Redes sociales, opinión
pública y comunidades políticas (IV)

 

     Una segunda área de estudio hace relación con el hecho de que con las redes sociales cambia también la opinión pública, sus medios de expresión, la velocidad de circulación y el impacto que esta —opinión pública— tiene en las decisiones de los gobernantes.

     Por un lado, las redes sociales permiten expresar opiniones en tiempo real, generar tendencias e incidir en las expectativas de aquellos que toman decisiones. Esto es lo que está detrás de los ‘trending topics’ que instalan temas en la agenda ‘desde abajo’. Como muestra la investigación de Conway, Kenski y Wang —The rise of twitter in the political campaign— basadas en el estudio de series de tiempo, parece haber una relación simbiótica entre la agenda que instalan los medios tradicionales y los candidatos y políticos en las redes sociales.

     En Chile, los informes Interbarómetro han mostrado que, al menos en términos de temas y cobertura de políticos, los periódicos digitales y las redes sociales no necesariamente convergen. Candidatos más jóvenes y menos consolidados tienen mayor vitrina en los medios digitales, mientras que políticos más tradicionales tienen una cobertura mayor. Lo mismo ocurre con los temas en que se pueden clasificar las conversaciones en redes y en los artículos en medios digitales.

     Por otro lado, Bastos, Mercea y Charpentier —Tents, tweets, and events— señalan que las redes sociales también exponen a las personas a fuentes de información que tienen altos sesgos de selección, planteando la pregunta por las comunidades políticas que se forman en el territorio digital o su relación con procesos de movilización política y acción colectiva. Así, por ejemplo, una pregunta recurrente en los estudios es si la comunicación online implica segmentación por medio de la exposición selectiva a la información conocido como cámaras de ecos —eco chambers—, o bien, constituye una conversación más integradora y ‘nacional’. Siguiendo esta línea, Barberá, Jost, Nagler, Tucker y Bonneau, muestran en Tweeting from left to right que la información política es intercambiada principalmente entre individuos con ideologías y preferencias similares, pero no así otros temas. Otras conversaciones, en cambio, son más dinámicas y comienzan como una ‘conversación nacional’ para posteriormente polarizarse. En definitiva, y en línea con los estudios de opinión pública, Huckfeldt —Information, persuasion, and political communication networks— muestra que la estructura o morfología de las redes por donde circula la información puede producir efectos como ‘falsos consensos’.

     En general estos estudios también apuntan en dirección de otro tipo de preguntas de orden político normativo, tales como la propensión a producir discurso del odio, propio de las redes y un catalizador de la polarización. Pues las redes sociales generan dilemas éticos tales como la agresividad que ampara el anonimato, los límites de la libertad de expresión y la generación de noticias falsas. En este plano, como muestran Barberá, Jost, Nagler, Tucker y Bonneau —Tweeting from left to right—, las redes no siempre conducen a la polarización, sin perjuicio de que estas sean utilizadas para difundir noticias falsas, desinformar, e incluso producir conversación a partir de cuentas falsas conocidas como bots. El mismo Barberá en How social media reduces mass political polarization estudia el rol de los llamados ‘vínculos débiles’ en exponer a las personas a información y opiniones políticas más diversas, mostrando que estos pueden conducir a disminuir el extremismo político. Basándose en un estudio de panel de usuarios de Twitter en Alemania, España y los Estados Unidos, Barberá muestra que la mayor parte de los usuarios están situados en redes ideológicamente diversas y que dicha diversidad tiene un efecto positivo en la moderación política. Por otro lado, como muestran Tandoc, Lim y Ling en Defining fake news, estos fenómenos también han implicado un esfuerzo de conceptualización y delimitación teórica.

     En suma, entender cómo se forma la opinión pública en la era de las redes sociales resulta fundamental, especialmente en tiempos en que la apelación a las emociones o a hechos alternativos parece resultar más efectivo que el estricto apego a los hechos; un fenómeno que se ha venido a conocer como “post-verdad”, en el cual, como señala Hopkin y Rosamond —Post-truth politics—, las personas afirman creencias falsas incluso cuando existe evidencia científica que las desacreditan. En este respecto, ha mostrado la experiencia reciente, los instrumentos predictivos tradicionales como las encuestas parecen no estar respondiendo de manera satisfactoria, mientras que los intentos por establecer la capacidad predictiva de redes sociales como Twitter no han llegado a un consenso como señala Vergeer —Twitter and political campaigning—. Con todo, el problema de los estándares éticos y los usos que los ciudadanos y políticos dan a las redes permanece en el centro del debate. Primero, el ‘accountability’ que los ciudadanos han de exigir a los políticos se desplaza también al territorio digital, toda vez que los partidos, candidatos y políticos quedan sometidos al escrutinio de la veracidad de sus fuentes o la existencia real de sus seguidores. Segundo, las personas “de a pie” también contribuyen al mal uso de redes sociales cuando difunden noticias falsas o se amparan en el anonimato para agredir a otros. Y tercero, las plataformas que disponen de la información también pueden jugar un rol crítico en la manipulación de la opinión pública que se produce en redes, tal como han mostrado escándalos recientes.