«Cuando recuerdo a mi padre me cae una rasquiñita. La siento en todo el cuerpo, pero especialmente en el alma. Es que nunca he podido comprender cómo un hombre que lo tuvo todo en la vida: salud, prestancia, relaciones y mucho dinero, pudo terminar como un cualquiera en una currancha de mala muerte porque no pudo o no quiso refrenar sus impulsos, comportarse como alguien responsable consigo mismo, con su esposa, con su familia, con sus hijos. Pero, ¿cómo iba a ser referente para sus hijos si con su esposa, mi madre Catalina Francci, tuvo seis y con otras mujeres más de 30? Él prefirió hacer todo lo contrario a lo que debía y en fila le llegaron las adversidades que lo empujaron hasta la mismísima ruina.

     «Su padre, Manuel Pastrana Mora, a quien decían el blanco de la montaña, fue un trabajador incansable que por muchos años se enfrentó a la manigua para hacerse a tierras vírgenes y a un capital suficiente para que su familia y descendencia vivieran bien, sin pasar necesidades. Se hizo muy rico por la región de Ayapel en donde llegó a tener seis haciendas, mucho ganado, caballos y dinero en abundancia. En una de esas haciendas, Lorenzana, nací yo. Ese fue mi mundo jamás olvidado. Mi abuelo fue un ser totalmente diferente a su hijo Antonio, mi padre, quien se interesó solo en las mujeres y la fiesta permanente sin prestar oídos a las advertencias de todos los que lo querían. Por su mala cabeza nosotros pasamos de la gloria al infierno porque lo perdió todo y cuando se dio cuenta de su situación simplemente se marchó de la casa. Mi madre, abnegada, había sufrido ya demasiado por la mala cabeza de su marido y sola, pero con el apoyo incondicional de su hermano José Ángel, nuestro amadísimo papá Chango, nos sacó adelante.

Papá Toño Pastrana con Carlos Pastrana en el Centro Histórico de Cartagena. Años 60.

     «Nosotros fuimos seis hermanos y nos quisimos mucho, aunque Atilano, el mayor, se fue pronto para Bogotá y nunca más volvió por Ciénaga de Oro. Ya conté parte de su historia: se casó a la fuerza en San Antero, se volvió a casar con la sobrina de un obispo en Bogotá, se le denunció por bigamia y de no ser por Jorge Eliécer Gaitán que lo defendió en los estrados judiciales, hubiera permanecido largos años en la cárcel. Mujeres fuimos cuatro: María Eva, Catalina, Paulina y yo, Mireya. Los hombres fueron Atilano y Antonio, pero tuvimos otro montón de hermanos, hombres y mujeres, más de 30, porque papa Toño era todo un señor garañon. Mis relaciones con algunos de esos hermanos regados por la comarca fueron buenas, especialmente con Carlos Pastrana, quién también nos quiso mucho. Él era buen músico, tocaba el acordeón con propiedad y componía unos temas jocosos que alegraban mucho nuestras fiestas. Tengo otra media hermana, la única que queda y vive en Barranquilla. Se llama Enriqueta Pastrana y con frecuencia nos hablamos por teléfono o nos vemos personalmente. La última vez que la vi fue en la finca de Moraima Facciolince, una gran amiga de mi hija Mildred. Ella iba con su hijo para Ciénaga de Oro y quería saludarme. Por eso llegaron a Turbaco donde estábamos nosotros, para hablar un rato conmigo.

     «Toño Pastrana, mi hermano, y Carlos Pastrana, mi medio hermano, fueron muy buenos amigos y compartían el gusto por la música, el dominó, los chistes y el aguardiente. En la ‘Casa del ritmo’ sus encuentros eran ruidosos y muy alegres. Ambos tocaban el acordeón. El de Toño era un acordeón de dos hileras de teclas y el de Carlos uno de fuelle que a veces no le respondía con suficiencia y entonces pedía prestado el de Moncho para darle brillo a su interpretación y a su canto. Toño le regaló un nuevo acordeón para que no pasara pena en las parrandas y lo mantuvo muchos años. Se acompañaba de este instrumento para interpretar sus propios temas. Uno de ellos lo compuso después de ser nombrado profesor en el Chocó y vivió allá mil peripecias. Una de las partes chistosas del tema dice:

Toño Pastrana con sus hermanas Mireya y Paulina, y su cuñado Rafael Figueroa.

Óyeme Campillo lo que a mí me está pasando
Como buen amigo yo sí te cuento de veras
porque es la tristeza la que a mí me está matando
Me encuentro como un carro pero sin las cuatro ruedas

     «Después contaba que para ir a su trabajo debía coger una vieja avioneta en Montería, que luego de muchos sustos llegaba como un extraño al Chocó y que entonces debía trabajar como un burro para al final no ganar ni el pasaje para salir en  avión. Eso de la música en la familia debe venir de los Pastrana. Toño y Carlos Pastrana, músicos, mis hijos varones y Mariakety, músicos, mis nietos Boris, Carlos y Rafi, músicos, y Pernet, nieto de Toño Pastrana, músico. También están los hermanos Juancho, Jorge y Pedro Nieves, hijos de la Mimi Oviedo Pastrana, de nuestro tronco familiar.

