Política, redes sociales y Big Data:
mapeando la agenda de investigación (3)

     Como cabe esperar, parte importante de las aproximaciones y técnicas antes señaladas no se han desarrollado necesariamente en el campo de las ciencias sociales. Más bien, provienen de múltiples disciplinas tales como las matemáticas, la programación e informática y, más recientemente, la llamada “ciencia de datos”. Por eso, la comprensión de la relación entre redes sociales y política, utilizando estas herramientas, implica un proceso de aprendizaje, en el que las técnicas se importan a otro campo científico y se ponen al servicio de otras agendas de investigación, preguntas y teorías. En ciencia política, por ejemplo, las preguntas centrales que han ocupado a los observadores son de variada índole. Por ejemplo, ¿cómo cambia la comunicación política y cuál es su relación con antiguas formas de comunicación de masas?, ¿qué comunidades políticas se forman en redes sociales?, ¿cómo se hace campaña en redes sociales y si estas tienen la capacidad de influir en los votantes? Organizando la literatura, podemos encontrar al menos tres ejes principales sobre los cuales se aglutinan importantes agendas de investigación empírica, sin desmedro de que esto no agota la creciente literatura que ha ido consolidándose en la última década.

Redes sociales y campañas políticas

     Una importante agenda se deriva del hecho de que, con las redes sociales, el electorado y los medios para alcanzarlo han experimentado una revolución. Con internet en la casa, el trabajo o el bolsillo, el potencial elector promedio tiene acceso a múltiples fuentes y formatos de información que circulan en tiempo real y está al alcance de las campañas políticas por una multiplicidad de canales. Como señala Kruikemeier, “el potencial de internet de conectar con votantes y movilizarlos, les da a los políticos la oportunidad de promoverse a ellos mismos y comunicar interactivamente con el electorado, sin la interferencia de los periodistas” —2014 :132—. Por eso, si las campañas tradicionales se basaban en las franjas televisivas y radiales, así como en el “puerta a puerta”, hoy en día se trata de distinguir nichos y encapsular la oferta política en formatos que circulan a gran velocidad: tuits, videos, imágenes, correos electrónicos, mensajes de texto, memes, etc. Se trata entonces de cualquier canal que permita a los candidatos exponer su vida privada para mostrar cercanía, circular una frase célebre, o emplazar a otro candidato con el fin de atraer, si no votantes, al menos “seguidores”. De allí que algunos estudios como el de Daniel, Obholzer y Hurka —Static and dynamic incentives for twitter usage in the European parliament— hayan apuntado a explicar la presencia y frecuencia de uso de las redes sociales por parte de políticos.

Capturas de https://www.actionsdata.com/ y https://www.juancmejia.com/

     De manera general, subyace la idea de que las tecnologías digitales abren espacios para nuevas dinámicas políticas, especialmente a partir de lo que se ha denominado “interactividad”, como lo llama Kruikemeier, o el hecho de que la información entre políticos y representados fluye en ambas direcciones. En el caso de Twitter, por ejemplo, los políticos y candidatos tienen la opción de interactuar con las cuentas de los demás, y estudios como los de Lyons y Veenstra —How (not) to talk on twitter— ha mostrado que aquellos que incluyen señales conversacionales son más probables de ser vistos de manera positiva. De todos modos, el uso que se da a las redes sociales difiere en los distintos contextos. Por ejemplo, Theocharis, Barberá, Fazekas, Popa y Parnet —A bad workman blames his tweets— muestran en contexto europeo y norteamericano que los políticos utilizan las redes, especialmente Twittter, como medio para difusión de sus mensajes. Por otro lado, Muñiz, Salazar, Alonzo y Martínez muestran en El uso político de las redes sociales en elecciones que para el caso de las campañas electorales de 2013 en México, los políticos no utilizan tanto sus redes sociales —en este caso Facebook— para promover la participación ciudadana o difundir mensajes, sino para recibir propuestas y reflexiones. Finalmente, Vásquez analiza cuentas institucionales en España para mostrar que existe también un uso partidista en cuentas de Twitter en la administración pública —Usos político-partidistas—.

