«Soy una mujer de buen humor. Me río de todo y confieso que he cometido una que otra imprudencia, pero es que no logro aguantarme cuando algo me mueve los resortes de la risa o de la burla. Que no es lo mismo. Uno se ríe de un chiste, de un apunte ingenioso o una situación especial, pero la burla es otra cosa. Es algo que puede herir los sentimientos ajenos, que ridiculiza o usa la mala intención. Pero yo soy burlesca por naturaleza. A Rafa, a quien quise por encima de todas las cosas, me le reía en la cara cuando me venía algún recuerdo jocoso y él quedaba azul porque no sabía del porqué de una risa, una carcajada repentina. Pero como me conocía, no me recriminaba y seguía con lo que tenía entre manos, como si nada.

Mireya Pastrana con su hija Mariaketty.

     «—Ya vas tú con tus cosas —solía decir ante un caso de esos en los que yo soltaba una frase o una risa sin más allá ni más acá y sin tener en cuenta que la banderilla podía caerle a cualquiera que estuviera por ahí cerca.

     «Yo creo que he llegado a la edad que tengo —!Dios mío, si me descuido llego al siglo!—, es porque el buen humor me ha ayudado. La risa, como dice la revista Selecciones, es remedio infalible. Miren que los amargados raramente llegan a viejos y es porque se meten mucho veneno en el alma y no le dan cabida al buen humor, a los chistes, a lo que alegra la existencia. Eso no va conmigo. Uno que otro neurasténico se cuela y se monta sobre los 80 o 90 años, pero llega más encorvado que el jorobado de Notre Dame. La mayoría se queda a mitad de camino fulminada por un ataque al corazón porque no supo meterle picante a la existencia. Donde quiera que he vivido siempre la alegría, el buen humor ha sido mi compañía

     «En cada temporada de vacaciones mis queridos sobrinos, hijos de mi hermana María Eva y Rafael Cardona, iban a la vieja casa de palma de mamá Cata en Ciénaga de Oro y entonces disfrutábamos mucho en familia. Una de mis sobrinas era un poco rebelde, a veces se salía de la raya porque quería andar del timbo al tambo para enterarse de todo cuanto pasaba en el pueblo. Mama Cata se preocupaba mucho por ella, pero yo sabía que eran cosas de la edad y quise meterla en el redil, a mi manera. Siempre que iba a salir yo le decía:

     «—Cada día te pareces más a la rezandera.

     «Ella se reía, pero no sabía quién era la rezandera. Mi cantaleta era diaria y la respuesta risueña de mi sobrina también. Hasta un día, por la tardecita, que llegó llorando de manera desconsolada. Mama Cata corrió a abrazarla, le preguntaba qué le había pasado, por qué lloraba de esa manera. Cuando medio se calmó, me acusó con el dedo y dijo con rabia:

    «—Ella tiene la culpa.

     «Mamá Cata me miró extrañada y le preguntó qué le había hecho yo para que estuviera así de rabiosa, y mi sobrina le respondió:

     «—Me dijo toda esta semana que yo me parecía cada vez más a la rezandera y yo creía que eso era bueno, pero hoy pasé por su casa.

     «—Abuela, esa mujer es horrenda!

Afiche de la tercera edición del Festival de Música del Caribe, cuyo autor fue el maestro Enrique Grau.

   «Con el tiempo aquella broma se convirtió en uno de nuestros recuerdos recurrentes y cada vez que estamos en familia lo traemos de nuevo al presente para reír y festejar.

     «En San Pedro, aquí en Cartagena, nuestra casa era un templo de buen humor. Había música, juego de dominó en las tardes, veladas de chistes y anécdotas, jornadas de recuerdos. No había campo para la tristeza ni la quejara, solo para la risa y el apunte oportuno. Como mis hijos son músicos, la fiesta se prendía con facilidad, pero sin peleas ni bochinche porque todo el mundo se tomaba sus tragos como debe ser, sin buscar la borrachera sino el lado bueno de la vida, el disfrute. Recuerdo que tu hijo Eduardito tenía como tres o cuatro años y en medio de un toque de acordeones vino corriendo a donde nos encontráramos las mujeres y nos dijo:

     «—Esta es la casa del ritmo.

     «Y se puso a mover el cuerpecito como impulsado por un resorte invisible. Quedamos pasmadas con la ocurrencia del pelaíto, pero era que en ese tiempo estaba de moda una canción tocada por una orquesta venezolana que llevaba ese título: ‘La casa del ritmo’, y mi muchachera la ponía a cada rato. El niño la oía y la oía y la tenía ya almacenada en su cerebro. Ahora me acuerdo, ese grupo se llamaba Daiquirí y tuvo mucho éxito en el Festival de Música del Caribe que se hacía en Cartagena y que se convirtió en la fiesta más alegre del mundo. Venían grupos de todas las islas del Caribe, pero también de África y no había quién se escapara del goce que se regaba por toda la ciudad como la buena verdolaga. Durante varios años se hizo el festival y ese fue el tiempo en que Cartagena fue más feliz. La gente se sentía contenta y no había momento para la discusión ni la pelea sino para bailar, escuchar música de todas partes y gozar de un ambiente lleno de magia. Los que no podían ir a los espectáculos y se quedaban en casa o en el trabajo prendían el radio y seguían la fiesta a su manera, cantando en la cocina o moviendo los pies y siguiendo el ritmo que llegaba desde lejos porque toda la ciudad estaba impregnada de un aire diferente, del rocío inconfundible de la fiesta.

