Dejar atrás la ingenuidad

“Sólo sé que nada sé, pero algunos ni siquiera esto saben”
Sócrates

     Creer que la vieja casta nacional abandonará su ortodoxia de clase y sus ideales de vitalicio poder político es una ingenuidad. Pretender desligar al sujeto candidato escondido en el pozo de un partido, de los intereses familiares es aferrar aun más la venda que por casi cien años ha mantenido ciego a los otros colombianos, los que oyen sin escuchar, los que ven sin observar y los que hablan por el solo hecho de ejercitar su condición natural. Hablamos de casi todo un país, al que la oficialidad cuenta y con el cual cuenta para legitimar su hegemonía y fortalecer su control sobre los millones de prosélitos incautos timados con la promesa de que el hambre a pesar de ser una prueba de Dios, será́ excomulgada de Colombia durante su mandato.

     A lo mejor esa legión de innominados aun festeja la ocasión de haber sido puesta en escena visible, de haber sido recibida en las urnas con una plástica sonrisa, aunque no supiera el valor político de votar. Tal vez, también, el orgullo patriótico hizo su asomo para ratificarse como sujeto social, sin entender que acababa de insertar una bala en el fusil cuyo disparo lo llevaría a maldecir su suerte, a negarse los sueños y a sufrir sin atenuantes la pesadilla de la horrible noche que no ha de cesar —por ahora— y que sigue inscrita en la historia de Colombia desde mediados del siglo pasado. Y no será de otra manera mientras el fanatismo popular permanezca atento al bombardeo de chismes y rumores que emiten hasta en versos los medios de comunicación. Las propuestas, los planes y programas se silencian para que las encuestas, la imagen, el mercadeo electorero y la publicidad musical se inyecten en la cotidianidad de la gente. Nadie menciona las estrategias planteadas por uno u otro candidato, para combatir las desgracias de los pobres, aunque también les avergüenza publicitar los regalos previstos para los ricos; en cambio, cuando surge un predicado que promete convertir las lágrimas en risas y los sudores en salarios, el predicador es apedreado con insultos, amenazas y demonización de sus actos. Pero la legión de innominados no puede sublevarse, no se atreve a rechazar la depredación política sencillamente porque el predicador se ha mantenido distante, no ha propiciado grandes bacanales en barrios, comunas y veredas con el guiño cómplice de autoridades locales.

     Al lado de la sordera y mudez de la legión de innominados se levanta la voz de la clase media ascendente y la de los pequeños burgueses. Algunos propietarios de medios de prensa hablada, escrita y audiovisuales con extraordinaria formación profesional sólo ven el país que necesitan para el crecimiento de sus intereses. Ellos no van a las urnas por convicción, ni ideología ni simpatía por doctrina alguna, sino por persona y lo que representa. Nadie se atrevería a pensar que un candidato a la presidencia de la república, con clara postura de clase, devolvería a los trabajadores los recargos nocturnos y las horas extras, o extinguiría las EPS. Desde luego que no. En el primer caso, las élites y las dinastías son las propietarias de las industrias y empresas que ‘legalmente’ les arrebataron algunos beneficios a los trabajadores. En segundo lugar, quienes impulsaron la Ley 100 del 93 modificadora de la estructura en la prestación de la salud de los colombianos, crearon engendros, fábricas de dinero como Saludcoop, de propiedad de varios de los privatizadores de la salud.

     El país no ha cambiado el rumbo. Las mismas mañas desde el Frente Nacional, el mismo sonsonete insulso y vacío tildando a los sectores de derecha e izquierda. Además, hoy asistimos a una táctica diferente para enfrentar los rechazos; los grupos —no partidos— seleccionan a jóvenes inmaculados con rostros frescos y discursos fluidos aunque galimáticos, con el objeto de vender la idea de renovación, de novedad, de esperanza, de cambio; pero las personas no cambian, se deben a los sistemas, las personas encarnan visiones de mundo de una clase que se reproduce en todos los escenarios de la vida nacional. De ahí́ la importancia del poder y del control sobre el poder.

     Nos preocupan los jóvenes, esos doscientos sesenta mil profesionales que cada año abandonan los pañales universitarios para embutirse en trajes de paño con la ilusión de dejar de ser subsumidos por un sistema que los ignoró desde la infancia, pero que están ocupando un aquí y un ahora con la energía suficiente para no continuar siendo ninguneados sociales.

     Esta generación también alcanzó a mirar el rostro de la muerte regado por cualquier rincón del país, como observó y sigue observando el rostro de la opulencia con todos sus atributos. Por eso, cada joven viene en busca de lo de él; sabe que le corresponderá desplazarse en medio de una democracia falsa que avergüenza a la decencia y desestimula la práctica axiológica. Claro, poco le sorprende al joven que desde muy temprano aprendió las bondades de la mentira, inspirado por sus padres bajo aquella creencia de que el vivo vive del bobo y de que no es tanto ganar, sino hacer perder, premisas de fuerte cultivo del individualismo y del sálvese quien pueda.

     Estos jóvenes que han venido padeciendo la presión social al considerarlos el presente y futuro del país se tropiezan con la aplastante realidad que surge de una democracia contaminada por la vileza de la pornocracia de su gobierno y el narcisismo político de los cabecillas parlamentarios. La decepción moral por un lado y las urgencias económicas del otro lo conducen sin remedio a brindar aplausos a las canalladas de las dinastías de rancio abolengo que controlan el mercado laboral, sinarquía que extiende sus tentáculos voraces hacia la banca y la justicia, escenarios de garantía de perpetuidad en el poder.

     Siempre será muy complejo pedirles a las personas en situación de escasez económica que les den brillo a su conciencia de clase y que les apunten a las ideas y propuestas de alto contenido social, que se decidan por candidatos de mayor solera, en lugar de condenarse y condenarnos a eternizar la pobreza de muchos millones de colombianos mientras las montañas de capital acumulado ya rozan las nubes.

     Dejar atrás la ingenuidad, mirar al país de frente, reconocer la democracia anoréxica en cuyo nombre a diario nos convocan para ejercer nuestro derecho a lamentarnos eternamente.