El deseo

     El filósofo alemán Friedrich Nietzsche decía que cuando una niña va muy desabrigada al baile, puede tener un resfriado si no la sacan a bailar, pero sí tuvo éxito en el baile seguramente nada le dará.

     En este entendido, los afectos juegan un papel determinante a la hora de las realizaciones de los sujetos en la vida cotidiana. Esta situación, llevada al salón de clase, implica preguntarse por los ambientes de aprendizaje, tan decisivos para la enseñanza en unos alumnos que aparentemente no quieren saber nada, ni esperan nada de la vida.

     Baruch Spinoza fue el que entreabrió la puerta para acceder al mundo de la no-razón al decir en su tratado de ética que “el hombre es un ser de deseos” en contraposición a Aristóteles que afirmaba que “el hombre es un ser racional”, la cual evidentemente coloca como eje central la actividad de la razón.

Friedrich Nietzsche y Baruch Spinoza.

     No obstante, por razones del contexto histórico que le tocó vivir, Spinoza estuvo más dedicado como pensador a esgrimir la razón por doquier contra los prejuicios de su época —siglo XVII—, no se atrevió a profundizar la caracterización del sujeto como ser deseante, porque temía, sin duda, que un agrietamiento de la razón nos dejara en manos de la irracionalidad de la época. En otras palabra , Spinoza sabía que había una dimensión que atravesaba al ser humano y lo determinaba  por todos sus poros, más allá de la razón , sospechaba  que pensamos y actuamos con el deseo, pero su pretensión racionalista lo impulsaba a meter el deseo en la razón de cualquier forma —algo que hoy es muy sospechoso—, en cambio, Nietzsche fue más desprendido en este sentido a lo largo de su obra con respecto a la tradición racionalista  de sus colegas a quienes criticó explícitamente , por ejemplo, hacía alusión a Kant como si fuera un sabueso de la razón , y no dudó en abrirse del parche de la tradición racionalista de la filosofía europea abriendo a punta de martillazos la brecha entre la razón y la no-razón en obras como ‘Demasiado humano’ o  en ‘La tragedia griega’ al hacer distinción entre  el espíritu apolíneo y dionisiaco , o en los pasajes del Zaratustra donde describe situaciones propias de la no-razón —aunque no las denomino así—.

Sigmund Freud y Carl Gustav Jung.

     Pero quienes terminan de abrir más la brecha entre lo racional y lo no -racional , son los pensadores  psicoanalistas en cabeza de Freud y de Jung, para quienes existen pulsiones internas como estímulos que producen sensaciones de ansiedad, de búsqueda , de espera, las cuales están acompañadas de secreciones glandulares u otras manifestaciones físicas que se delatan por los poros de la piel y brincan por los dedos como expresando un secreto difícil de ocultar , en el decir de  Freud, “por todos los poros la traición se asoma”. El psicoanálisis introduce la parejita pulsión-deseo aclarando que las pulsiones están asociadas a sensaciones placenteras o displacenteras según el caso, y se caracterizan por su persistencia: Las pulsiones son reguladoras del placer de la vida anímica y de ahí la importancia de una vida pulsional lograda , por eso, según Darío Botero Uribe ,“los ascetas y algunas tendencias educacionales muy severas pueden  distorsionar el mundo pulsional a través de actividades físicas compensatorias, utilizando especialmente el ejercicio muscular y  los ideales místicos”. Para Botero, el costo de esta desviación pulsional puede traer consecuencias patológicas o daños psicosomáticos. El celibato, por ejemplo, a los que son sometidos los curas de la iglesia católica, ha producido los escándalos que conocemos y la historia del Vaticano está llena de sangre, semen y traiciones que avergüenzan al actual papa.

Darío Botero Uribe y Jacques Marie Émile Lacan.

     De otro lado, el deseo está íntimamente ligado con lo pulsional, en tanto busca satisfacciones pulsionales y la pulsión potencia el deseo, pero el deseo, no obstante tener una carga libidinal grande, no se agota en la pulsión, la cual es para él una herramienta; por eso, vale decir, de acuerdo con Lacan, que el hombre es un ser inacabado, es decir, un ser de deseos que nunca se agotan a pesar de satisfacerlos momentáneamente.

