Relatos de un guion colectivo en la escuela

Dedicado a todos los integrantes del taller

     En el año 2019 con dos colegas docentes del colegio republica de Guatemala de Bogotá y cuatro invitados permanentes, entre quienes había tres miembros del vecindario donde hace presencia el colegio y un experto que hizo las veces de encantador de serpientes… Decidimos que no era suficiente estar encerrados estudiando y buscando pistas para cambiar la escuela, llevábamos algunos años buscando la llave maestra que nos permitiera abrir la puerta del colegio a la comunidad en tono de fiesta y con paso alegre al encuentro de saberes de los dos entes invisibilizados de la vida  escolar: los estudiantes y los padres de familia.

     La idea consistía en reunirlos a ambos para que se contaran sus experiencias vividas, unos desde sus profesiones u oficios y los otros de acuerdo con lo adquirido en su vivencia escolar con los docentes, con sus parceros en el descanso o desde las redes de amigos del mundo virtual.

     La población elegida fueron estudiantes de decimo grado, dado que eran los que teníamos en clases con el profesor Carlos Martínez, él, en la asignatura de ciencias políticas, y yo, en la de filosofía. El gancho que nos inventamos para convocarlos consistió en decirles: «¿¡Quiénes quieren venir los sábados para ser actores de cine y televisión!?». Muchos se comieron el cuento, al punto que nos dijimos: «¿Y ahora cómo vamos a sostener semejante promesa?». No teníamos un método garantizado —y tal vez no lo haya— perfectamente pavimentado como las autopistas de ida y venida que nos llevan con seguridad a todas partes, más bien la sensación que teníamos era que nos tocaba caminar por intrincados caminos de trochas, sin la certeza de a dónde nos conducirían, pero con la esperanza de que allá nos esperaban, como en el verso de Machado: «Caminante no hay camino, se hace camino al andar». Así comenzó la cita de la palabra encantada, como se citan los que van a encontrarse para ser novios y ensayan qué van a decir, porque sabíamos que al menor titubeo se espanta la presa y sale despavorida, como en aquella escena  en la novela ‘El amor en los tiempos del colera’ ,donde García Márquez narra cómo Florentino Ariza, en el momento en que le va a entregar la carta de declaración de amor a Fermina Daza, justo en ese diminuto instante, antes de que ella la reciba… preciso pasa un pájaro  y se caga la carta.

     La noche de la víspera del encuentro, comencé a preparar mentalmente el guion y me acordé de que, días antes, había visto por internet una conferencia  de Julián de Zubiria que se titulaba ‘¿Por qué será que los estudiantes se alegran cuando les dicen que al día siguiente no tienen clases?’, y me dije: «¡Ya está!, he ahí el gancho para comenzar a construir un cuento colectivo con los pelaos». Nos convencimos de que era un buen comienzo para armar la trama. El primer paso pensado en clave audiovisual consistía en armar una escena rápida, como pantallazo inicial que reflejara cómo entra una niña a la escuela inicial y cómo sale cuando es una adolescente de 16 o 17 años de grado undécimo. La idea era mostrar cómo los niños entran como párvulos alegres y cargados de sueños a la escuela y salen como pubertos aburridos y más perdidos que cucaracha en baile de gallina después de 11 años de vida escolar. Lograr esa primera imagen para sorprender al supuesto espectador era clave y creo sigue siéndolo —más allá de la pandemia— para proyectar lo que es el sistema escolar vigente. Soy de los que consideran que no tenemos que esperar una revolución —que a lo mejor nunca vendrá— y si viene, de acuerdo con los últimos sucesos, sería preferible decirle que se devuelva por donde vino. Un régimen se cae solito, el día en que le fastidie y le estorbe a la gente, y ya no tenga necesidad de él, se cae porque ya nadie le creerá en lo más mínimo, por ejemplo, al ministro o la ministra de Educación que pongan a explicarnos con cifras de mentiras que están haciendo esto o aquello. Por eso creo que el día en que logremos una película sobre la educación desbrujulada que existe, que arrastre al espectador a verla, ese día será el comienzo del fin del sistema educativo que tenemos, porque la gente ya no pensará ni defenderá el existente y, sencillamente, se volcará a construir el que quiere y necesita. Pero eso nada tiene que ver con una revolución, sino con un cambio de actitud ante la vida cotidiana —al menos las revoluciones que he conocido no tienen ni idea y están lejos de tenerla—. Bastaría con leer a Estanislao Zuleta para darse cuenta de ello.

