Por Jorge Alfonso Sierra Quintero

     La carretera luce impecable en estos primeros tramos. Hago esfuerzos por imaginar cómo fue entonces cuando al padre de Juan Rulfo, con un escopetazo por la espalda, lo hicieron despedirse de este mundo, siendo aún muy joven.

     Voy en busca de parte de la historia de aquel hombre que con solo dos pequeños libros que escribió, nos trastocó para siempre la existencia, poniéndonos a vivir en un mundo muy distinto al que transitábamos. Y que expió el dolor de la muerte de su padre imaginando quizás el sufrimiento eterno y en vida del traidor que a mansalva lo hizo, en ese cuento magistral en el que clama desesperado, “Diles que no me maten”.

San Gabriel, el pueblo donde vivió sus primeros años Juan Rulfo.

     Hay un cielo gris, plomizo, del que caen gotas de lluvia que hacen espejear el pavimento. Veo los árboles a lado y lado del camino en una selva densa, tupida, como si se abrazaran las hojas y las ramas. Y un silencio duro, pesado, sin viento.

     Sus escritos, su voz, me siguen por pedazos. Aunque el dolor de no haber conocido a su padre —“es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta”— lo torturó por siempre, Juan Rulfo parece mirar su historia dolorosa con una imparcialidad que conmueve.

     De muchas maneras expía al asesino de su padre, a quien llama ‘Juvencio Nava’ y que en realidad se nombraba José Guadalupe Nava, apenas frisaba los 20 años y se caracterizaba por “violento y pendenciero”. “Tuvo sus razones”, le hace decir al narrador omnisciente en el cuento nombrado. Aunque era su compadre, ‘Guadalupe Terreros’, el dueño de ‘La puerta de piedra’ no le permite que sus ganados pasten en sus dominios. Y lo amenaza. La próxima vez que uno de ellos lo haga, lo hará sacrificar. No tuvo alternativa ‘Juvencio’. Eso fue.

El árbol centenario que espera a la entrada de la hacienda Telecampana, donde velaron al padre de Juan Rulfo, luego de haber sido asesinado.

    La historia real guarda una turbadora similitud con el cuento. El padre de Juan Rulfo, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, conocido como ‘Cheno’, y quien es ‘Guadalupe Terreros’ en la narración, sin cumplir los 34 años, era ya dueño de grandes extensiones de tierra las cuales ni siquiera alcanzaba a delimitar bien, aunque se sabe que había heredado de su padre la hacienda ‘San Pedro’. Pero, ¿cómo adquirió las demás? ¿qué fue lo que hizo para alcanzarlo en tan corta vida? Las narraciones, los chismes, las explicaciones, la leyenda, las envidias, las lenguas buenas y las viperinas se entremezclan y solo queda intuir la realidad en el relato.

     Después de más de 2 horas de transitar los 154 kilómetros que lo separan de Guadalajara, arribamos a San Gabriel, un pueblo apacible y tranquilo, donde Juan Rulfo vivó y realizó sus primeros años de estudio en el colegio de las Madres Josefinas.

     A unas cuantas cuadras de la plaza del pueblo, en la calle Independencia, existe la casa marcada con el número 8. En la parte exterior, una placa colocada al lado de la puerta principal dice en forma sobria y sencilla: “Aquí vivió Juan Rulfo”. El domicilio está cerrado y parece que nadie la habita. Las pocas gentes que alcanzo a abordar en la calle, curiosamente tienen nulas referencias del escritor, excepto uno que otro dato como el que me dieron de la vivienda.

     Seguimos camino a la hacienda ‘Telecampana’, a la que no alcanzó a llegar Juan Nepomuceno Pérez Rulfo y en donde lo velaron. La vía se torna entonces escabrosa. Ya no hay pavimento, solo fangos, espacios muy angostos donde a duras penas alcanza a pasar un vehículo. Las hondonadas están por doquier. El tiempo parece ralentizarse y no quiero imaginar cómo sería en aquellas épocas cuando dicen que ‘Cheno’ Pérez Rulfo no se bajaba del caballo ni de día ni de noche, recorriendo y cuidando sus propiedades.

Casa en San Gabriel donde vivio Juan Rulfo… Y arriba, ampliada, la placa que señala que, efectivamente, aqui vivió Juan Rulfo en San Gabriel Jalisco.