     Lo que se desprende de lo anterior, como sugiere Fernández en Twitter y la ciberpolítica, es que las contiendas y campañas políticas han cambiado porque el territorio digital se ha convertido en un espacio de disputa, sino por los votos, por las preferencias y la atención del público en general. Por eso, una parte importante de la investigación sobre política y redes sociales, como la de Caton, Hall y Weinhardt —How do politicians use Facebook?— o Dolezal —Online campaigning by Austrian political candidates—, ha seguido esta línea y se aboca a entender cómo los candidatos montan campañas online y cuál es el eventual impacto que esto tiene en el comportamiento de los votantes, o bien, cómo se transforma la comunicación política en este contexto como el artículo de Nulty, Theocharis, Popa, Parnet y Benoit —Social media and political communication—. En esta línea, por ejemplo, Deltell, Claes y Osteso —Predicción de tendencia política por Twitter— analizan el caso de las elecciones Andaluzas en 2012 y muestran que los sentimientos y tendencias políticas de una comunidad se pueden predecir con Twitter. De manera similar, Kruikemeier en How political candidates use Twitter and the impact on votes encuentra una asociación positiva entre el número de votos y el uso de redes sociales, así como el hecho de que el uso de Twitter de manera interactiva tiene impactos positivos sobre el electorado. Por otro lado, Díaz en Las redes sociales en las campañas de los candidatos a diputados locales del PRI, el PAN y el PRD en las elecciones de 2015 en el Estado de México realizan un análisis de contenido desplegado en las campañas del congreso local del Estado de México —45 distritos— y muestran que en este espacio las redes digitales no han logrado desplazar los medios de comunicación convencionales. Las redes sociales en estos casos fueron usadas sistemáticamente como agendas o diarios para documentar las actividades de los candidatos.

     Ahora bien, no existe consenso en la literatura sobre el impacto que tienen el número de seguidores o las redes sociales en la movilización de votantes. Muchas veces el debate se orienta —equivocadamente— a juzgar el hecho de que el número de seguidores en Twitter o RTs, por ejemplo, no implican una relación directa con los votos. Esta es una manera errónea de enfocar el problema, porque las redes sociales y la información que allí circula tiene la capacidad de incidir sobre el comportamiento de las personas a través de otros mecanismos más sutiles y no capturados por los métodos tradicionales como encuestas de opinión. De hecho, desde la teoría convencional de redes hay buenas razones para pensar que el uso de redes sociales digitales ejerce un efecto sobre el comportamiento político de las personas.

     Una de las principales es que la exposición a la información —o des-información— termina afectando la percepción que tienen las personas respecto de los candidatos, sus opciones reales de ganar una elección o de la opinión de los demás. Esto puede modificar la conducta al producir efectos imitativos, bajar el costo reputacional de seguir a algún candidato/a controvertido, o bien, alentar o desalentar la participación en elecciones. Esto quedó mostrado en el artículo publicado en la prestigiosa revista Nature mencionado en la introducción. A través de un diseño experimental en el cual se enviaron mensajes sobre movilización política a 61 millones de usuarios de Facebook durante las elecciones del congreso estadounidense en 2010, investigadores de la Universidad de California en San Diego mostraron que las redes tienen la capacidad de influenciar la expresión política, la búsqueda de información y el comportamiento electoral. En este caso, este efecto era principalmente ejercido por la transmisión del mensaje, más que por el mensaje mismo. Así, no es necesario seguir a candidatos políticos de cerca, ni interactuar con ellos, para que las redes sociales ejerzan alguna influencia en el comportamiento de las personas. Más bien, como argumentan O`Connor y Weatherhall en The misinformation age, la pregunta parece ser cómo circula la información o des-información y cómo esta afecta a los que están expuestos a ella. Se trata de una pregunta fundamental, por cuanto la democracia supone al menos la existencia de ciudadanos informados y capaces de tomar decisiones basadas en información confiable.