En ‘Biografía del Caribe’ (2008), el historiógrafo bogotano Germán Arciniegas afirma que han sido dos los grandes acontecimientos histórico-globales que han estremecido el mundo: la caída del Imperio Romano de occidente y el llamado ‘descubrimiento de América’ que este lunes ha cumplido 528 años. Aunque parece evidente que, con la actual pandemia, estamos viviendo el tercer gran acontecimiento a escala planetaria, hasta ahora no alcanzamos a vislumbrar las consecuencias de lo que parece la confirmación ‘de un cambio de época’.

     Este breve ensayo, por demás, es una mirada crítica del ‘descubrimiento de América’ que se apoya en los planteamientos de la tesis de grado ‘Plantación adentro’ (2013) del antropólogo barranquillero-samario Roberto Almanza Hernández y en algunos autores del pensamiento descolonial latinoamericano, como Ramon Grosfobel, Enrique Dussel y Walter Mignolo.

Roberto Almanza Hernández, antropólogo barranquillero-samario, Caribe…

     Parafraseando a Roberto Almanza, con la llegada de Colón a la isla Guanahani —lo que es hoy San Salvador, Bahamas— el 12 de octubre de 1492, se da comienzo a una era de la humanidad que no termina hoy en día:  el descubrimiento de un ‘nuevo mundo’, que inaugura la llamada modernidad, y su otro lado eclipsado y perverso, la colonialidad, basado en un modelo económico hegemónico: el capitalismo.

     Almanza, siguiendo la lógica de los estudios descoloniales, se sitúa desde el otro lado de la otra orilla de la razón occidental, para leer “a contraluz” y descifrar “el encubrimiento” del descubrimiento. Toma, en este sentido, los aportes de Grosfobel, según el cual, para un indígena no llegó con la colonización de las Américas solo un modelo económico capitalista que produjo y puso a circular mercancías a escala global a partir de una división particular del trabajo, sino unos cánones culturales de comportamientos, hábitos y costumbres desconocidos, enmarcados en un modelo mental occidental. En palabras de Grosfobel, “desde la ubicación estructural de una mujer indígena, lo que llegó fue un sistema-mundo más complejo que el descrito por los paradigmas de la economía política y el análisis del sistema-mundo. Un hombre europeo/capitalista/militar/blanco/heterosexual llegó a América y estableció en el tiempo y en el espacio, de manera simultánea, varias jerarquías globales imbricadas” (Grosfobel, citado por Almanza Hernández, p. 27).

     Todo eso fue lo que depositó el colonizador sobre la ancestral cultura precolombina que existió durante 20 siglos en ‘el nuevo mundo’ antes de la llegada de las carabelas de Colón. Por lo tanto, es preciso dejar claro, desde el comienzo, según Almanza, que hasta principios del siglo XVI no se concebía la posibilidad de un cuarto continente y, por tanto, no era ni imaginado ni mucho menos representado cartográficamente en ningún mapa de la época. “América les cayó del cielo a los europeos —literalmente hablando—, porque no tenían ni idea de su existencia hasta el momento en que Américo Vespucio estaba observando que las estrellas que veía desde el sur del Brasil de hoy en día, no eran las mismas que solía ver desde el Mediterráneo” y que los nativos de Bahamas que describió Colón en el primer viaje como “desnudos y sin religión”, los confundió con el de las Canarias.

Tras la llegada de las carabelas de Colón, exterminio masivo en el Caribe antillano de los guanahibes, arahuacos, ciguayos y siboneyes, entre otras etnias, arrasados por la sevicia y la crueldad del colonizador español envestido del cogito cartesiano.

     El Almirante Colon murió engañado creyendo que había arribado al otro extremo de la india, por eso los despistados conquistadores confundieron las Américas con la India y la denominaron como “las indias occidentales” y, por lo mismo, bautizaron a los nativos de estos territorios como indios.

