Por Rafael Vega Jácome   

     Durante el primer año estuve interno en el Colegio de La Esperanza, el que antes que un plantel educativo se semejaba más a un manicomio que funcionaba como dentro de una cárcel, que, a la vez, era una especie cuartel militar. Pero pese a todos esos malos ingredientes poco ejemplarizantes para jóvenes que estaban en búsqueda de una buena formación, La Esperanza era un buen colegio. Había que estudiar duro y los brutos no tenían cabida, los brutos de poca fortuna, porque había brutos millonarios que podían comprar a cualquier precio su año escolar, el que muchas veces hasta pagaban con vacas y novillos a los profesores del colegio y al vicerrector, un hombre enjuto y nervioso con un rostro carente de sonrisas y gestos agradables. Tenía la fama de ser más agrio que un limón.

     Los fines de semana me dedicaban a filtrear con mis amigos a las damiselas de El Patio o nos íbamos a pescar turistas cachacas que estuvieran mal atendidas en la cama por sus maridos, por lo general al Refugio de las Reinas o a cualquier otro lugar donde pudieran encontrar mujeres solitarias que estuvieran en busca de aventuras eróticas porque era como para eso, para tirar. Pero cuando ya cursaba el cuarto de bachillerato me fui a vivir por aparte y compartía con cuatro amigos un apartamento en el Edificio Ganem, una mole espectacular de concreto armado contigua a la Universidad de Cartagena después de demoler la casa que los arquitectos de la colonia le habían construido a un Oidor de la poco grata Colonia española. Entonces sí que las parrandas pasaron a ser más frecuentes y hasta nos llevábamos las putas para el Ganem donde no vivían propiamente familias decentes y los escándalos eran tan frecuentes como los suicidios, porque el edificio, el más alto de la ciudad en ese entonces, era el lugar preferido para quienes decidieran quitarse la vida por sufrir de depresión o por despecho por no poder soportar más el peso de los cuernos de reno que sus esposas les habían hecho crecer sobre sus testas de tanto buscar con cualquiera lo que no le daban en casa.

El teatro Miramar, en aquellos años. Imagen de https://es-la.facebook.com.

     En ocasiones los suicidas hacían su show antes de lanzarse al vacío y la gente tenía tiempo para salir de sus aposentos y ubicarse a presenciar el espectáculo desde la acera de enfrente —como si fuera un espectáculo—, justo donde se levantaba otra casona colonial que servía de sede a los laboratorios de la Kola Román. Desde allí, los que llegaban a tiempo, podían observar el salto mortal del suicida y la explosión de sus sesos contra el pavimento gris. Después que el suicida quedaba casi licuado contra el piso, la gente regresaba a sus aposentos como si hubiera salido de matiné y reanudaban sus siestas o sus actividades cotidianas, dependiendo del horario escogido por el finado.

     En ese momento se comentaba muy poco sobre el show del muerto y solo hasta el día siguiente, cuando se publicaba la historia completa del individuo en el Diario de la Costa o en El Universal, con la foto del muerto en primera página, el suicida se volvía la comidilla del día. La gente compraba los periódicos casi que en forma compulsiva para deleitarse con las fotos de la tragedia. Algunos fingían horrorizarse, pero en el fondo había cierto deleite porque el muerto quebrantaba la rutina. Era como si hubiera llegado momentáneamente Carlos Gardel.

El edificio Ganem, el más alto de años hace rato idos en Cartagena, preferido de los suicidad. Imagen de https://www.epdlp.com

     Por su vecindad, el edificio Ganem estaba habitado en parte por universitarios y en la medida en que los estudiantes se graduaban, sobre todo los de derecho, abrían su oficina allí mismo, en sus propios apartamentos, y así mataban dos pájaros de un tiro: vivienda y bufete. Tras las oficinas de los abogados recién graduados, el Ganem también empezó a ser invadido por juzgados, notarías y oficinas de cobro de cuentas morosas. Fue desde ese momento que el edificio desmejoró por completo pues por la mala reputación de los letrados que allí habitaban y ejercían, la gente empezó a decir que el Ganem se había llenado de ratas.  A la gente que siempre había vivido allí y que no tenían recursos económicos para mudarse a un sitio más decente, le daba pena decir que vivían allí pues era casi como vivir en Chambacú o en el barrio de Tesca, que eran, el uno un tugurio de negros hacinados, y el otro un sitio de lenocinio casa por casa, una especie de supermercado del sexo pago, barato, desvergonzado e infeccioso.

     Con la prostitución que se desató entre quienes ocupaban los apartamentos del Ganem, hicieron también su aparición los jíbaros, es decir los vendedores de marihuana y de otras sustancias controladas, que era un grupo integrado por un lumpen urbano camuflado entre los bacanes que vendían mentol chino para alargar los coitos y ‘sacar piedras’ de forma estoica, como si nada estuviera sucediendo, mientras las hembras gemían de gozo en medio del placer infinito que proporciona un falo bien manejado. La sustancia más solicitada era la marihuana, la yerba maldita, de la que se decía que solo era fumada por los malandros de los bajos fondos, los camajanes del Parque Centenario y el Camellón de los Mártires, los soldados de la Base Naval y los presidiarios de la cárcel de San Diego y Ternera.

     La fumé por primera vez inducido por una prostituta caldense que se encoñó conmigo, pero a la que tuve que zafar pues un día que me vio acompañado de otra mujer se me abalanzó encima y por poco me mata con una tijera que tomó de una sastrería que funcionaba en la planta baja del edificio. Por fortuna la prostituta falló en el intento y entre varios la pudimos dominar y sacar del edificio. Fue ella la que un día se apareció con un cacho de marihuana y entonces la fumé por primera vez. Esa noche me bastaron tres chupones para quedar bartolo, como se decía en el argot de los marihuaneros, escuchando la música en cámara lenta y poniendo en práctica el sentido ya muerto de la telepatía, con la que pude captar las intenciones de la gente con solo mirarle a los ojos. Los apologistas de la yerba maldita afirmaban con conocimiento de causa que con la marihuana los sabores se enriquecían, la lengua afinaba sus papilas y al caminar se tiene la sensación de estar más bien volando a escasos metros de la superficie terrestre, como si fuera un aircraft. La experiencia fue para toda una seducción. Pero su compañera, que ya tenía experiencia y dominaba los efectos sicodélicos de la yerba, se enfocaba por completo en el erotismo y desde el primer chupón solía arrastrarme hasta un diván de terciopelo rojo donde se entregaban por completo a un amor loco y desenfrenado. Fue con ella que experimenté un sexo sin límites y bajo los efectos de la yerba sentía que mi miembro era toda una pieza de hormigón, con la que le sacaba a la putita caldense tantos gemidos que los vecinos un día optaron por llamar a la policía por creer que la estaba estrangulando. Pero se calmaron cuando un estudiante de derecho que tenía su apartamento contiguo al mío les gritó a voz en cuello desde su aposento: «¡Tranquilos, vecinos, sí la están matando, ¡pero a punta de verga!».

     Los policías al escucharlo se fueron del Ganem y los ánimos volvieron a la normalidad. Desde ese día, a la hora del orgasmo, le tapaba la boca a mi compañera con una almohada. Y la muchacha se encoñó de tal manera que otro día, presa de los celos, intentó asesinarme de nuevo con una filosa barbera. Entonces sí que la eché del edificio y a partir de ese acontecimiento no volví a fumar porque ella era la proveedora y en esa ápoca comprar yerba era casi como encontrase una moneda de oro en una calle de Pekín y el buen ron seguía siendo el rey.