Caco propio

Una crónica evocativa de Alonso Ramírez Campo sobre aquellos tiempos samarios pasados cuando se podía decir que cada sitio geográfico tenía sus propios delincuentes. A diferencia de ahora, cuando los “extranjeros” hacen de las suyas.

Cuando los delincuentes eran nuestros

Por Alonso Ramírez Campo

Hace un tiempo los delincuentes de Santa Marta eran nuestros y se podían contar con los dedos de la mano.

Franklin alias “Medio Pueblo” era uno de ellos. Cuando caía el sol lo veíamos pasar por las calles del barrio “Los almendros” saludando a los pelaos que nos reuníamos en las esquinas. Junto a su compinche “cara’e choque”, caminaba levitando con un braceo que daba la impresión de darle puños al cielo. Tenía la rara cualidad de atracar a mano limpia y con el puño cerrado decía “dame la plata o te pongo la guinda”.

En esa época, Santa Marta era una ciudad tranquila, muchos dormían en sus casas con la puesta abierta y cuando había algún visaje de ladronismo, los vecinos organizaban cuadrillas nocturnas de vigilancia. Los jóvenes teníamos la posibilidad de practicar más de un deporte, dado que contábamos con escenarios deportivos, podíamos jugar beisbol en el estadio de beisbol y practicar atletismo en la pista del estadio Eduardo Santos al mismo tiempo. En mi caso, fui campeón de 1000 metros infantil a nivel departamental y corría maratones con los grandes por sus calles —a veces llegaba la meta, otras veces no—; en beisbol jugué con el equipo del Inem como pícher o alternaba de center fil como tercer bate. Allí jugué con Tony Salga Pontón y con “El pipita” de Ávila que, a la postre, terminaron jugando futbol profesional.

Sin duda el deporte más popular era el futbol y Santa Marta era el semillero más grande de Colombia. La “pelaera” que lo jugaba se regaba como verdolaga en playa por cuanta cancha existía y Franklin —medio pueblo estaba entre ellos— jugaba de portero, intimidando a los habilidosos del equipo contrario. Cuentan que una vez, le dijo al difunto Jhon Rojas —un muchacho que acariciaba el balón con finur y al que el Pibe Valderrama —admiró por su habilidad con el balón—: “Hey, pelao, ven acá… Como me hagas un gol, ¡te mato!”.  ¡Y efectivamente le hizo un gol de sombrerito, ¡y quien dijo Troya!  La furia del atracador no se hizo esperar, lo persiguió con tal denuedo que reventaron los bejucos contiguos a la cancha, calle arriba calle abajo, calles vienen calles van. La cinematográfica persecución recorrió todo el barrio en medio de la risa de los mirones y solo cesó cuando lo perdió de vista.     

Otro famoso delincuente fue el “Mono Vergel”. Comenzó robando cuanta bicicleta veía mal parqueada, y la pedaleaba hasta perderse, si por alguna razón fallaba y lo capturaban muy hábilmente se zafaba diciendo: “¡Erda, cuadro! la confundí con la mía”, y se iba campante. 

Uno de los sitios preferidos del “Mono” para cometer hurtos, era el centro de la ciudad. Carlos Escobar de Andreis lo describe tal como era entonces: “Inmigrantes y nativos se mezclaban en el incipiente comercio de la carrera cuarta entre Cangrejal y la Acequia, cuando pasábamos buscando las plazas de San Francisco y Catedral, joyas finas, relojería, calzado, ropa, sombreros, telas y abarrotes, un cine, El Panamerican y dos boticas. Los negocios de telas eran exclusivos de sirio-libaneses que para nosotros eran turcos. Majitos que aprendieron el castellano a trancazos y con El Alhambra y el Tío, entre otros, se volvieron parte integrante del paisaje urbano”.