     Teniendo concebida la idea inicial, el segundo paso desarrollado en el taller que bautizamos como ‘Escuela de vida: Guion colectivo-autores y actores’, consistió en armar el cuento colectivo desglosándolo en escenas pensadas a tres niveles de acuerdo con el estrato social de la sociedad colombiana: la de los niños del estrato alto, la del medio y la del bajo. En este sentido, entre todos nos pusimos en la tarea de armar las escenas del cuento. He aquí algunos fragmentos de esa historia:

     La niña de clase media X se apresta por primera vez a ir a la escuela, son las seis de la mañana y mientras al parecer la madre habla por celular con un cliente del banco que le comprará la cartera crediticia, le sirve apresuradamente a la niña un desayuno de clase media —con zucarita y jugo industrial—  al tiempo que la niña, en medio del desayuno, hace globitos de imaginación sobre cómo será recibida por los amiguitos y la maestra de curso. Se imagina que le van a responder muchas cosas “de la era ¿del por qué ?”, cosa que su madre no lo ha podido hacer como ¿por qué brillan las estrellas?,¿por qué la luna no se cae ?,¿cómo nace uno de una mujer y un hombre?… etc. Camino a la escuela —que queda a pocas cuadras—, su madre continúa hablando por el celular con otro cliente. Por fin llegan a la escuela y mientras la madre respira aliviada, la niña suspira inspirada por el encuentro. A la entrada de la escuela, la recibe un maestro de edad bastante adulta y espíritu jovial, quien la invita a entrar al salón que tiene en la entrada a un estudiante auxiliar con megáfono en mano que dice: «¡Bienvenidos a volar por el mundo de la imaginación !… Mientras tanto, en ese mismo instante, llega al terminal de transporte del sur de Bogotá don Agustín, un hombre bonachón de carácter firme y un poco desconfiado, con sus dos hijas procedentes de un pueblo del sur del Tolima, más exactamente de Dolores, y quien se vio obligado a abandonar su pequeña finca productora de sorgo, mijo y productos de pan coger. Él junto a su familia había recibido amenazas de muerte por parte de un grupo paramilitar, el cual vio en el un hombre que se erigía como líder de la comunidad, luchador por el bien y la justicia. Convivía con terratenientes en una situación tensa, que fue acrecentándose con el correr del tiempo y que se desenlazó dramáticamente en los hechos posteriores que determinaron el rumbo de su vida y de su familia. Resumiendo, el pobre Agustín, por la premura del viaje, apenas tuvo tiempo de empacar sus pertenencias y la de las niñas en dos cajas de cartón y unas estopas con las que llegó al terminal para luego tomar rumbo incierto por la urbe; en el trasegar de los días tuvo que dedicarse a reciclar y a vivir con sus hijas en los andenes donde le tomara la noche. De pronto un día se encontró con un hombre bajito de escasa barba quien le preguntó si tenía donde vivir, a lo cual respondió que no. Entonces este hombre, viendo la situación, le planteó la posibilidad de arrendarle una piecita en un inquilinato que tenía a su cargo, a lo cual Agustín asintió positivamente. De esta manera entablaron un contrato de palabra empeñada ,además de esto ,Bernardo ,el hombre que se le apareció como un ángel caído del cielo, le propuso que las niñas estudiaran en un colegio distrital que quedaba cerca del sitio donde vivirían, pues él era amigo personal del coordinador del colegio  —profesor José del Carmen — situación que Agustín vio con buenos ojos… Fue al colegio con Bernardo y hablaron con el coordinador, quien dio visto bueno para la matrícula de las niñas. Después, Agustín habló con ellas sobre el asunto y decidió que una de las dos estudiaría  —Mariela— y la otra —Hermelinda—, lo acompañara a trabajar para rebuscarse el sustento diario.