     Una llovizna pertinaz y fastidiosa ha comenzado a acompañarnos. El fango hace patinar el auto. Por momentos llegamos a pensar que nunca llegaríamos a nuestro destino. Que aquel sería un recorrido que jamás tendría fin pues los sonidos han desaparecido y todos callamos como si fuéramos directo al fin del mundo.

     De repente, en una vuelta, nos topamos con unas 8 casas a lado y lado del camino, una calle que parece llevar a otro sitio y una soledad de seres humanos que asombra. Por lo imprevisto de su aparición, debimos devolvernos para preguntar en donde estábamos.

     Era allí, aunque no lo pareciera.

     Se ven a unos 150 metros unas ruinas que parecen torres de iglesia. Las anticipan unas cercas que alguna vez fueron nuevas. Están semicaidas y se nota que hace tiempos el monte y las yerbas crecen sin que nadie las corte ni cuide.

     Al acercarme, la soledad y el silencio me atrapan, me abrazan. Se escucha solo el ulular del viento, unas ramas de árboles que cansadas se mecen y a lo lejos, perdido en el campo, un perro que ladra.

     De pronto me pareció que algo hubiera rasguñado el tiempo. Sentí los pasos de muchos hombres y mujeres venidos de los rancheríos cercanos que, casi arrastrando los pies, se acercan en silencio con antorchas en sus manos, encendidas, hechas con mechones de trapo impregnados de petróleo. Arde todo el aire. Ha comenzado a ponerse el llano en llamas.

     El gentío viene a enterrar a ‘Don Cheno’, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, asesinado la noche anterior en el ‘Potrero de la agüita’ por un tal ‘Lupe’ Nava, quien no quiso pagarle dos pesos por los daños que sus vacas le habían causado a sus cercados. Llegan todos a enterrarlo y a estar en la misa de cuerpo presente que se hará en la Iglesia del pueblo. Las campanas, doblando a duelo, empiezan a sonar y sus retumbos lentamente van llenando el ambiente entero.

     Unas horas antes, sobre una rústica e improvisada camilla, hecha con varas y una tabla atravesada en medio, había llegado el cuerpo ensangrentado del muerto. Entre rezos y murmullos, la viuda lo esperó llorosa con una niña recién nacida entre los brazos. Sus tres hijos mayores también están ahí, sin entender muy bien lo que ha pasado.

     El menor, de apenas seis años, recordaría aquel triste y amargo suceso muchos años después:

Ruinas de la Hacienda Telecampana, donde velaron al Padre de Juan Rulfo.

     “Lo mataron un amanecer, pero él no se dio cuenta cuando murió ni por qué murió. Lo mataron y para él se acabó la vida. Siguió existiendo para los demás y poco a poco se fue tranquilizando el mundo. Lo amortajaron como si hubiera sido cualquier hombre y lo enterraron bajo tierra como se hace con todos los hombres. Nos dijeron: “Su padre ha muerto”, en esa hora del despertar, cuando no duelen las cosas; cuando nacen los niños, cuando matan a los condenados a muerte. En esa hora del sueño, cuando uno está a la mitad del sueño, dentro de los sueños inútiles, pero llevaderos, fatales pero necesarios”.

     Ese niño era Juan Rulfo.

     Ahora estoy viendo estas ruinas que no evocan nada. Parece mentira que sobre las viejas baldosas que aun quebradas resisten el paso del tiempo, de esas paredes descarchadas y malolientes, ya sin techos ni luces, alguna vez existió un rancho de alto señorío.

     Alcanzo a imaginar el gentío adentro pidiendo que brille para el muerto la luz perpetua. El velorio se extiende durante toda la noche.

     El ambiente completo está poblado de susurros. El árbol inmenso que aguarda a la entrada de estas ruinas es como un gigante lloroso y silente, recogido sobre sí mismo. Los pobladores de entonces son ahora ánimas que vagan por estos lares. Lo eran en aquello tiempos y aunque Rulfo las arropó en sus relatos, yo siento que no se han ido. Por aquí están. El frío que me envuelve me hace temer que yo termine siendo uno de ellas.  

     El cielo amenaza lluvia y la tarde se torna oscura. Como en aquel tiempo, como seguro lo sintió el niño que más tarde sería reconocido mundialmente como un gran escritor llamado Juan Rulfo, decido partir pues “el mañana es incierto y el hoy, no termina todavía”.