     «Toño se vinculó a la Armada Nacional y con ayuda de nuestro hermano Atilano, quien llegó a tener muy buenos cargos y magníficas relaciones, estudio mecánica Diésel y durante muchos años recorrió el mundo a bordo de esos barcos llenos de marineros de distintas regiones del país. Le decíamos el ‘Siete mares’, porque estuvo mucho tiempo en ellos y le gustaba mucho contarnos las historias que vivía en los sitios que conocía lejos de su tierra. Una vez nos narró que en Japón presenció el desfile más loco del mundo en homenaje al aparato del hombre. Dijo que eran cuadras enteras de gente llevando sobre sus hombres, en bicicletas y camiones, penes hechos de madera, hierro, zinc. Eso dizque es una costumbre de mucho tiempo y nadie se escandaliza y por el contrario miles participan, disfrutan y además hacen negocio porque venden esas figuras eróticas a los nativos y los turistas. Claro, Toño dijo que no iba a comprar esa vaina para traerla para acá porque con la de él tenía y bastaba. Lo que sí compró y trajo en uno de sus viajes fue una hermosa vajilla de porcelana hecha en China durante la invasión japonesa, contramarcada con esa referencia histórica y compuesta de 24 piezas. Me la regaló a mí y la tuve por muchos años, pero después se la pasé a mi hija Mildred que la conserva como un tesoro.

El buque José Prudencio Padilla —honor al gran héroe naval de la guerra de Independencia— sí participó en combates en el mar allá en Corea. Foto tomada de la publicación Cyber-corredera.

     «Toño, como mi sobrino Coriolano, también estuvo en la guerra de Corea, pero no en tierra combatiendo sino a bordo del barco Almirante Padilla de cuya tripulación hacía parte. Esa embarcación que lleva el nombre del gran héroe naval de la guerra de Independencia José Prudencio Padilla sí participó en combates en el mar allá en Corea bajo el mundo de las fuerzas de la ONU y afortunadamente ninguno de sus tripulantes resultó muerto o herido. Toño tocaba su acordeón a bordo para alegrar a la tripulación y se hizo muy popular entre los marineros que estuvieron en Corea desde finales de 1950 hasta principios de 1952. De regreso a Colombia el buque Almirante Padilla fue enviado a la lucha contra el contrabando en La Guajira y quedó inmortalizado en una canción de Rafael Escalona. Yo creo que el acordeón que Toño le regaló a Carlos Pastrana lo consiguió en uno de esos decomisos que hicieron con el Padilla en Puerto López, un pueblo que vivía del contrabando y al que el Almirante Padilla dejó sin nada. Toño tenía un temperamento parecido al mío, era jocoso y tranquilo. Tuvo tres hijas y un varón con su primera mujer, Juana Seña, y dos hijas y dos hijos con su esposa Sofía Osorio. La tercera mujer que se consiguió cuando estaba bastante entrado en años y que era menor que él, prácticamente lo dejó en las tablas y se quedó con su pensión.

     «Carlos Pastrana fue quien acompañó a papá Toño en sus últimos años, cuando arruinado y prácticamente sin relaciones con su familia, se refugió en una casita de la calle Piñango del popular barrio Lo Amador de Cartagena, esperando el final de su existencia. Carlos se enamoró de una muchacha a la que le decían Gime, hacendosa pero extremadamente celosa que no quería que su hombre anduviera tocando acordeón y cantando en fiestas que lo alejaban del camino comprometido con ella. Él no le prestaba mucha atención y defendía su trabajo bohemio, pero ella le advertía que tuviera cuidado con lo que hacía. Una vez le llevaron el cuento de que su amado acordeonero tenía otra flor donde oler y que por eso eran más frecuentes sus salidas. Gime cortó por lo sano. Esperó su oportunidad que llegó cuando Carlos, descamisado y desprevenido, se dedicó a hacerle mantenimiento a su acordeón. Entonces cogió la olla de agua caliente que tenía en el fogón para pelar una gallina y se la echó sin remordimiento sobre la espalda desnuda. El pobre Carlos casi se muere, estuvo hospitalizado varias semanas y dejó de atender a papá Toño que lo necesitaba más que nunca. Pero al viejo zorro no le sorprendió la actitud de aquella mujer inofensiva. En setenta años de vida azarosa entre ellas, había aprendido que llegado el momento son capaces de hacer cualquier cosa si de por medio se encuentra otra verija».

Continuará en la próxima actualización