Ese arte

Nury Ruiz Bárcenas se adentra en las angustias, las amarguras y las profundas soledades en que están sumergidas las almas de las prostitutas. Y escribe una crónica que exalta a esa mujer de bajo perfil.

El arte de ser mujer… pero con bajo perfil

Por Nury Ruiz Bárcenas

La persistente idea de quien esta crónica escribe al fin se hizo realidad. Incrustarme en la vida algo tenebrosa, fría, doliente, triste y real de las mujeres llamadas “de la vida alegre”, de las “callejeras”, “prostitutas” o simplemente de “las putas”, la tenía en mi lista de futura narrativa como planificada.

La existencia de esos seres, mujeres y hombres que están sumergidos en un infierno en vida que no es vida, debe ser tema de estudio profundo, recurrente para los gobiernos, para la sociedad y la educación. Sabía que en aquel momento Diana Amaya, la secretaria social de la Alcaldía les realizaba cursos de Desarrollo Humano, aunque ellas querían era cursos de Enfermería, el que antes habían iniciado, pero quedaron sin terminar; de esa manera creían que por sí mismas podían curarse cuando enfermaran.

Bien es sabido que tampoco podrá nunca desterrarse de toda comunidad este infierno que solo ellos viven y conocen en carne propia, no lo imaginamos siquiera en su trasfondo quienes nada más criticamos desde afuera la parte negativa, nunca reconocemos la positiva que también tienen por montón con sus valores. Ninguno de quienes esta crónica leen sabrán de angustias, de amarguras o de profundas soledades en que están sumergidas sus almas; nunca sabrá tampoco, la verdad de muchos presos hombres y mujeres inocentes, y menos sabrá que muchas de las prostitutas trabajan con su sexo, pero no porque solo les guste el sexo… Yo, según sus confesiones, así lo alcancé a vislumbrar.

¿Cómo surgió en mí la idea de escribir sobre una mínima parte de este mundo diferente, especial, cruel, triste y, en fin, con muchos epítetos detrás de la palabra? Un día, de esos cuando acostumbraba ir con más frecuencia a la Biblioteca Pública Departamental Meira Delmar, donde realicé cursos y seminarios sobre gestión cultural, siempre había un momento en que podía conversar con la poetisa Meira Delmar, en aquel entonces directora de la Biblioteca; comentábamos sobre esas personas por la inseguridad del lugar. Pero después, ya llegado su tiempo de jubilación se retira de esa labor e inicia su dedicación permanente a la poesía.

Biblioteca Departamental del Atlántico Meira del Mar. Cortesía de https://zonacero.com/

Mi amistad con Meira Delmar continuó esporádicamente, lo que después me permitió visitarla en su residencia algunas veces, esto hizo que volviéramos a conversar sobre el tema recurrente. Fue así como una mañana, en el salón de estar de su casa me dice: “¿Recuerdas el material que te sugerí para tu escrito? ¿Lo hiciste?” Le dije: “No”. Y me contestó: “Pues allí tienes tema para escribir una historia”. Me lo dijo de una manera sencilla y bondadosa… Me sonreí con indiferencia aparente, pero apenas me despedí de ella y bajé las cuatro gradas de la terraza de su casa, al salir, inicié mi pensar en ello; sin embargo, volvió a transcurrir un tiempo largo, muchas lluvias, truenos y relámpagos hendieron el cielo después de esa conversación para que me decidiera a esa búsqueda en firme.

Siempre pienso que Dios Nuestro Señor me abre los caminos y me envía ángeles para señalármelos, y este fue uno de ellos. Pero, claro está, no lo pensé ni lo hice de inmediato, no; el temor por el sitio, el peligro que pululaba más que ahora por los alrededores de la Biblioteca, dejaron dormida en mi mente esa idea. Pero cual Bella Durmiente, llegó el amante, le dio un beso… ¡y despertó!

Después de esa conversación transcurrió un poco más de seis años, pero no lo había olvidado; era como una callada promesa que debía cumplir. La excelsa poetisa Meira Delmar había fallecido un 18 de marzo de 2009 y tenía pendiente una promesa. Cuando me decidí a buscar a la mujer que se llamaría Baranoa, lo hice una mañana soleada. Pero antes de llegar donde ella, entré primero a la Iglesia de San José, no recuerdo qué le rogué esa vez ahincada frente a la imagen de Jesús, pero enredada con mis súplicas personales estuvo el que me permitiera poder encontrar a esas jóvenes de la calle y dejar que se abordaran. Ellas son esquivas, solo se dejan ver cuando están de pie frente a las puertas de las cantinas mirando lejos, cazando parroquianos. Esas cantinas que siempre han abundado por los alrededores de la Biblioteca. Y desde entonces no me abandonó la tenaz idea.