     «En la casa de San Pedro la risa, el canto, el buen humor, la chispa, eran una constante. Siempre que mi sobrina Akeber venía, grababa casetes enteros con los chistes plebes que le echaba mi nieto Boris para llevárselos a Estados Unidos donde vive desde muy joven con su familia. A veces nos escribía y decía que escuchaba esos chistes cuando nevaba allá en su mundo civilizado para llenarse de calor y recordar la casa del ritmo con sus sancochos y sus jornadas musicales que duraban días enteros.

Los hermanos Paulina, Antonio y Mireya Pastrana Franco, en la parte exterior de ‘La casa del ritmo’.

     «Cuando se armaban los juegos de dominó, casi a diario, se hacía en la calle, al puro estilo Caribe. Con golpes fuertes sobre la mesa y celebración en grande con cada buena jugada. Jugaban Rafa, mi hermano Toño y sus dos hijos, Luis Cárdenas, Álvaro Miranda, el capi Teherán, el sanandresano. Eliécer y mis hijos Carlos, Moncho y Eliécer. Nunca se jugó a plata sino por puro placer. El jugador de dominó en estas tierras es apasionado, como el gallero, y lo hace sentir durante toda la partida. Sobretodo cuando gana, y si es con una jugada inesperada, todavía mejor. Casi siempre se levanta con el triunfo, golpea con todas sus fuerzas las fichas sobre la mesa y echa pullas a los adversarios:

     «—Esto sí es saber jugar caballeros —dice con toda la boca.

    «Y si el juego es por pareja se toma de la mano con su compañero, se abrazan, ríen a carcajadas y exclaman en coro:

     «—No hay con quién, mi gente —Y enseguida exclaman a todo pulmón—: ¡Estamos comiendo anchoas!

    «El Capi Teherán y el sanandresano eran marineros y después de cada viaje traían regalos para nosotros sus amigos y a Toño le llagaban siempre con sus botellas de buen whisky. Pero él las cambiaba por aguardiente Antioqueño, que era el único licor que tomaba. Nunca en su larga vida probó otro trago. Ni aun cuando estuvo en la guerra de Corea cambió su gusto por este trago. En la fragata Almirante Padilla metió varias cajas de aguardiente, se las llevó para Corea y allá se las tomó con sus compañeros. Toño nunca fue borrachín, pero disfrutaba el aguardiente y decía que no había otro trago igual.

     «—Sirve para todo —decía con picardía.

     «A la casa de San Pedro llegaban muchas gentes de Cienaga de Oro y traían noticias frescas del pueblo. Apenas alguien pisaba la terraza enseguida salía Mamine a recibirlo con la frase de siempre.

Rafael Figueroa, esposo de Mireya Pastrana, con su hija Mildred en las afueras de ‘La casa del ritmo’ en Cartagena.

     «—Debes venir con hambre, ¿verdad? Ven a comerte algo —decía con una sonrisa tan ingenua como bondadosa. Para ella nunca era muy temprano ni muy tarde para ofrecer desayuno, almuerzo o comida cuando llegaba una visita. Dios la trajo al mundo fue para servir y esa era su manera.

     «Una vez llegó a la casa Francisco Bedoya, a quien todo el mundo en el Loro conocía como Quico Bedoya, un músico muy consagrado que por mucho tiempo tocó con Antolín Lenes y otros reconocidos músicos del Sinú. Lo trajo una noticia mala porque en Ciénaga de Oro se regó la bola de que mi hijo Moncho se había muerto. Quico era muy cercano a nosotros y una vez se enteró de esa noticia empacó sus corotos y se vino con Ŕuth, su mujer, para acompañarnos en la pena. Pero todo era mentira, un run run de esos que a veces se forman, que nadie sabe quién lo inventa, que a veces causa daño, pero al final termina en fiesta.

     «Al cabo de un largo viaje Quico y su mujer llegaron a la ciudad, se encaminaron al barrio y buscaron nuestra casa con el corazón encogido. Eran amigos de verdad. Cuando doblaron la esquina y quedaron con la vista clavada en la terraza de la casa, me vieron a mí riéndome en medio de una ronda de mujeres. Quico después me confesó que le dijo a su compañera:

     «—Mija, a la niña Mireya como que la tienen jarta de pastillas porque esa risa no combina con un muerto en la casa.

     «Claro, ellos no se enteraron del desmentido de la mala noticia porque ya estaban en el bus viajando para Cartagena. Y cuando supieron que Moncho estaba más vivo que nunca en Estados Unidos, decidieron quedarse con nosotros disfrutando de otra de las grandes fiestas de la casa del ritmo, que ahora festejaba la alegre resucitada del Moncho