“En ese ambiente de tranquilidad se movía el “Mono” para hacer de las suyas, entraba a los almacenes de los turcos haciéndose pasar como comerciante de telas, las acariciaba con maestría, miraba las marcas, preguntaba precios acomodándose las gafas bajo el sudor de la frente, pedía rebaja por yarda de tela, y cuando el administrador le decía que no estaba autorizado para venderla por el precio que el regateaba —llegado este momento—, el increíble ingenio que tenía el “Mono” para robar sin que se dieran cuenta ocurría en el siguiente episodio : “Dígame entonces, que hago, a donde está el dueño para hablar con él” . «Allá arriba en su oficina». “¿Como se llama?” «Don Antonio. Si quiere sube y le pregunta si se la rebaja». Con ella al hombro, subió la escalera de madera: “Don Antonio, como está, soy comerciante de telas y le vengo a ofrecer esta pieza de legitimo paño inglés por solo cuatrocientos pesos a ver si la compra”. En su media lengua le respondió: «No, no me interesa, en el almacén tengo bastante de ese paño». “Pero, mire lo barata, don Antonio”. «Ya te dije que no, llévatela».

“Lo siguió con la mirada mientras bajaba sonando sus pasos por la madera seca de la escalera, se levantó y se asomó por el mezanine para cerciorarse de que se marchaba; el visitante casual lo sintió, lo miró y le dijo: “…entonces, don Antonio ¿me la llevo? Y él respondió: «Si llévatela»”. (Carlos Escobar de Andreis. Eran más ingeniosos los de antes. El informador.2018)

Con el tiempo, el “Mono” Vergel se convirtió en el delincuente más buscado por sus múltiples atracos. El último acto delictivo que realizó, fue cuando tomó como rehenes a un grupo de vendedores en la plaza del mercado público de Santa Marta, amenazando con inmolarse con ellos en un intento desesperado por no dejarse atrapar, ya que había sido cercado por la Policía y el Ejército que ya sabían que no se veía hacía meses con su madre que trabajaba allí como vendedora en un puesto de verduras.

Ese día no llevaba el revólver calibre 38 con cacha de nácar, sino dos granadas guardadas en su mochila al hombro. Su madre ese día no había ido a trabajar, había amanecido con migraña, de manera que el “Mono”, cuando se dio cuenta de que el puesto estaba cerrado, lo primero que hizo fue devolverse rápido para salir de aquella edificación bulliciosa. No obstante, en el momento en que se disponía a hacerlo por una de sus puertas avistó un piquete de policías entre los que se encontraba uno apodado “Justicia loca” que lo conocía bien y era el terror de los delincuentes. Se trataba de un uniformado muy singular, famoso porque aplicaba la justicia a su acomodo y de forma poco convencional. Cuando atrapaba a los ladronzuelos de poca monta, los ponía en ridículo haciéndoles escarnio público, paseándolos por el barrio donde vivían atados a su moto. Claro que con el “Mono”, “justicia loca” se había comportado más suave en las ocasiones en que lo había sorprendido con intenciones de atracar a alguien, pues era consciente de su grado de peligrosidad, ya que sabía que el tipo era de cuidado y andaba bien armado. 

Ante semejante cerco, que cubrió con refuerzos tres cuadras a la redonda, la operación demoró unas cinco horas y la ciudad se paralizó. Finalmente, el bandido fue reducido, cuando doña Sofia —su madre— a petición de él lo convenció de que se entregara y dejara a los rehenes.

Ese fue el último acto delictivo del “Mono”. A los tres meses de ser apresado fue dado de baja en momentos en que intentaba fugarse de una base militar situada en otra ciudad cercana a Santa Marta y en la que había sido encarcelado mientras esperaba el juicio final. Igual suerte corrió medio pueblo a manos de la policía en una apuesta de pisa y corre a ver si se salvaba.

Tiempo después, ya los delincuentes famosos de la ciudad fueron reemplazados por foráneos llegados de La Guajira por la bonanza marimbera o por la versión paramilitar conocida como “Chamizos”, ahora “Pachencas”, entre otros.