¿Cómo llegué a realizar esta investigación? Primero indagué con otras personas por los alrededores de la Biblioteca, con los agentes de policía por allí cercanos, con los vendedores de periódicos, con quienes podía conseguir información secundaria; ellos son cerrados con sus compañeros de trabajo, pero un pequeño billete hace milagros. Así me dieron los primeros datos de quién era la líder del grupo de la 38.

Y aquí comienza la crónica… la verdadera historia

Corría el año 2010. La gruesa vendedora de tintos, aromática, cigarrillos… y algo más, el penúltimo día de mayo, soleado viernes 30 a las 10:00 de la mañana ofreció brindar una interesante conversación, más bien algunas confidencias personales, como aporte a la realización de esta crónica tan ideada desde tiempo atrás. Pero después se desaparecía como por encanto, parecía que me esquivara; a la semana siguiente ya entrados los primeros días del lluvioso junio, la búsqueda por tres veces consecutivas (martes 3, miércoles 4 y viernes 6 de junio) siguió siendo infructuosa. La carrera 38B con calle 38 se hacía extensa y tediosa por esas idas y venidas de esta escritora; los alrededores de la Biblioteca Pública Municipal Meira Delmar no colmaban las expectativas de quien fuese a buscar a (La) “Baranoa”, sin encontrarla. Pero mi tenacidad era mayor.

Vendedora de tinto.

Beatriz Margarita, de 36 años conocida como (La) “Baranoa” (por ser su ex marido chofer de un bus de ese municipio, de ahí el apodo de ella) esa grisácea mañana cuando indagué por su persona estaba en un curso… al siguiente día otra vez en el mismo curso, así me lo dijo su pequeña hija de nueve años a quien ese día dejó cuidándole el puesto de trabajo, la venta de tintos, aromática y algo más…; su equipo de trabajo: un carrito de supermercado abarrotado de termos y vasos plásticos de variados tamaños, colgando a su alrededor paquetes de cigarrillos, fósforos y bolsas con panes y cajita de margarina para acompañar el con leche o el tinto. La otra venta la llevaba Baranoa en su mente y en su labia…

Mi primer abordaje fue solicitándole un tinto; a pesar de que no me agrada ingerir alimentos y bebidas callejeras me lo tomé. Allí me quedé de pies junto a ella preguntándole por lo pesado del trabajo y por el tiempo que tenía de utilizar ese espacio de la acera para trabajar. La mujer me miraba, me volvía a mirar y por momentos dejaba su seriedad para sonreírme; yo insistía en mirarla a la cara, pero ella, en cambio, no me la daba, no me miraba a los ojos. Hasta que por fin le pregunté sin titubeos:

  • ¿Puedo preguntarte algo muy personal? –le dije con rapidez, pero con persuasión pues sabía lo escamosas que eran esas mujeres para hablar de sus vidas íntimas-.
  • ¿Sobre qué? -me respondió queriendo ser parca en el hablar
  • Sé que manejas a un grupo de chicas de estos alrededores, ¿es cierto? –se lo pregunté con claridad y rapidez-.
  • Si se lo dijeron, así será -me contestó con tosquedad-. ¿Y usted quién es? -me preguntó enseguida-.
  • Alguien que se interesa en contar una historia… -le dije con suavidad en mi voz-.
  • ¡Ah! ¡Periodista…! –exclamó casi con sarcasmo, mirándome a la cara-. Siempre quieren saber de nosotras, pero nunca hacen nada, como el gobierno…
  • Algo así -le dije para no buscar su enojo-.
  • Pero usted me cayó bien desde que la vi tomándose el tinto, no sé por qué -me dijo, pero, ¿qué quiere saber, doña? –me preguntó-.
  • Todo lo que tú quieras contarme, no te obligo. Te escucharé con paciencia –le contesté-.
  • Está bien, pero venga mañana, hoy no puedo porque me voy ahora a una diligencia y cerraré el negocio.
Grupo de putas, en noche de desenfoques.

Y así quedamos. Volví todas las veces que fue posible hasta lograr su confianza, y así fue. Este día era miércoles 4 de junio, 10:00 de la mañana. Tampoco la encontré. Entonces entré a la Biblioteca e inicié la lectura al capítulo 3 del libro “La dama del perrito y otros cuentos”, del escritor Antón Chejov, como para gastar tiempo en una lectura que tenía interrumpida hasta el capítulo 2 mientras llegaba Beatriz Margarita; al terminar el 3, ya sin esperanzas de encontrarla me fui a casa.

Jueves 5 de junio, 10:00 de la mañana otra vez. No la encontré en el puesto. Decidí entrar otra vez a la Biblioteca y allí permanecí una hora charlando con quienes ya conocía en las oficinas. No leí nada, sino que salí y tampoco estaba Baranoa. Decidí irme.

Viernes 6 de junio. No fui, preferí dejarlo para el lunes.