     “Un ser que nunca termina su obra, por grande y creativa que sea; que siempre desea, y esto lo configura anímica y socialmente objetivos diferentes dentro de las necesidades de su espíritu. El deseo si bien es un concepto psicoanalítico, central, es también un importante concepto filosófico, por algo fue planteado como un carácter definitorio del hombre por Spinoza en la ética y desarrollado brillantemente por Hegel en la fenomenología del espíritu” (Ibid. 207,2006).

     El mencionado autor concluye: “A mi juicio, el deseo comporta una carga libidinal y es inconsciente, lo cual permite clasificarlo como una categoría psicoanalítica y, por otra parte, expresa una tendencia cultural dominante que ha devenido una propensión inmanente —no en el origen, pero si en la configuración— en el psiquismo de los individuos, y en este sentido es filosófico. El deseo, en virtud de la carga pulsional, busca satisfacciones, pero el deseo no se satisface nunca. Lacan delimita el deseo de la necesidad y la demanda. La necesidad se satisface con la acción apropiada; la demanda es demanda de amor y en el busca satisfacción; pero el deseo permanece insatisfecho; cambia de objeto, evoluciona, por lo cual puede decirse que cambia en su proyección, pero permanece siempre en su ser a través de la vida” (ibid.208,2007).

     Aunque el inconsciente es hermético, huraño y distante, el psicoanálisis ha buscado auscultarlo como terapia para conocer los síntomas de neurosis y psicosis de los enfermos; pero, como dijo el maestro Darío Botero Uribe, a la filosofía —y yo agregaría a la pedagogía— le interesa saber cómo se piensa desde él o con su concurso. ¿Por qué ?, porque si bien el psicoanálisis lo ausculta en el diván para sanar a los enfermos, deberíamos también auscultarlo en el salón para tratar a los que se creen sanos.

Portada de un libro del autor de ‘La flecha en el arco’, este módulo. ‘Pedagogía del deseo: la búsqueda de los aromas perdidos’, de Alonso Ramírez Campo.

     Por lo general creemos que el inconsciente es una cajita que tenemos guardada en el cerebro y que, de cuando en vez, abrimos para que se exprese en los sueños, en los actos fallidos y por supuesto en las revelaciones de la neurosis y la psicosis, pero no es así, una vez se comprueba que este no es ocasional y que moldea psíquicamente nuestra conducta permanentemente en las decisiones que tenemos en la vida cotidiana. A veces nos sorprendemos por el resultado de nuestras acciones y nos preguntamos, ¿por qué hicimos lo que hicimos? Y racionalmente no lo podemos entender, eso pasa porque salta la liebre y de pronto pasa algo imprevisto que no habíamos planeado, y nuestra conducta no avala esa decisión, algo conspiró contra lo que “queríamos hacer”, ¡queríamos ir directo por la Caracas y resultamos con la doble a Zipaquirá! . ¿Ala… qué raro?, nos decimos, y creemos que fue “sin querer queriendo”, como el Chavo, pensamos que nuestro espíritu se dividió, pero ¡oh sorpresa !, cuando comprobamos que ha seguido siendo el mismo, solo que nos movíamos en la apariencia y que lo que hicimos efectivamente representa nuestro querer.

     Podríamos preguntarnos ¿En qué queda ese querer previsto, por ejemplo, al preparar una clase con tanto esmero hasta las tres de la mañana y de pronto llegamos al otro día al salón y hacemos otra cosa?

Arthur Schopenhauer.

     Schopenhauer nos enseñó algo fundamental: “La libertad no está en el hacer, sino en el ser”, somos libres, pero obramos siempre necesariamente. Por eso los griegos decían que un tirano puede obligarnos a trabajar en sus minas día y noche, pero no puede obligarnos a amarlo o a pensar cómo el piensa.

     Esto llevado a la escuela, significa que siempre actuamos necesariamente, es decir a obedecer los infinitos protocolos y papeleos de la burocracia escolar, pero que al cerrar la puerta del salón podemos hacer lo que queremos, porque somos libres, así de sencillo.

     Eso sucede, porque finalmente nos movemos con el deseo, que es, al fin y al cabo, como dije en el libro ‘Pedagogía del deseo’, un potro salvaje que no se deja ensillar y mucho menos cabalgar.

Referencias bibliográficas

Darío Botero Uribe. Discurso de la no -razón. Promedios, Bogotá .2006

Alonso Ramírez Campo. ‘Pedagogía del deseo: la búsqueda de los aromas perdidos’. Asecaribe. Bogotá. 2012.