     Pero lo más interesante de enfatizar aquí en el citado estudio, es que el descubrimiento de los pueblos americanos fue, sin duda, uno de los eventos más importantes en la historia del mundo. Según el historiador búlgaro–francés Todorov, en el descubrimiento de los demás continentes y de los demás hombres no existe realmente ese sentimiento de extrañeza radical: “Los europeos nunca ignoraron por completo la existencia de África o de la India o de China; su recuerdo esta siempre ya presente, desde los orígenes” (Todorov, citado por Almanza. 2013).

     No hay duda de que con el descubrimiento de los pueblos americanos se entra a una nueva era de la historia, porque, como afirma Dussel, los europeos estaban habituados a la presencia de asiáticos y africanos y en ellos no había nada que descubrir. Es por esta razón que América emerge como la primera entidad histórica de la modernidad.

     Si bien la modernidad tiene su origen en las ciudades del medioevo europeo, especialmente en las comarcas italianas en cabeza de Génova y Florencia de los tiempos del renacimiento que produjeron innegables aportes a la ciencia y a las artes, “fue solo a partir de su re-conocimiento con el otro, cuando se erige como ego descubridor, conquistador, colonizador, que nace de la modernidad” (Dussel. 1994).

     Para el filósofo de la liberación, por ejemplo, Hernán Cortes y Francisco Pizarro encarnan el ideal moderno del “yo conquistador”, del cogito de Descartes del “yo pienso, luego existo” que leído a contraluz no significaba nada distinto a “los que no son como yo, blanco/cristiano/racista y exterminador, no existen”.

     Dicho en otras palabras, “yo te descubro, pero te encubro, porque eres un espejo de lo que soy yo”. De esta manera se inventó primero el ser asiático de América porque, como se planteó arriba, Colon creyó haber arribado a Asia por su costado oriental, por tanto, los nativos del continente fueron interpelados como asiáticos. Para el filósofo argentino-mexicano Dussel, la invención del ser-asiático se materializa en el proceso de encubrimiento a partir del desconocimiento y negación del otro —indígena— y la instauración de lo mismo —asiático—.

     El gran descubrimiento de América fue más bien el descubrimiento del Atlántico, como nueva ruta que expande y desarrolla el sistema-mundo   que hasta ese momento se limitaba a la Europa y África mediterránea y a los territorios del Magreb. Dicho acontecimiento, sabemos, estimuló toda una sensibilidad estética, un interés por la novedad que representó el nuevo mundo para la sociedad europea y si, antes, “todos los caminos conducían a Roma”, ahora todos conducían a América. Como anotara Arciniegas “no hubo peón ni caballero, paje ni rey, poeta ni fraile que no tuviera algo de aventurero, porque en lo profundo de la vida social, con el descubrimiento de América la vida toma una nueva dimensión: se pasa de la geometría plana a la geometría del espacio y si los hombres europeos de 1500 hacia atrás se movían en pequeños solares, de 1500 hacia adelante, surgen continentes y mares oceánicos. Es como el paso del tercero al cuarto día, en el primer capítulo del Genesis” (Arciniegas. 2008).

Otra composición gráfica para reiterar que América les cayó del cielo a los europeos, porque no tenían idea de su existencia hasta el momento en que Américo Vespucio observó que las estrellas que veía desde el sur del Brasil de hoy en día, no eran las mismas que solía ver desde el Mediterráneo…

     Pero en lo que respecta a los indígenas, otra seria la película, y la pesadilla apenas empezaba, y no hubo templo indígena que no fuera profanado, ni caserío indígena que no fuera arrasado por la sevicia y crueldad del colonizador envestido del cogito cartesiano.

     Tan fue así, que “luego del exterminio masivo en el Caribe antillano de los guanahibes, arahuacos, ciguayos y siboneyes, entre otras etnias, el reino de Castilla decretó el fin de la esclavitud de los indígenas, a los que se les asignó la servidumbre como labor” (Almanza. 2013).

     En ese momento, el ojo del huracán que se desplazaba por el Caribe viró hacia el África, quedando como objetivo su mano de obra cautiva como reemplazo de la indígena, que da inicio a la historia de los pueblos africanos y su diáspora por el Caribe —una de las mayores infamias de la historia universal—.

