A mis hijos Hannover, Pavel y Nicola, por su infinito amor a los perros.

   Mi comadre Luz Doris Joven tiene una particular conexión con los perros. No se sabe desde cuándo, ni donde adquirió lo que parece un don que solo alguien versado en los vericuetos de lo sobrenatural, nos lo podría explicar.

     Porque una cosa sería hablar de lo que ella hace con los perros que compra, le regalan o permuta, y que cría con admirable dedicación y otra de los que le llegan no se sabe de dónde, para buscar su amparo y su cuidado.

     El último perro que tiene viviendo en su casa se llama ‘Max’ y, en verdad, es propiedad de Oscar David, uno de los elegantes hijos de la comadre Doris. Y como todos los que ha tenido en su guarida, ‘Max’ es algo especial con ella. Si alguien se le acerca, ‘Max’ gruñe, y cuidado la abraza o la intenta saludar de beso porque es posible que lo ataque de inmediato. Debo aclarar que ‘Max’ es un perro alto, flaco, de raza especial que no quisiera tener uno jamás ladrándole a centímetros de la cara. Su largo hocico y sus descomunales dientes, causan terror cuando los muestra.

     Pero no es de ‘Max’ del que quiero hablar ahora, aunque impresiona ver que cuando la comadre Doris va a salir a comprar algo, éste tiene que acompañarla. Si no lo puede hacer —como cuando ella debe ir al centro de la ciudad a alguna diligencia— ‘Max’ se queda encerrado en la casa. Entonces se para poniendo sus dos patas delanteras en el ventanal que da a la calle, y como un enamorado abandonado y triste, gime y gime mirando hacia el infinito. Cuando doña Doris se baja del bus en que regresa, así esté a cuadras de distancia y ‘Max’ no la vea, éste empieza a ladrar de felicidad, da vueltas y brinca sobre sí mismo como un poseído, y cuando se abre la puerta de la casa, se le tira encima hasta hacerle varias veces perder el equilibrio. 

     Del que quiero hablar ahora es de un viejo perro andrajoso y callejero que llegó acompañado de otro más pequeño de estatura y se posó en frente del jardín de la casa de la comadre Doris en el barrio ‘La Victoria’, en Barranquilla. Nadie sabe de dónde vino, ni quienes eran sus dueños, si es que alguna vez tuvo dueño. Es negro, y aún conserva algo del que seguro fue un tupido y brillante pelaje. Cojea de una pata, camina lento, casi no tiene dientes y lagrimea por ambos ojos, aunque uno ya lo perdió. Ni siquiera tiene alientos para ladrar. Sus patas están llenas de costras y granos que ya no sanan. Su vida parece la triste alegoría de un ser humano desamparado y solo, al que nadie quiere volver a tratar, al verlo tan anciano y enfermo.
El perro viejo callejero supo desde el primer momento que adentro vivía ‘Max’, con todas las comodidades y atenciones que un perro mascota tiene adquiridos desde el momento en que lo llevan a una casa. Él no aspiró jamás a que la comadre Doris le diera refugio adentro. Con que ella saliera, le diera comida, agua, y le prodigara con su voz sus afectos, parece que le bastara. 

     ‘Max’, altivo pero solidario, jamás lo ataca cuando sale de su guarida. Da la impresión de ser el único congénere con el que está dispuesto a compartir algo de los cuidados de la comadre.

     En la cuadra hay más perros que tienen dueños. Dentro de ellos hay varias perras que cuando entran en ‘celo’, causan la algarabía propia de los canes en esta situación. 

   Un día estaba en ‘celo’ una hermosa y coqueta perrita de adornado pelaje amarillo, ojos ambarinos y quién sabe si hasta de una insinuante sonrisa- todo hay que decirlo – que nosotros los humanos no percibimos. Más de doce perros atléticos, bien comidos, atractivos, la rodeaban y trataban de someterla a sus necesidades. La perrita con ágil maniobras los esquivaba uno por uno. Era una ola serpenteante que se movía a través de la calle. Las colas de los machos se movían a lado y lado en señal evidente de alegría.

     Todos aspiraban a ser el afortunado que lograra tenerla bajo sus dominios. 

     Pero no se sabe cómo, cuando ya parecía que alguno lograba dominarla, la perrita se agachaba hasta casi rozar el piso, se deslizaba de las patas del que ya estaba montado y hasta giraba de improviso la cabeza ladrando y el que estaba por ahí, quedaba ‘viendo un chispero’.

     El perro viejo y andrajoso, sabedor de que no tenía la energía ni los alientos ni siquiera para caminar entre todos los demás, observaba quieto en su sitio de siempre. Su excitación reposaba entre sus patas, pero no se exhibía.

     De pronto pareció que la perrita hermosa lo miraba, y hacia él dirigió sus pasos sin dejar de estar rodeada de todos sus pretendientes. Cuando estuvo muy cerca de él, fue como si un buitre brotara de la tierra, se abriera paso entre las más de dos docenas de patas que la circundaban y la montó en una acción digna del más excelso domador de caballos.

     El perro viejo y andrajoso atrapó con sus patas delanteras a la perrita hermosa e insólitamente, ésta cesó de ser esquiva, se dejó montar y todos supimos que el anciano empezó a navegar por dentro de la bella a quienes los demás pretendían.

     Al comienzo el desconcierto fue total en la manada. Veían cómo la perrita bien cuidada, a la que todos aspiraban a sembrarle en su vientre media docena de cachorros, parecía feliz siendo poseída por el más feo, andrajoso y maloliente de los perros. Este hacía su trabajo en forma lenta, pausada, entrando y saliendo de las entrañas de la hembra, no se sabe si por placer o porque ya sus energías no daban para más. 

     De improviso, los demás perros empezaron a atacar al viejo afortunado. Furiosos, le ladraban en su cara, lo mordían desde varios flancos en sus patas, en su cuello, en su estómago, y éste no hacía nada por defenderse. La sangre corría a chorros por todo su cuerpo, pero esto parecía no importarle. Estaba en el ‘Nirvana’. Se sabía poseedor del más excelso placer al que un macho puede aspirar en su paso por la tierra. No podía descuidarse en banalidades cuando la vida, que de todas formas se acaba, le daba la oportunidad de un final pleno y agraciado. 

     Mientras, la comadre Doris contemplaba sonriente desde la puerta de su casa el espectáculo en el cual su perro callejero tenía acceso a quizás la última felicidad de su mísera existencia.

     De pronto todo estuvo consumado. El perro viejo dejó de moverse. Ya no se vio el vaivén de su cuerpo entrando y saliendo de la perrita y ésta se quedó quieta. Los celosos perros no dejaban de morderlo, de ladrarle, pero ya nada podía hacerse. Ni importaba.

     El perro viejo bajó lentamente al piso su pata izquierda y quedó unido con la perrita por el tiempo que la naturaleza tiene establecido para estos menesteres. 

     Yo vi y envidié la felicidad en el rostro de aquel anciano perro enfermo y andrajoso. Me pareció que invocaba, desde ya, la muerte para su destartalado cuerpo. Había tenido la dicha de tocar la felicidad en el último suspiro de su vida. 

     Y aún sigo pensando, ¿cuántos seres humanos no aspiramos también a lo mismo?