Rancho de palma original en el patio de la vieja casa de palma de Catalina Francci.

     «La casa de mamá Cata estaba construida sobre una Peña. Era de palma, amplia y acogedora. En ella nos sentíamos a gusto y los vínculos familiares se fueron fortaleciendo en medio de sus horcones, cuartos frescos, sala, cocina, comedor y un patio amplio y hermoso donde florecían las guindas, las cabalongas, los limones y los totumos cuyos frutos marcamos los niños como si fueran vacas imaginarias.

     «Ciénaga de Oro era bastante pequeño en esa época, con gente laboriosa dedicada al campo, la ganadería, los negocios y, sobre todo, a la música que ha sido como la savia de este pueblo, la sangre que todos llevan dentro como una marca que no se borra. Pero ya tenía casi 200 años de historia porque fue fundado por Antonio de la Torre y Miranda en 1776, después de ponerse de acuerdo con los indios que habitaban en los cerros hermosos de estas tierras maravillosas. El Loro ha dado también muchos hombres y mujeres ilustres que se han destacado en diversos campos: la política, la economía, el arte y la cultura, la jurisprudencia, la administración pública y hasta la milicia.

     «Cuando nos casamos, Rafa y yo vivimos inicialmente en esa casa de palma de mamá Cata en la que yo había crecido con mis hermanos y donde murió Papa Chango en un día providencial. La misma casa en la que mi madre cosía en su vieja máquina con una alegría renovada cada día y la que se convirtió en el refugio de mis hijos y mis sobrinos con el paso del tiempo. A la salida de la casa vieja hacia el patio había un gran tanque de cemento que servía para recoger el agua lluvia que se utilizaba para bañarse y en los quehaceres diarios. Tenía una boca de más o menos un metro de alto por la que los niños se asomaban y gritaban lo más fuerte que podían para escuchar el eco de sus voces. En la explanada del tanque, Mildred montaba obras de comedia para distraer a sus hermanos y los vecinos pequeños que acudían alegres a las funciones de la tarde.

Casa de Mireya Pastrana cuando conservaba su color amarillo.

     «Nosotros éramos seis hermanos: Atilano, Antonio, María Eva, Paulina, Catalina y yo, quienes crecimos en un ambiente alegre y despreocupado aunque papá Toño, nuestro padre, se había ido y Papa Chango, hermano de mamá, debió encargarse de buena parte de los gastos de la casa, con una abnegación que no podía ser de este mundo. Jamás expresó una palabra de desagrado ni cansancio y, por el contrario, nos llenó de un amor incondicional y nos enseñó el don del agradecimiento y el perdón. En las afueras del pueblo vivía en su finca ganadera una prima de mamá Cata. Se llamaba Placidia Causil, otra alma buena tan rezandera como abuela Nicacia Hoyos, dueña de un exquisito don de gente y amante de la buena mesa. Cada comida en su casa era un banquete. Placidia quiso mucho a mi hija Mildred y como no tuvo hijos quería quedarse con ella para terminar de criarla, pero Rafa y yo no lo quisimos. Siendo Mildred una niña iba a La Brigada, la finca hermosa de Placidia y ahí vivía otro mundo en medio del ganado, el ordeño, las faenas del campo. Durante el almuerzo, en la mesa servida como para un agasajo, solo se sentaban Placidia y Mildred, una frente a la otra, para disfrutar ricos manjares que terminaban siempre con pudines y helados.

Así luce hoy la casa de material de Mireya Pastrana en Ciénaga de Oro.

     «Placidia nos regalaba a diario leche y queso y Gustavo López, hijo de mi hermana Cata, iba a buscar esos regalos cuando ella no tenía a la mano alguien a quien mandar. Placidia era una artista con el pincel, pintaba muy bonito y creo que Mildred le aprendió mucho porque viéndola ejercer su arte se convirtió en pintora estudiando en la Escuela de Bellas Artes de Cartagena, institución de la que después fue directora. Placidia le regaló a Mildred un Cristo de más de 100 años de antigüedad que ella conserva en la sala de su casa, pero su fortuna, dicen que quedó en manos de curas y religiosos que por años la tuvieron como una de las devotas más fieles no solo de Ciénaga de Oro sino del Sinú. Hace ya largos años que esa buena mujer partió de este mundo.

     «La casa vieja es un recuerdo recurrente. Con frecuencia vienen a mi mente episodios vividos en aquella morada donde transcurrió buena parte de la vida familiar. Recuerdo a mama Cata sentada con elegancia frente a su máquina de coser, concentrada haciendo camisas o vestidos de mujer, zurciendo con una finura tan detallada que no quedaba huella de los desperfectos sobre la tela. Pasaba horas y horas en esa máquina que era como la extensión de su cuerpo. Precisamente cosía una camisa a cuadros cuando vio por entre los barrotes de la ventana a una mujer extraña que esperaba bajo un sol ardiente en la esquina del Zuan. Se apiadó de ella y le mandó un vaso de agua que la mujer delgada agradeció con una leve sonrisa. Después le mandó un recado para que viniera a tomarse una sopa porque seguía esperando bajo la reverberación del mediodía y ella vino sin afán, pero con hambre. Tomó la sopa en silencio y se quedó con nosotros 15 años. Cuando menos lo esperábamos, María Nova, que así se llamaba aquella dulce mujer, dijo que era hora de marcharse porque ya venía el bus que estaba esperando desde aquel día caluroso de 1955. Tomó la caja de cartón y la bolsa de manigueta con las que había llegado, se subió al bus, se sentó en el puesto de los músicos, se despidió con su mano izquierda y desapareció para siempre.

