Amor y filosofía

Alonso Ramírez Campo

II PARTE

Veíamos la vez pasada que en el Fedro, Sócrates y Licias compiten como si estuvieran en los juegos olímpicos por la medalla de oro argumentando que no hay nada más estorboso, más aparatoso, más inconveniente, más inoportuno… etc., que ponerle atención a una persona que está enamorada de uno por su condición delirante que hace que hasta nuestros defectos se conviertan en virtudes y que es mejor conceder sus amores, o hacerle favores más bien al que no ama, que al que ama. ¿Por qué?, porque los amantes, desde el momento que se ven satisfechos, se arrepienten de todo lo que hacen por el objeto de su pasión. Esto lo que supone es que el acto amoroso lleva a una alteridad tal, que en el momento en que esta pasa, entonces pareciera que todo lo vivido se esfumara como las pompas de jabón y solo quedara una especie de arrepentimiento de todo lo vivido. En palabras de Platón que habla en boca de Sócrates, este le dice a Fedro al comentar el discurso de Licias con el que está de acuerdo parcialmente: “¿Quieres hacerte más virtuoso cada día? Fíate de mí antes que de un amante. Porque un amante alabara todas tus palabras y todas tus acciones sin curarse de la verdad ni de la bondad de ellas, ya por temor de disgustarte, ya porque la pasión le ciega, porque tales son las ilusiones del amor. El amor desgraciado se aflige, porque no excita la compasión de nadie; pero cuando es dichoso, todo le parece encantador, hasta las cosas más indiferentes”.

Pero más adelante, el dialogo con Fedro cambia de dirección y entonces Sócrates comienza a rehacer el escrito de Licias que Fedro le está leyendo, y comienza diciéndole: “Hasta ahora Licias y yo estamos de acuerdo en que el amor es un delirio, pero no hemos probado que todo delirio sea una mala cosa”.

Entonces Sócrates  comienza a criticar, en su estilo provocador, la posición de Licias según la cual es preciso favorecer al amigo frio más bien que al amigo apasionado y como inspirado por musas y poetas, abandona su racionalismo tieso y se sumerge en una filosofía —de la no razón— para entender y explicarle a Fedro que existen delirios que esconden verdades, como la madre que delira en su vientre al bebe y le canta, le compra la cunita y la ropita sin saber siquiera si será niño o niña, pero hace de él un buen comienzo porque al delirarlo lo está creando y nosotros de alguna manera somos el producto del delirio de nuestros padres.

En cambio, la madre realista y fría diría de la delirante: “¡Está loca, comprándole cosas sin saber qué va a ser, yo mejor me espero!”. Y como en la canción llanera diría: “Yo mejor mantengo limpiecita mi conciencia, que lo haga otra, yo me siento bien así”. Si se mira este punto de vista desde la lógica, la madre realista tiene la razón, pero no todas las acciones de los seres humanos van en ese sentido, es más, casi todas van en sentido contrario y sin una dosis de locura, la vida seria insoportable.

El amor tiene mucho de eso que llamamos delirio, siempre llevado por las emociones que son previas a nuestras acciones y nos impulsan a hacerla a pesar de su “inconveniencia”. Eso le pasó al Fausto de  Goethe, que a sus 78 años corría desesperado detrás del amor de Margarita, que tenía apenas 18 años; le pasó a Petrarca al ver a una mujer en la plaza de mercado y nunca más la volvió a ver y sin embargo  se enamoró eternamente de ella sin saber siquiera su nombre; le pasó a la poeta argentina Alfonsina Storni, quien se suicidó al parecer por desamor sumergiéndose en las aguas de un balneario; le pasó a Violeta Parra, suicidándose por el amor no correspondido de un joven. En fin… eso le ha pasado a media humanidad para bien y para mal, pero  más allá de lo trágico o dramático que pudiera ser, sin delirio, sin deseo y solo a punta de razón la cosa no anda, como andan las manecillas del reloj en el mundo mecánico.

Las preguntas del millón que podemos hacernos aquí serian: ¿Qué tan cierto es que existe el amor de algunas damas o damos que matan? ¿Estamos abocados por amor o desamor —que es parte del amor— a quedar como en la canción “La cama vacía” como un esqueleto que a mí mismo me da horror?

Tal vez, aquí sea prudente hacer uso filosóficamente hablando de la teoría vitalista que recomienda unos granos de razón, una pizca de emoción, unos litros de imaginación y una dosis de experiencia.

Lo cierto de todo este embrollo es que tenemos necesidad del otro con el cual podamos aplicar la energía libidinal. El otro (la otra) es un objeto ideal que hemos elaborado a través de toda la vida con una exigencia estética. La persona amada debe reunir belleza y condiciones excepcionales.

Esto conduce inevitablemente a que el amante cree un estereotipo que en un momento dado coincida con la persona real, pero independientemente que esa persona corresponda a su llamado o no, el deseo la atraviesa y sigue su viaje por el camino errático, navega como el pirata en torno a las inmediaciones de las murallas, deambulando sin sosiego, vuelve a fijarse en otro u otra, temporalmente y vuelve a atravesarlo y a continuar su errancia.

Por eso, en el caso del amor como deseo inagotable, este insiste, persiste y no desiste.

En conclusión, como dije al final en pedagogía del deseo, es el amor un sentimiento raro, confuso y contradictorio para muchos que se ubiquen solamente en su análisis racional a secas, porque todo lo que se dicen las parejas son  mentiras y cada uno en su delirio se las cree porque no pueden vivir sin ellas  y todos los días se alimentan diciéndolas para no entrar en sospechas; para otros, sobre todo para los poetas y literatos, es una experiencia maravillosa, una locura necesaria para vivir.