La tumba del poeta… Entorno anual para el homenaje ‘Entre tumbas’.

     No era una noche de misterio, ni estaba la ciudad dormida, tampoco andaba buscando un amor perdido…

     Eso sí, caminaba a pleno sol por los alrededores del cementerio central ‘Gabriel Escorcia Gravini’ buscando un lugar donde almorzar y reposar las angustias del hambre.

     Ya no eran la luz de la luna ni la muralla fría de la necrópolis santa las que guiaban sutilmente mi caminar cansino. Era la luz incandescente del astro rey el que me obligaba a buscar protección en un oasis de árboles frondosos que arrojaban sus sombras al parque de la Madre, ubicado en el acceso principal del campo santo soledeño, donde reposan los restos del gran aedo, cuyo nombre identifica ese lugar donde fue enterrado.

     Sentado sobre la grama después de ingerir el almuerzo, dormité un segundo que me pareció de tres mil horas de somnolencia, y entre mi sueño escuchaba la triste elegía de ese búho milenario que aun sigue conviviendo con las almas puritanas e insanas de ese gran campo de los sueños eternos que, cíclicamente, son interrumpidos por las voces de la sociedad de los poetas anónimos, cada 28 de diciembre, cuando se cumple un aniversario más de la muerte del gran bardo de la tierra Gabriel Escorcia Gravini: poetas del anonimato, unos, conocidos, los otros, que se reúnen en torno a su tumba y, en un festejo solemne, pero sin la ostentación superficial —ni lo artificial— de otros eventos, cantan sus cuitas de amor y desesperanza al poeta de lo lúgubre.

Pléyade de poetas en el homenaje ‘Entre tumbas’ que, año tras año, se cumple, el 28 de diciembre, en el cementerio viejo de Soledad en memoria del poeta soledeño Gabriel Escorcia Gravini autor de ‘La gran miseria humana’. Festejo solemne, sin ostentaciones superficiales ni poses artificiales.

     Ante la romería de voces de poetas anónimos que llegaban a mis recuerdos en ese momento, distinguí en mi sueño de cíclope dormido la del finado profesor Osmín Vargas Gallardo. Y me parece verlo aún en una faena fantástica, declamando los versos de ‘La gran miseria humana’, que conmovió hasta a los muertos que habitan el lugar y a los vivos estremeció, logrando juntar la vida y la muerte en el festejo poético de la trivialidad.

     La de Hugo León Donado y su poemario ‘Icacos para el dulce’, que derramaba mieles rítmicas en su lectura de poemas y cautivó la audiencia presente, dejando absortos y livianos a quienes oyeron sus poemas que parecían gansos en el hemiciclo de la tranquilidad de su lago primaveral.

     Los poemas inéditos de Luis Cadrasco, llenos de un verismo sobrenatural y tramador, cual indígena desnuda sobre las aguas límpidas de las cataratas del amor que siempre están manando alegrías y delicias en su caída libre al entregarse completamente al corazón de la tierra.

     La refrescante poesía urbana de Javier Marrugo Vargas que, con sus rimas, recoge cuadros impresionistas de la ciudad, expresados en las biografías verseadas de la esquina, las palabras, la calle, el jardín y el rio y que hacen de lo rústico citadino, un aroma rutilante de suavidad, protegiendo a la ciudad con sus rimas de viento que no contaminan.

     El contrasentido del díscolo exprofesor universitario de estrato uno —como él calificaba su condición social—, el superlativo Federico Santodomingo, cuyas prosas poéticas parecen dagas afiladas de acero perforando matices altisonantes de un estilo decadente y primitivo de los anti-poetas de la superchería.

     El nuevo canto sonoro de la décima soledeña y ahí, el diestro imberbe Danny Zora se hace sentir en el panorama local como firme heredero.  Además del maestro Alfonso Freyle y de los decimeros soledeños desaparecidos el inmortal Gabriel Segura y el siempre querido Jorge Eliecer Garizábalo, que fueron raíces de esta fuerte expresión cultural.