Lunes 9 de junio, 10:00 de la mañana. Llegué a su puesto de trabajo, pero no estaba.

Me dijo su compañera de sitio que no se demoraba, que podía esperarla porque ella le había hablado mucho de mi persona y sabía que iría ese día. Esa amiga suya a quién le indagué sobre su ausencia me interesó para entrevistarla un poco mientras llegaba Baranoa. Era una joven delgada, de cutis cetrino, a lo sumo unos 25 años de edad, de rostro descuidado, pero aún atractivo, cuyo trabajo era embolar zapatos de hombre (las mujeres casi nunca embolan, me dijo). Su nombre, Sandra Téllez Ebratt, y llevaba lustrando casi quince años desde su llegada del interior. Ese era su puesto de trabajo, allí, debajo de un frondoso árbol. Sus compañeros de espacio eran Beatriz Margarita Rodríguez Mendoza, y el viejo Carlos, alquilador de paquitos de antigua data, novelas y ‘tomos’ amarillentos, con olor a polilla. Desde hace 30 años sus clientes se han sentado frente a su quiosco en una banqueta de madera para escoger la lectura preferida: novelita-rosa, Corín Tellado, Agatha Christie, de dramas, las aventuras de Kalimán y, sobre todo, las de contenido erótico.

Sandra, la emboladora, terminó de embolarle al único cliente que tenía sentado sobre la alta y vetusta silla y comenzamos a hablar. Para ganarme un poco su confianza, le pedí que me dejara subir a su silla de embolar, y ella, con sonrisa contenida un poco apenada, me preguntó si yo era capaz de subirme ahí, que si no me daba pena hacerlo. Le dije que sí, no le veía nada de malo. Se apresuró a limpiar su fondo con un trapo rojo como para que no me ensuciara mi ropa, y me subí a la alta silla.

La emboladora.

Minutos antes, cuando estuvo trabajando con su último cliente, la observaba sentada con incomodidad en su diminuto y bajito asiento, donde sus caderas se veían entumecidas, doblada su espalda y espernancadas sus piernas. Después, cuando ya estaba yo acomodada en su alta silla, me confesó que se hacía en el día de cinco a seis lustradas, como mucho, a mil pesos cada una. Poco, me aclaró, en comparación con los 15 o 20 servicios que realizaba el año pasado. El trabajo no está nada bueno, me dijo con algo de timidez en su voz y lo repitió, mostrándome unos ojos que parecían contener el sueño que la aturdía por momentos al tiempo que trataba de enderezar su espalda. La situación era dura, me repetía, por eso, además de lustrar zapatos también tuvo que ponerse a cuidar un parqueadero por las noches, situado por allí cerca. Entonces comprendí porqué sus ojos se veían cansados por el sueño… Le pregunté si tenía marido e hijos y me respondió que no. Sin embargo, me mostró su alegría cuando me pidió que la mencionara en mi crónica para que sus sobrinos leyeran en ella su nombre. Se lo prometí. Y así he querido cumplirle. Al rato, como diez minutos transcurrieron cuando vi llegar a Baranoa; me bajé un poco torpemente de la alta silla y me despedí de Sandra; le agradecí sus momentos de atención y fui al puesto de quien me interesaba.

Ya las lluvias se estaban ausentando cada vez más. Los días seguían calurosos y ausentes de silencio, el bullicio era tenaz por esos alrededores, pero en cambio a Baranoa sí la noté silenciosa y taciturna. Le indagué sobre su estado de ánimo y me dijo:

  • Es que tengo a una de mis chicas enfermas, la regla no deja de pararle al sangrado, ya lleva seis días con la menstruación y todavía sangra mucho –me lo contó muy rápido y sin parar-. Pero imagino que así no trabajará, ¿o sí? –le pregunté viéndole su rostro preocupado-.
  • Sí, es lo que me preocupa, que debe trabajar porque los clientes la piden; vengo ahora del cuarto donde está acostada, pero tiene todas las sábanas manchadas. Ellos le piden otras cosas, como sexo oral y por detrás, para no usar su vagina, pero no se siente bien ni siquiera así –me dijo con tristeza-. Ante sus palabras guardé silencio. Creí prudente no hablar más con ella por ese día y solo procedí a darle dos billetes de diez mil (los únicos que llevaba además del transporte) para que le comprara algún medicamento; pero ahí había que hacer más, mucho más. Me despedí de ella y caminé hasta la parada del autobús. Pero no me fui a casa. Hice un giro y llegué hasta la Alcaldía de Barranquilla en busca de Diana Amaya, la secretaria social que veía esos casos, pero no la encontré. Había salido para una diligencia oficial.
Fumando espero… Al cliente que me ame con dinero…

