Con la llegada al poder del coronel Hugo Chávez Frías, en 1999, en Venezuela, se inicia una gran ola de gobiernos progresistas-populares de carácter antiliberales y sobre todo antineoliberales, que se extendieron a otros países de América Latina —el Ecuador de Correa, la Bolivia de Evo Morales, el Brasil de Lula Da silva, el Paraguay del exobispo Fernando Lugo, el Uruguay de Pepe Mojica, el ‘kirchnerismo’ en Argentina y, en cierta forma, la Chile de Bachelet.

     No fueron gobiernos revolucionarios, ni foquistas, como la Revolución Cubana de 1959, o como las revoluciones sandinistas de 1979 y del Salvador de 1983 que pensaban que, con el asalto del poder, a través de las armas, cambiaria todo. Esas ‘revoluciones’ —a excepción de la cubana—, que se mantienen con algunas dificultades, fracasaron rotundamente porque no cambiaron el sentido común cotidiano de la población, en especial las subjetividades propias del consumismo moderno.

     Esas revoluciones —que también se constituyeron en una ola— tienen sus antecedentes en el asalto al palacio de invierno por parte de los bolcheviques rusos en 1917, los cuales pretendieron cortar de un tajo el poder burgués e instaurar el gobierno del soviet —todo para el pueblo—, que, aunque fue un ensayo político de participación de la población, tuvo un carácter anarquista por falta de claridad ideológica de sus dirigentes. A los pocos años, los bolcheviques cerraron los espacios de participación y promulgaron la nueva política económica (NEP) que, con el tiempo, a nombre de ‘la dictadura del proletariado’, se convirtió en dictadura contra el proletariado, instaurándose un totalitarismo burocrático corrupto que si bien logro crear beneficios económicos y programas sociales para la población, no transformó el sentido común de la gente, que se sentía ahogada y que siguió soñando con el consumo capitalista de los países de la Europa occidental . Tan fue así, que, una vez derrumbado el muro de Berlín, la gente que habitaba en la parte soviética, se volcó desesperada a abrazar el consumo capitalista del lado occidental.

      Todo eso se derrumbó como un castillo de naipes y el señor Fukuyama corrió loco de contento y salió a decir que era “el fin de la historia”, pero se equivocó, porque lo que comenzó fue otra historia: El fin de la guerra fría y la instauración por todos los países de América Latina y de occidente del neoliberalismo que venía pidiendo vía desde su instauración ‘exitosa’ en la Chile de Pinochet, desde 1973, por parte de los Chicagos Boys encabezadas por el profesor Friedman.

     Fue así como el neoliberalismo se regó como verdolaga en playa, llegaron gobiernos privatizadores, en manos de políticos–empresarios que utilizaron el Estado como empresa para lucrarse de cuanto negocio demandaran los bienes y servicios de la población convertidos en mercancía: el agua, la luz, las comunicaciones, la salud, la educación, las pensiones, los ahorros de la población los alimentos … etc., pasaron a manos privadas bajo el slogan de “eficacia y eficiencia” y las multinacionales hicieron su agosto en asocio con los gobiernos de turno.

   Entonces, se vino como respuesta, la primera ola encabezada por el coronel Hugo Chávez Frías y la espada de Bolívar “comenzó a caminar por América Latina” llegaron los gobiernos antineoliberales antes anotados, de carácter progresista, estatista y de participación popular. Estos gobiernos, no tenían como estrategia la revolución de un solo tajo, pero tampoco hacer reformas tibias para que las cosas siguieran iguales, sino transformaciones reales por medio de las instituciones de la economía, la política y la cultura lentamente en el tiempo. Pero más allá de los frutos que dieron los programas sociales de estos gobiernos progresistas, que efectivamente sacaron gran porcentaje de la población de la pobreza extrema a causa del neoliberalismo, no lograron transformar la mentalidad, el sentido común cotidiano de la población, palidecer las subjetividades del consumo, construir una ciudadanía fuerte, empoderada de las instituciones con alta dosis de participación. También cometieron muchos errores y, en muchos casos, sus funcionarios cayeron en la corrupción y no fueron lo suficientemente autocríticos para reconocerlo. Como consecuencia, saltó la liebre neoliberal otra vez y llegaron los Macri, los Piñera, los Bolsonaro, los Trump…  y la ola tuvo un repliegue.

     Pero los Macri, los Piñera, los Bolsonaro no ofrecieron nada distinto a sus paquetazos neoliberales de siempre y la gente del común que habita en los Estados de América Latina ya saben que sus recetas en nada los beneficia.

     Ahora, con la pandemia, los gobiernos neoliberales han quedado al desnudo en su incapacidad para enfrentarla, en su desprecio por la vida que elige la agenda del lucro de unos pocos a expensa de la muerte de muchos. Ahora, en su incapacidad, la derecha ni siquiera logra ponerse de acuerdo con Trump en los Estados Unidos y busca hacer reformas para continuar en las mismas.

     Pero ya se vino una segunda ola, cuyo epicentro proviene de México —que estuvo ausente de la primera—, pero es una ola menos espumosa, menos suntuosa, más mesurada, más decantada por la experiencia del pasado. Esa ola ya llegó a Argentina y Bolivia y ahora camina hacia Ecuador, Chile, Perú, Brasil, Colombia.

     Muchos periodistas de los medios —y aun algunos líderes de la izquierda tradicional, que viven de la nostalgia de la toma del poder para cambiar la faz de la historia de un tajo— salieron a decir que la ola progresista no volvería más. Se ve que no conocen la historia, la historia toma tiempo y va lentamente y si estamos ahora en el reflujo de la primera ola, hay que esperar pacientemente la segunda ola que se ve venir. Para eso, hay que ubicarse en lo visible para hacer ver lo invisible.

     La historia no se escribe de un día para otro, tiene sus ciclos de flujo y reflujo, y el reflujo neoliberal que aun no termina no tiene futuro, porque no tiene más proyecto que dejar todo en manos del mercado.

     Si bien todos nos alegramos porque Biden le ganó a Trump, es preciso decir que fue un triunfo agridulce, porque la otra mitad de la sociedad estadounidense votó por Trump, lo que muestra que esa sociedad está desorientada e incapacitada y no solo por su dirigencia, sino ante todo por su sociedad. Es una sociedad racista, xenófoba, que está lejos de salir de creerse superior a todas las otras y Biden no dejará de ser un reflejo de eso, aunque un poco mejorado.

     En cambio, en América Latina y el Caribe, sí es probable que se ponga a la vanguarda mundial una nueva forma de ensayo político que supere la representación de las democracias liberales e inventen, con la segunda ola, verdaderos Estados con instituciones donde la participación sea notable, madura y responsable.

     Solo con Estados fuertes, pero no en sentido militar, sino popular, lograremos ponerle talanqueras al mercado despiadado del neoliberalismo. Una cosa es un Estado de mercado y otra un Estado con mercado.