     La voz última voz que escuché en el micro sueño o letargo soporífero en el cual me encontraba sumergido, fue la del iniciador y líder de esta odisea romántica que se conmemora anualmente, cuyo epicentro es el cementerio viejo de la ciudad: el cándido irreverente, el maestro Fernando Castañeda. Ahí estaba con sus rimas acusativas, demoledoras y fustigadoras de toda “inmoralidad pública”, explorando con ellas otra “duda metódica” de las personalidades intimas de los súper héroes del siglo XX, que fueron fieles a sus compañeros andantes:

     Kalimán, siempre acompañado de Solín, dejaba mucho que pensar. Uno se preguntaba —decía él— ¿si era pederasta a marica?…

     La mujer Maravilla, a la que no se le conoció un novio ni un amante y llegamos a imaginar que era lesbiana…

     Algo parecido imaginábamos con Superman, ante Luisa Lane: ella se le insinuaba y nada, él prefería perseguir a los malos, ¡Maricón idiota! Con lo buena que estaba la tal Luisa…

     Batman, un millonario sofisticado que combatía el mal y se vacilaba a las buenas viejas de su círculo social y de la noche a la mañana apareció Robin y comenzamos a dudar…

     De Flash Gordón las mujeres decían que, por lo rápido, tenía pinta de ser mal polvo…

     Ni Mandrake el mago escapó de nuestra sospecha, su compañero Lotario ¡era un negro descomunal…!

     Así de sencillas y poco conflictivas son las ‘disonancias poéticas’ y pletóricas de sospechas, leídas por el maestro Castañeda.

     No fue la luna y sus limpideces las que pusieron fin a mi locha de medio día. Fue el acicate de la disputa conceptual entre el folclorista Juan ‘Ramayá’ Herrera y el decimero Alfonso Freyle, tratando de explicar en alta voz las diferencias entre el poema y la décima en el evento de conmemoración número once que se realizó en la Casa Museo Simón Bolívar, diferencia que solo fue resuelta en forma mágica por el díscolo poeta Federico Santodomingo.

     Este trance conceptual entre gestores culturales fue el que puso fin a mi soporífero estado en modo poético en el cual me encontraba sumergido como el lirón de marras de los cuentos infantiles y me llevó, sin quererlo, a la compleja realidad de la vida, para escuchar nuevamente los anti-poemas que narran las dificultades del diario vivir. Una de esas realidades que uno no quisiera leer y que todo lo perturban lo leí en el muro del Facebook del creador y responsable del evento que se realiza siempre el 28 de diciembre en cada aniversario de la muerte del poeta Gabriel Escorcia Gravini desde el año 2005, diciendo que: “Sin apoyo institucional va porque va recital poético ‘Entre tumbas’, homenaje a Gabriel Escorcia Gravini, diciembre 28, hora: 4:00 P.M, lugar: cementerio que lleva su nombre…Te esperamos para conmemorar el centenario del fallecimiento de uno de los más grandes poetas cantores de la muerte….” Este año se hará como siempre se ha hecho —dice el promotor y director del evento— con las mil dificultades económicas de siempre, que solo es superada por la solidaridad de sus asistentes y los mendrugos de fe de los poetas participantes, que logran superar el escollo en forma heroica y solidaria.

La casa de Julio Flores en Usiacurí, Atlántico, conservada como Museo. Fotografía de Mauricio Fabián Zapateiro De la Hoz – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=21787136

     La edición número quince va porque va, muy a pesar de la fuerte pandemia del virus del Covid 19 que nos dispersa y nos mata, la negligencia administrativa de la secretaría de Cultura y el total abandono del gobierno nacional a la lírica poética de la muerte de mayor renombre en el plano nacional e internacional del que se tenga conocimiento.

     No podemos ser inferior a los habitantes de Usiacurí, que enaltecen la memoria de ‘El poeta romántico’ el chiquinquireño Julio Flores, como si fuera uno de los suyos. Hoy se encuentra restaurada la unidad residencial que habitó hasta su muerte junto a su compañera usiacureña Petrona y sus cinco hijos. El autor de ‘Cardos y lirios’ inmortalizó con su deceso en esas tierras al municipio atlanticense de Usiacurí, legándole la gloria de sus poemas y las raíces de sus hijos, mientras la mala leche de nuestra dirigencia local ha sido indiferente hasta la saciedad al no poder brindarle, con todas las de ley, ese reconocimiento que se merece nuestro Aedo inmortal que, en aquel momento puntual, sacó a Soledad del anonimato en el concierto cultural internacional con su obra maestra ‘La gran miseria humana’…  

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