Para Eduardo Galeano “la escuela del mundo al revés es la más democrática de las instituciones educativas. No exige examen de admisión, no cobra matricula y gratuitamente dicta sus cursos a todos y en todas partes, así en la tierra como en el cielo “.

     Parafraseando al escritor uruguayo, en Colombia estamos en la escuela del mundo al revés, donde el corcho aprende a hundirse y el hierro aprende a flotar. Si hoy Alicia renaciera en este país, se sorprendería y no necesitaría atravesar ningún espejo, le bastaría con asomarse a la ventana para contemplar el mundo al revés a la vista, es el mundo tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies. En este país, el mundo al revés premia al revés, a los que roban y matan, es decir a los empresarios y a los sicarios y castiga a los robados y a las víctimas. En esta escuela, los pistoleros son graduados para cumplir misiones legales y otras camufladas, al tiempo, pueden cumplir tareas al detal y al letal, “la misma que cumplen, en gran escala, los generales condecorados por crímenes que se elevan a la categoría de glorias militares. Por eso son dignos de impunidad y felicitación quienes matan la mayor cantidad de gente en el menor tiempo, quienes ganan la mayor cantidad de dinero con el menor trabajo y quienes exterminan la mayor cantidad de naturaleza al menor costo”.

     Sin duda, es una escuela eficaz y eficiente en el fino arte de la cacería, sus protagonistas aprenden a caminar sigilosos entre los matorrales del bosque, son sagaces para llevar a su presa al sitio preferido para asestarle el zarpazo, enviando señales falsas para provocar el pánico deseado y su consecuente estampida. Es una escuela que adiestra tanto el instinto, que sus cazadores saben jugar con el viento a favor para oler la presa y saber cuándo se aproxima a la trampa. También aprenden a jugar con el tiempo, saben que la noche lo transforma todo, cambia los sonidos: los cantos de los pájaros dan paso a grillos y ranas; el aire se detiene; los olores se hacen más intensos; la oscuridad —bajo la protección y bajo luna sombra, junto con la quietud—, es el mejor camuflaje, mientras que la presa que ven acercarse el peligro se queda a analizar y discutir si puede afectarlos o no.

     Pero lo peor de esta escuela es el lavado cerebral, porque además de las asignaturas indispensables para el crimen, son obligatorios los proyectos transversales de impotencia, amnesia y resignación. Esos proyectos nos enseñan a aceptar, con los brazos abiertos y las piernas cerradas, “a estar condenados a morirnos de hambre, a morirnos de miedo, a morirnos de aburrimiento”, si es que alguna bala perdida de uno de sus pistoleros —con uniforme o sin uniforme— no nos abrevia la existencia.

     En definitiva, no hay dudas de que el modelo pedagógico de la escuela del mundo al revés es sólido, su principio reza: “Aquí reinaremos, mínimo por treinta años, y pase lo que pase la llevan perdida con nosotros”. Principio este que se parece a ese otro del enamorado celoso que linda en psicópata “si se miraron confirma mi sospecha y si no se miraron también, porque están disimulando para despistarme”.

     Mientras tanto, la otra escuela ‘del mundo al derecho’ vive de espasmos burocráticos, sus funcionarios vibran por la genialidad del último decreto que dice, como en el Génesis, hágase… la luz, hágase el cielo como la tierra, hágase los animales y los hombres… con un literal que subraya: pero si no se puede ¡háganse los huevones! Y, así como en el vals, al final la vida sigue igual.

     Es la escuela formal, que adopta la posición del avestruz enterrando la cabeza en la arena, para ausentarse de la realidad, construyendo otra realidad que efectivamente existió en el pasado, bajo el ideal de reformar santos caídos del cielo, en desgracia, que deben arrepentirse y resignarse a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y a aceptar el futuro en lugar de imaginarlo.

     De otro lado, la escuela de mundo al revés sí tiene claro cómo educar a los niños de arriba, a los del medio y a los de abajo, en el decir de Eduardo Galeano: “El mundo trata a los niños ricos como si fueran dinero, para que se acostumbren a actuar como el dinero actúa. El mundo trata a los niños pobres como si fueran basura, para que se conviertan en basura, Y a los del medio, a los niños que no son ricos ni pobres, los tiene atados a la pata del televisor, para que desde muy temprano acepten, como destino, la vida prisionera. Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños”.

     Pero como no hay desgracia que dure cien años ni cuerpo que lo resista, está visto, como dijo un amigo poeta, que “la desgracia de la vida es la gracia de la poesía”. Yo agregaría, junto al gran Galeano, que no hay desaliento que no busque su aliento, ni tampoco hay escuela que no encuentre su contraescuela…