El Estado social es una caricatura

     Un Estado social de derecho es aquel que no solo reconoce los derechos fundamentales de la población, sino que los promueve hasta las últimas consecuencias…  Sus dirigentes reconocen y gobiernan para el pueblo como el legítimo soberano y no para la banca privada o las multinacionales que hace 30 años acabaron con la soberanía de los Estados nacionales, al punto de que son ellos los que le exigen a los gobiernos  gestionar más ingresos, sin importarles cómo, para que puedan pagar la creciente deuda externa so pena de suspensión de préstamos de sus acreedores y quedar en rojo en las calificaciones de riesgo. Así es como funcionan las cosas desde el día en que el recetario neoliberal se volvió oportuno, eficaz y eficiente para los bolsillos de la elite mundial capitalista que gobierna este planeta.

     En este contexto es que podemos entender, más allá de la ira e intenso dolor legítimo de la población colombiana, por qué Duque, a pesar de la exigencia que le está haciendo la sociedad —incluidos los partidos adeptos a su gobierno y, aun, su propio partido el C.D.— de que “retire el proyecto de reforma tributaria”, no va a retirarlo, a lo sumo va a peluquearlo, maquillarlo y perfumarlo para hacerlo tolerable a los ojos de los indignados. Sabe, que, si retira la susodicha reforma, se le vienen encima los jinetes del mundo financiero que son, a la postre, los que cabalgan su agenda de gobierno.

     En ese entramado circense es pertinente recordarle a este país desmemoriado que el gobernante que nos invitó al futuro, abriendo las puertas del infierno, es el mismo que ahora pone el grito en el cielo frente al proyecto de reforma tributaria, y es un imperativo que, de una vez por todas, nos convenzamos de que las  diferencias de esa clase política tradicional son solo de grados, porque, como bien afirmara William Ospina en su momento, “al final de cuentas tanto la vieja clase centralista encabezada por Santos y la nueva clase facciosa y criminal en cabeza de Uribe Vélez, no tienen, en el fondo, ningún desacuerdo para deleite de las multinacionales, ambas son arrodilladas frente al poder mundial, ambas saben besar al capitalismo salvaje por igual y, si ahora les cuesta unirse por una agenda secreta, no vacilarán en hacerlo cuando vean al pueblo unido”.

     El cinismo y la indolencia de esa clase gobernante no tiene ni tendrá limites, a menos que el pueblo se una, resista y tome la decisión de cambiarlos.

     Una vez más, el pueblo salió a marchar multitudinariamente por todos los confines del territorio, las manifestaciones fueron grandiosas, pero como siempre, curiosamente, a las tres de la tarde aparecen los vándalos vestidos de pueblo a romper las marchas y a saquear almacenes al unisonó por todo el país. Eso es muy curioso, porque significaría que una vez logrado el éxito de las marchas pacíficas, sus mismos promotores se dediquen al tiempo a desprestigiarlas, además, porque tener una red de saboteadores cuesta dinero y eso solo lo pueden hacer los vándalos de Reficar, Hidrohituango, Chirijara y Odebrecht. Que exista uno que otro muchacho “desadaptado” que queme una caneca de basura ¡vaya y venga!

     En este país estamos lejos de tener un Estado social de derecho, de hecho, lo que tenemos es un desgobierno con rasgos autoritarios proclives a una dictadura.

Caicedo marcha con su pueblo. Imagen de RCN.

     Sin embargo, es épico constatar como desde Santa Marta, Magdalena, el gobernador magdalenense Carlos Caicedo Omar se sumó a la plaza a rendirle tributo, respeto y admiración a su pueblo, a los dirigentes sindicales y sociales que luchan por el derecho de todos exponiendo su integridad y vida.

     Eso es, justo, lo que tendría que hacer un gobernante que se debe al pueblo: ponerse al lado en la reclamación de sus justos derechos, estar a la altura de su cargo como servidor público, recordarle a su colega de casa de Nariño que ha sido inferior a su pueblo que ahora le reclama, en medio de la pandemia del Covid, que no fue capaz de asegurarle una renta básica, pero sí tiene la cachaza de clavarlos con mas impuestos y alzas en los precios de productos básicos en medio de una pobreza galopante y desesperante. ¡Grande Caicedo!