     Para finalizar, voy a utilizar una frase de Enrique Dussel que sorprendió a los presentes, con ocasión del encuentro de filósofos del Caribe en momentos en que se ‘celebraban’ los 500 años del descubrimiento de América. Dijo de manera osada que “la modernidad comenzó en el Caribe”. Confieso que hace algunos años esa frase me da vueltas por todos lados, la he rastreado por los vericuetos de la historia del Caribe para encontrarle sentido y aterrizarla en los arenales de la región Caribe colombiana como caribeño que soy, aunque hace años no viva allí. Y ¡sí!, buscándole el sentido, ya la puedo entender y exponer, porque en ese espacio llamado el mar de los caribes fue donde se libraron, sobre las olas, las batallas de los grandes imperios europeos. Allí se trasladaron las luchas imperiales por la hegemonía del sistema-mundo.

     La categoría ‘sistema-mundo’ fue creada por Oliver Cox, un pensador negro de origen trinitario que desde los años cuarenta del siglo pasado desarrolló en una obra de cuatro volúmenes, un estudio sistemático del desplazamiento del poder del mundo capitalista. El científico-sociólogo estadounidense Wallerstein que se ocupó del mismo tema, lo reconoce como el padre fundador de la teoría del sistema-mundo. Él trinitario fue el que hizo la genealogía histórica del sistema-mundo que luego va a tomar Braudel y es como las hegemonías del poder mundial en los últimos 700 años giraron de Génova en el siglo XV —que fueron los que financiaron las campañas ibéricas por los mares, tanto de portugueses y españoles— a Ámsterdam en el siglo XVII, luego a Londres en el siglo XIX y finalmente se establece en Nueva York a partir de 1945. De ahí es que sacó Braudel en su trilogía sobre ‘economía, capitalismo y civilización material’ la periodización histórica, y pudo plantear su famosa larga duración. Pero como es sabido por pocos, desgraciadamente, los reconocimientos se los llevan otros pensadores del mundo, traducidos ampliamente a todos los idiomas por las editoriales y divulgados por las universidades occidentalizadas de las Américas. Una cita de un artículo de Grosfobel en tal sentido, basta para dar un ejemplo del estado de nuestra academia colonizada: “El gran marxista negro estadounidense, W. E. B Dubois, considerado por muchos como el sociólogo más importante del siglo XX, ha sido sistemáticamente excluido de los currículos universitarios. Se consiguen traducciones de todas las obras de Derrida, Foucault, Chomsky, Lacan, Wallerstein, Perry, Anderson, Bourdieu, Elías, etc., pero casi no se consiguen traducciones de las obras de Kuame Nkrumah, Manning Marable, C.L.R James, W.E.B Dubois, Robin Kelley, Carla Jones, Carol Boyce Davies, Harold William, Oliver Cox, etc.”. Incluso, yo agregaría que aun en nuestro medio desconocemos a los autores latinoamericanos que se han ocupado de este importante tema como  Aníbal Quijano o Enrique Dussel, y todavía  en el caso colombiano no se han valorado los aportes hechos en ‘Changó, el gran putas’ por el escritor panafricanista de Lorica, Manuel Zapata Olivella, quien —entre otras cosas— se lamentaba de que en ‘Cien años de soledad’ García Márquez apenas hiciera alusión a la existencia de los negros en un solo caso, o la obra ‘Historia doble de la costa’ del sociólogo barranquillero Orlando Fals Borda, o las reflexiones  elaboradas en ‘El manifiesto del pensamiento latinoamericano’  del filósofo quindiano Darío Botero Uribe.

     Pues bien, ese sistema-mundo que desplazó sus centros de poder de un lado al otro tuvo su epicentro más denso en el Caribe a partir del siglo XVI. Es allí cuando se desarrolla la modernidad capitalista realmente en todo su potencial, mostrando su rostro encubierto de racismo y colonialismo.