Mireya Pastrana con sus hijas Mildred, Martha y Mariaketty.

     «Con ahorros que hice con las ganancias de pequeños negocios de empeño, venta de telas, prendas de oro que me dejaban en calidad de consignación y una que otra caja de whisky, logré un capitalito que me sirvió para comprar una casa de palma en toda la esquina donde María Nova esperaba el bus cuando mama Cata la vio aquel día caluroso del 55. Ahí fue donde Rafa monto el ‘Paraquetepique’ y creo que Pablito Flórez llevó a Ninfa del Valle para cantarle sus canciones antes de que ella comenzara a ejercer como mujer de la vida en el cabaret de Petrona Naranjo. Cuando Ninfa se fue a escondidas de todo el mundo, aun de Pablito que se había enamorado perdidamente de la casquivana, en el alma del artista brotó el desengaño pero también la inspiración y entonces compuso su aclamada, alegre y nostálgica canción ‘La aventurera’.

     «Con los años la casa esquinera de palma desapareció y dio paso a nuestra nueva casa, de material, con un enorme patio que tenía una parte baja y otra alta. En la baja, donde construimos dos grandes tanques de cemento para el agua de abastecer la casa y a vecinos que la necesitaban, cultivé un hermoso jardín con rosas, crotos, ponches, veraniegas, jazmines que perfumaban todo el ámbito y cuyo aroma llegaba hasta las habitaciones, la sala y el comedor. En la parte alta armé, junto con Mamine, mi suegra, una troja para cultivar cebollín, ají, pepinos y tomates, verduras y frutos que nos servían para llevar a la cocina y la mesa. En una esquina del patio superior teníamos un palomar. En toda la esquina de la casa monté mi negocio. Era una especie de cacharrería o tienda grande que ofrecía productos alimenticios y también zapatos, telas, adornos, perfumería, refrescos, de todo como en botica. Yo atendía el negocio mientras Rafa se desempeñaba en cargos de la administración municipal y organizaba al lado de otras personas reuniones de la política. Porque eso sí le gustaba. Siempre tuve espíritu para los negocios, los veía desde lejos. Para ser negociante hay que estar a cuatro ojos, no dormirse, trabajar duro y no confiar en nadie. Un día llegó un cachaco vendedor de zapatos que siempre me surtía, pero a quien le había descubierto ciertas mañas: le pedía cinco pares de un precio y me echaba tres o cuatro de esos y uno o dos de otra calidad. Me tumbaba. De modo que preparé la venganza. Le pedí una docena fina y media de mediopelo y así los trajo, pero cuando me los estaba entregando lo entretuve con otras cosas de pedidos viejos, y cuando se descuidó eché tres pares de zapatos finos en el calambuco del arroz y lo tape. Cuando hizo la factura de la docena fina, le reclamé.

Aquí quedaba la vieja casa de palma de Catalina Francci, madre de Mireya Pastrana.

     «—Cómo así que me va a cobrar una docena de estos finos —le dije mirando los zapatos sobre el mostrador. Y le agregué sin dejarlo respirar. —Si solo hay nueve.

     «El hombre se ofuscó, buscó afanado en sus grandes maletines, pero no encontró nada, se rascó la cabeza y dijo.

     «—Carajo, ¿y donde los habré dejado?

     «En seguida supe que le había puesto las banderillas bien puestas. Me reía por dentro y así cobré mi pequeña venganza.

     «Otra cosa que me daba mucha risa eran los perfumes. Me los traían en envases grandes y yo los envasaba en frascos pequeños para venderlos y les ponía diferentes nombres siendo el mismo perfume: Esencia de Rusia, Ambrosía, Noches de Paris. También vendía pequeñas rociadas sobre la ropa con atomizador, y el negocio se movía mucho cuando había baile donde Abel Ángel, el dueño del picó en el barrio del Zuan. Alguna gente pedía una rociada de un perfume y otra de otro para ir más olorosa. Una vez un tipo que quería impresionar a su enamorada me pidió una rociada de Noches de Paris y después otra de Ambrosía. Yo sé las eché, pero el hombre se quedó pensativo y me dijo.

     «—Niña Mireya, pero estos dos perfumes huelen a lo mismo.

     «—No, mijo —le respondí—. Fue que se te quedó impregnado el olor del primero. Pero vas muy oloroso. Pagó y se fue muy contento.

Parte del patio de la vieja casa de palma.

     «Yo no dejaba ir a nadie triste de mi negocio. Durante los años que lo tuve fui muy feliz porque también ayudaba a quienes en realidad eran personas muy necesitadas y requerían un mejor precio, una rebaja, un fiado para más adelante. Siempre se iban con algo entre las manos. La gran tienda de Ciénaga de Oro duró hasta cuando decidimos venirnos para Cartagena, agonizando los años 60. Entonces le vendimos la vieja casa de palma que había sido de mana Cata a Paulina Pretelt, quien siempre nos acompañó como un miembro más de la familia. Ahí siguen Paulina y sus hijos Denis y Nanchi Benitez. Ellos nos reciben siempre con los brazos abiertos cuando vamos de paseo a Ciénaga de Oro».

FE DE ERRATAS

     En el capítulo anterior, Papá Chango-el ángel milagroso, hubo varias imprecisiones:

     1) El nombre de papa Chango era José Ángel Francci Causil.

     2) Las hijas de papá Chango son Edith y Fanny Franco Albis.

     3) La hija fallecida del mono Franco es Lina Franco. Sus dos hijos vivos son Javier y Diana.

Continuará en la próxima actualización