     Fue así como Mariela comenzó a estudiar al otro día entusiasmada, entrando al salón donde estaba parado en la puerta un estudiante auxiliar con megáfono en mano quien la recibió diciéndole: «¡Bienvenida a volar por el mundo de la imaginación!».

     Finalmente, unos años después, en el barrio alto del Rosal de Bogotá, Valery, la niña nacida en cuna que todo lo puede tener, a la que nunca le faltó un viaje, una ropa costosa, juguetes y mucho más, tiene una madre que la ha malcriado demasiado y cree, a su edad, que la gente se mide por lo que tiene y escasamente por lo que es como persona. Hasta que un día su madre se da cuenta de que el comportamiento de su hija comienza a desagradarle y sospecha que en la escuela campestre donde estudia, sus amiguitos y amiguitas no son de buena influencia y fomentan más esa conducta de su hija. Unos días después la madre de Valery se entera por cosas del destino de que existe una escuela distrital de Bogotá, que alberga niños de todos los estratos sociales, mayormente de clases bajas y medias, donde invitaban a los niños ¡a volar por el mundo de la imaginación! Y decide matricularla allí.

     Para Valery, esta situación fue complicada, cuando su madre le dijo: «¡Vas a pasar por una situación costosa!… Espero la asimiles con madurez». “Costosa”, dijo Valery, “está bien mamá, mejor lo costoso que lo barato, pero espera…. Nunca te había visto tan seria, nunca me habías hablado así”.

     En su nueva escuela, la niña Valery se encuentra con estudiantes que cursan quinto grado de primaria y ya han aprendido en talleres lúdicos y artísticos a construir cuentos donde vuela la imaginación. Justo el día en que llega a la escuela con desagrado, mirando de arriba a abajo las instalaciones y preguntándose por qué las sillas son tan feas, sus compañeros de salón estaban socializando los productos de un ejercicio de la imaginación. De pronto… al escuchar aquellos relatos donde sus compañeros hablaban de la historia de ‘un rio que no quería encontrarse con el mar’ o de la crónica de ‘un árbol que no quería convertirse en mesa de comedor’, quedó hechizada. Su mirada adquirió un brillo que antes no tenía y el lado artístico y tierno que escondía, brotó de entre sus poros, como cuando se escondía a hacer dibujos en los ratos en que estaba estresada en su cuarto. Fin de las historias.

     El trabajo resultó tan divertido que se nos pasó todo ese año haciendo los amarres de la historia para meter a las tres niñas en la misma escuela. En este trasegar como en toda experiencia en el decir del gran Eduardo Galeano «El mundo es como un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y chicos, y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno que ni siquiera se entera del viento y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman, pero algunos arden con tantas ganas que no se pueden mirarlos sin parpadear y quien se acerca se enciende».

     En los talleres destacó este último tipo de fuego que nos brindó la estudiante Sarita Jaramillo, quien al final escribió: «Sucede un momento en nuestras vidas en que nos apagamos totalmente, es decir: apagamos aquellas ansias de saber, se ha fundido nuestro bombillo de tanto ser encendido por nosotros y apagados por otros. En su esencia quedó una oscuridad silenciosa en la mente, con las ideas y nuestro pensamiento en receso, adormilados y acunados en la eterna noche. Aunque no creo que a las personas de verdad les interese saber esto, creo que más bien los asusta… y tienen razón en temer a este hecho, porque es el causante de todos los problemas en el mundo, pero no pretendemos que tengan solo miedo, porque lo que requerimos es el valor de un gran ejército para la batalla que se librará contra Morfeo».