Colombia, por tercera vez consecutiva, estuvo en un Mundial, allá por 1998, torneo realizado en Francia. Y los jugadores fueron ‘monitos’ del álbum Panini.

Por José Joaquín Rincón Chaves

     Cada vez que se inicia un campeonato mundial de futbol, uno de los componentes de esta parafernalia que se extiende por todo el orbe, es la edición de los álbumes y de las estampitas con las fotografías de los jugadores de cada una de las selecciones participantes.

     No sé cómo se las ingenia Panini, que es la empresa creada para manejar este negocio por parte de la FIFA, para que los jugadores más destacados de cada equipo nacional se editen en menor cantidad o se empaquen en aquellas bolsitas que traen de a tres estampitas, de tal manera que su consecución se haga más difícil para quienes se dedican a llenar páginas y páginas de esta curiosa colección que tiene a sus afiebrados seguidores de esquina en esquina en las ciudades populosas y en los parques de pueblos pequeños, en aglomeraciones dispuestas a comprar por mayor valor, aquellas que son difíciles o a canjear con otros ‘gomosos’, de la esférica mundialista, los caramelos más ‘apetecidos’.

     Es entonces cuando, como en una monotemática oración, se elevan a los cielos las voces que declaran tener, o no, la estampita perseguida y, en un coro no orquestado, empieza a escucharse in crescendo, eso de “lo tengo, no lo tengo, ¡lo tengo…!”

     Algunos, ya aburridos de no hallar la estampa del deseado jugador o la figura del escudo y camisetas nacionales, decidían comprar la cartilla llena, que algún avivato ha logrado realizar con la ayuda de “no se sabe quién”. Vale sus buenos pesos, pero se pierde el encanto y la emoción de participar en ese mercadeo de figuritas o de compartir con los amigos “el canje” de las repetidas. Alguna vez, para complacer a José Joaco, al padre se le ocurrió llevarle la cartilla llena, y juro que nunca había visto una carita tan triste, pues le había arrebatado de un tajo la emoción de intercambiar con sus amiguitos las benditas fotitos a colores, con sus astros en cuclillas y con el pecho henchido con los colores patrios. Al punto de que la guardó en el escaparate y dejó que el Junior siguiera en su batalla, para llenarla por sus propios medios.

     En este deporte o costumbre, las cosas no eran nuevas. El viejo recordaba que, en su natal Pamplona, por algunas épocas, diga usted cada tres o cuatro años, aparecían unas cartillas que traían las imágenes de los grandes artistas del cine mejicano o de los actores y actrices internacionales más destacados. Pero, indudablemente en aquel poblado, en donde las películas de ‘los manitos’ eran las más vistas porque eran en nuestro idioma y no se pasaba el trabajo de leer las letricas que traían las cintas de Hollywood. Además, ¡qué caray!, los rostros de las mejicanas eran hermosísimos y si venían de cuerpo entero mejor como esa Ana Berta Lepe y La Tongolele. Y que tal el rostro de María Félix o de la Elsa Aguirre. Pero lo más seguro es que a nadie le gustaba encartarse con la cara de Agustín Lara. Los fanáticos de José Alfredo Jiménez luchaban por esta estampa a pesar de su evidente falta de atractivo físico.

     Para esos lustros, años 51- 52, el mercadeo de tales caramelos tenía lugar en el parque central y, lógicamente, en las funciones de cine mejicano del teatro Jauregui, que era la sala dedicada al cine de “Méjico lindo y querido”. En la colección, se incluían fotografías de las mejores residencias de los artistas, entre las cuales se destacaba la de Mario Moreno ‘Cantinflas’, que hasta placita de toros tenía y había servido de escenario de alguna de sus películas.

     Se llamaban ‘Caramelos artistas’ y venían acompañados de un sabroso dulce que, en algunas ocasiones, manchaba la lámina de un leve tinte rosado, lo que le hacía perder valor para quienes se dedicaban a su compra y venta. Al igual, tenían la llamativa coincidencia de que muchos de los tales caramelos resultaban difíciles de encontrar, vainas del mercadeo criollo, como ese que aparece cuando se programan los clásicos del futbol. Era la reventa más descarada de los artistas más trabajosos.

     De las estrellas americanas, aparecían pocas postales y no eran tan apetecidas como las del cine del país de la serpiente y el águila. De todas formas, al tenerlas en un álbum, era una forma de prolongar el recuerdo de esas maravillosas cintas de la época dorada de esa cinematografía, en la que varios compatriotas colombianos actuaron y algunos de nacionalidad argentina, entre ellas la inolvidable Libertad Lamarque.

     Aún en mis oídos resuenan aquellas voces y hasta el sonido del carrete de cada película, pues tenía el privilegio de verlas desde la cabina de proyección, donde mi hermanito mayor Carlos Julio era el operador y este pechito, su ayudante de cabecera.

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN  CHAVES