Confesiones de un enamorado

     Estamos instalados temporalmente hablando en plena segunda década del siglo XXI y me resulta tan curioso las maneras de recordar que tiene uno acerca del pasado que fue, pero que no ha dejado de ser.

     Hoy recuerdo que en 1982 German Zabala nos presentó un escrito sobre la educación del siglo XXI para que lo discutiéramos a la luz de un proyecto cuyo objetivo consistía en desarrollar pedagógicamente tres categorías del pensamiento de Marx: Lo concreto-representado, lo concreto-pensado y lo concreto-concreto. Aquello me resultó tan novedoso, como cuando uno teniendo novia, conoce a otra chica y queda flechado a primera vista. Entonces aparece el dilema: «¿Con quién me quedo?», «¿Qué hago?».

     Mi novia de entonces era la Juco —Juventud Comunista— que aun existe y me parece hoy una dama por cierto decrepita. Aproveché en una de esas conferencias regionales que duraban todo el día y parte de la madrugada la ocasión para hacerme echar en una intervención en la que dije que el Partido Comunista Colombiano estaba equivocado al persistir alineándose con la Unión Soviética, que ese era un mundo viejo que pronto se iba a derrumbar como un castillo de naipes, cosa que resultó cierta a los pocos años.

     Como toda novia enamorada, la Juco no me echó y, más bien, me dio un compás de espera para apaciguar “los cantos de sirena” que me tenían confundido. Sin duda, gozaba de aprecio, fui todo el tiempo bien tratado y confieso que fui un militante feliz, hasta que me sentí como ave en corral ajeno que corre el riesgo de ser picoteado.

     Pero no había más tiempo, la decisión ya estaba tomada. Sali corriendo entonces a los brazos de mi nueva novia —la docencia— y termine casándome con ella, desde entonces han pasado casi 40 años en que me acuesto y amanezco con ella, discutimos de día y hacemos el amor de noche y, como todo enamorado, no dejo de decirle: «Te quiero como nadie jamás te ha querido, como tú jamás habías pensado que alguien te quisiera algún día» y «A todos les digo que mi vida es BELLA» (quítale la B).

     Pero como todo matrimonio que aspira a ser feliz por vocación no va sin conflicto y sin problemas, porque la felicidad está lejos de ser una publicidad de un adiós a una gaseosa de siempre, o de una loción para aquellos que no necesitan esforzarse demasiado. Al contrario, su tránsito está lleno de dificultades y peligros que generan tensiones, como la cuerda que hay que transitar en el vacío, atada entre dos extremos que van de la angustia a la felicidad.

     Por lo general, cuando esa problematización nos angustia, como dice Daniel Sztajnszrajber, «huimos a la cotidianidad para que nos sosiegue. Entonces, nos refugiamos en el aula, cumplimos nuestro trabajo, corregimos los exámenes, cumplimos el horario, llenamos las actas y nos vamos a descansar a nuestra casa. Pero … siempre queda un dejo: ¿Para eso somos docentes? ¿Es ese nuestro único oficio para el que fuimos nombrados?».

     Haciendo el símil con el matrimonio, ¿será que la única función del matrimonio está en procrear hijos para alcanzar la felicidad?

     Pensar la escuela es algo que los docentes hacemos permanentemente en nuestra experiencia cotidiana, pero tiene un problemita: No hay tiempo por la necesidad imperiosa de ejecutar nuestro trabajo que hace que sea en general bastante complicado tomarnos el tiempo para pensar lo que hacemos, con un agravante adicional que consiste en que cuando uno piensa lo que hace se arrepiente de lo que hace.

     Ese es un problema estructural de toda institución —incluida la escolar—, que en su dinámica cotidiana se refugia en su lógica de mirarse como Narciso al espejo y creerse eternamente bello.

     Desde luego, con una dama así, tipo farándula de revista y televisión, no hay nada que hacer, porque siempre se creerá divina y perfecta.

     En mi experiencia como docente me he tropezado con el amor de ciertas damas que matan. Cuando estaba estudiando la licenciatura en la Unilibre, el único que perdió la práctica docente de la promoción fui yo y, paradójicamente, el único que entró a trabajar allí como docente también fui yo. Cuando la dama —que era en realidad un damo, el director de la práctica docente— me vio llegar, trató de eludirme, pero nos tocó compartir la misma comisión. Apenas me miraba de soslayo, pero un día le dije lo errado que era el sistema educativo cuando castiga a los que piensan y premia a los que obedecen.

     Parodiando a Nietzsche, la condición de pensar la docencia más allá de los dispositivos cotidianos que impone la estructura de la institución escolar, me llevó a tener una suerte rara y conseguir una mujer irónica, descomplicada y Valente, que ama siempre únicamente a un guerrero. Así es la sabiduría.