duda de que Colombia sería uno de los más bellos del mundo.

     Por su posición ecuatorial, por el hecho de estar bañada por dos océanos, gozamos de playas cálidas y cristalinas. O por estar atravesado desde el sur por el macizo de los Andes, que se trifurca a lo largo de su territorio en grandes cordilleras, adornadas por picos de nieve y que hacen que en su suelo quebrado y barroco se origine una variedad de climas y de especies vegetales y animales.

Somos un país que maravilla por su naturaleza y descresta por su gente, pero…

     Este es el único país del mundo que tiene un nevado que cae al mar, como la sierra nevada de Santa Marta, que hizo exclamar al El Libertador, en aquella famosa carta a su prima Jenny, que “¿Te extrañará que piense en ti al borde del sepulcro? Tengo al frente al mar Caribe azul y plata, agitado como mi alma por grandes tempestades, a mi espalda se alza el macizo gigantesco de la sierra coronados de nieve impoluta como nuestros ensueños en 1805, por sobre mí el cielo más bello de América, la más hermosa sinfonía de colores, el más grande derroche de luz …”.

     Esa misma visión la he experimentado al atardecer, cuando cae el sol en las playas de ‘La perla de América’ y, muy seguramente, la han tenido muchos. No me cabe dudas de que estamos en un país muy atractivo y seductor por su privilegiada posición geográfica, que hace que un europeo o norteamericano puedan recorrer todos los pisos térmicos —desde el cálido hasta el de las nieves perpetuas, en pocos días—, desde puerto Boyacá al nevado del Cucuy o desde las playas del Tayrona hasta los picos Colón y Bolívar de la sierra nevada de Santa Marta, mientras que en sus países tendrían que esperar cuatro meses para hacerlo.

     De otro lado diría que muy pocos países tienen ‘la rara virtud’ en su gente de causar una grata impresión al extranjero desprevenido como la tiene el colombiano: aquí más de uno se asombra por su elocuencia y amabilidad y no es un secreto que muchos se estremecen por la belleza racial de sus mujeres. Un amigo del arte me dijo hace un tiempo que Colombia es un país de reinas silvestres regadas como la verdolaga en los sitios menos esperados —por ejemplo, se encuentran frente a un estadio, vendiendo dulces o fritanga—.

     En otras palabras, somos un país que maravilla por su naturaleza y descresta por su gente. Pero entre nosotros, sabemos que al cuadro le falta un pedazo, un detalle que el pintor debe expresar, y escapa a la fotografía de la postal:  De un tiempo acá, si miramos con ojo de lupa, pronto se advierte que somos un país donde suceden cosas inverosímiles. La sensación que tengo de la sociedad colombiana, llevada al óleo, es la de estar inmersa en un charco de lodo, donde implícitamente hemos acordado permanecer, y si alguien saca la cabeza, inmediatamente los otros le caen encima para hundirlo otra vez.

     Ese es el espíritu que campea en la sociedad colombiana —si podemos llamarnos así—, donde el “sal si puedes”, a duras penas, es una opción personal dada su imposibilidad social. Nuestra cultura está marcada por esa conducta de recelo y mezquindad grupista, de desconfianza en la palabra del otro, de lo que dice, de cómo viste, de sus gestos y hasta de su caminado. En el fondo esto devela como sociedad una ausencia de democracia, porque la democracia es, desde la Grecia antigua, una confianza en el poder de la palabra, de tener oído para la boca del otro y tomar en cuenta su punto de vista como enriquecimiento, pero sucede lo contrario, lo tomamos como una amenaza que desnuda nuestra mediocridad. Entonces, hay que salirle al paso y juzgarlo por su procedencia, por sus amigos, por lo que lee o por lo que sea. Como afirmó Darío Botero Uribe “uno de los aspectos más repugnantes de la crisis nacional es el envilecimiento de la palabra. La palabra es hoy en Colombia una moneda falsa… pero de acá ha nacido algo aún más grave, la convicción de la gente de que todo está corrompido y que hay que amoldarse a la corrupción. Por eso, no se confía en nada ni en nadie y esto es lo peor que ha podido sucedernos, donde la sobrevivencia parece una lucha de todos contra todos, en medio del lodazal. De ahí ha nacido el estilo que caracteriza al pueblo colombiano ¡El sálvese quien pueda!, la forma agresiva de actuar, la ausencia de solidaridad, el espíritu de sacar ventajas de todas las situaciones”.

     En esta dirección, estamos inmersos en un pantano, donde todos corremos el riesgo de hundirnos. No se percibe un espíritu de cambio, se desfigura la cultura, porque no existe una delimitación entre lo licito y lo ilícito, se aplazan las reivindicaciones sociales y, en ultimas, se enturbia la posibilidad de gozar de un bien supremo, como lo es la paz. Este es el único país del mundo donde suceden cosas inverosímiles: los guerrilleros pactaron por salir de la guerra y los están matando por haberlo hecho.

     Ese es el pan de todos los días, así transcurre nuestra vida cotidiana, donde cada quien se las arregla como puede, “siendo como vamos viendo”. Mientras tanto, lo más curioso del asunto está en no sentir angustia alguna frente a nuestro destino histórico, y ya eso configura una patología, la cual requiere un tratamiento pedagógico, no para salvar a los enfermos en el diván privado de los psicoanalistas, sino para curar a “los sanos” en el terreno de lo público. Si esto no sucede, el partido más grande seguirá siendo ‘el importaculismo’, que no necesita tener financiación y no requiere hacer campaña alguna. Ese es el más democrático de todos los partidos, en su conducción y al tiempo el menos participativo de todos.

     Definitivamente, vivimos en un país, donde “si la naturaleza es sabia, el hombre no lo es”.