Martes 10 de junio. No fui donde Baranoa a las 10:00 de la mañana como ya casi se me hacía costumbre, pero encaminé mis pasos hacia el centro, por los lados del Sena donde una amiga mía médica ginecóloga tenía su consultorio; esperé que terminara de atender a una paciente, luego, por la confianza que teníamos le comenté sobre el caso. Me dio los diagnósticos y pronósticos de lo que podía sucederle a la chica: por ejemplo, fibroides uterinos o pólipos, problemas hormonales, las píldoras anticonceptivas, o lo peor, cáncer de cuello uterino… También me obsequió unos medicamentos que le servirían para detener el sangrado. Así fue. Conseguí de ella unos cuantos billetes y todo junto se los llevé a Baranoa. Hubiera querido llevar a la médica donde la enferma, pero aún tenía otras consultas ya comprometidas ese día. Me esperaba a las 10:00 y llegué a las 11:50. Me conversó sobre el estado de la protegida y le di lo que llevaba explicándole las dosis que estaba escrita en la fórmula médica que me había dado mi amiga doctora. La esperé hasta cuando fue al cuarto donde ella reposaba a llevarle los medicamentos y regresó a los 15 minutos. Mi amiga la ginecóloga se ofreció para atenderla sin costo, en caso de que lo requiriera y así se lo dije a Baranoa.

  • Ya doña, se lo llevé y le indiqué cómo debía tomarlos –me dijo un poco más motivada pensando quizá en la mejoría de su pupila; tenía apenas escasos 16 años de edad, la habían echado de su casa paterna y dormía en el mismo cuartucho donde echaba al suelo los polvos que se le caían a sus parroquianos cuando no usaban el capuchón.
  • Está bien, entonces me voy y vuelvo otro día –le dije algo apenada por las circunstancias-.
  • No, no se vaya, por favor. Quiero conversarle sobre lo que necesita saber. Ha venido para eso y quiero hacerlo, además usted ha sido buena con mi protegida –dijo en tono tajante a la vez que estiraba su mano hacia la mía como para detenerme-.
  • Está bien. Te escucho –le contesté a la vez que me sentaba en la banca de madera crujiente y floja que tenía al lado de su equipo de trabajo-. Pero antes de que inicies, Beatriz Margarita (no me gustaba llamarla por el apodo), cuéntame desde cuándo estás en este negocio de los tintos… -le pregunté interesada-.
  • ¿Desde cuándo? Lo monté desde cuando mi hijo mayor, Euclides, se peleó con un compañero de colegio porque le dijo que su mamá era una puta. Llegó a la casa todo moreteado y sangrando su cabeza. Desde ese día, hace 10 años, para ellos tres solo vendo tinto y aromática ¡como si con eso pudiera mantenerlos y pagar arriendo! –al hablar, su voz sonaba apacible, pero fuerte y decidida. Y continuó diciéndome:
  • Primero son mis hijos –continuó- ¡Por ellos me vuelvo una fiera! –dijo tajante-.
  • Así es –le corroboré y entonces la dejé que iniciara su historia-.
  • Le diré que estamos divididas en dos grupos: uno, este de la zona de la 38 que lidero con mis pupilas que son casi treinta las que están bajo mi protección. Ellas no llevan al cliente a su propio cuarto (el que comparten con cada cinco muchachas) sino a hoteluchos o residencias de por aquí de mala muerte, pagada por el cliente. A veces hay algunos considerados que pagan sus propios preservativos, otros más vivos les dejan el gasto a las chicas. Las tarifas están entre los cinco y diez mil pesos, dependiendo de la acción que les toque realizar. Mi comisión para ellos es de dos mil, tres mil, depende del marrano, ¡usted sabe! ¿Cuándo puedo presentárselas? –me preguntó enseguida con interés en ayudarme-.
  • Volveré para eso, no te preocupes, volveré –le dije correspondiendo a su confianza-.

Y así continuó hablándome con voz pausada, mirando a todo momento la grabadora que tenía en mi mano, cerca de sus labios. El segundo grupo –me explicó-, es el de la Zona Cachacal.

La zona cachacal, siempre en la mira de las autoridades, pero…

Era, entonces, como decía Baranoa, la división de dos grupos, dos bandos, dos sindicatos, dos poblaciones que algunas veces se peleaban una contra la otra por diferentes motivos: porque ganaban más, porque dizque engañaban más al cliente, porque se ganaban el dinero fácil haciéndoles creer que tenían orgasmos sin sentirlos, porque algunas le robaban al cliente dinero de su billetera y otras, porque se creían más “avezadas” para el negocio.

Los dos grupos, tanto el de la Zona Cachacal (calles 30 y 35) bautizada después como Calle de La Esperanza, su nombre actual, como el otro grupo, ubicado en la Zona de la Biblioteca o de la Iglesia de San José (carrera 38B Calle 38), ambos están organizados laboralmente, tienen divisiones zonales parecidas a un sindicato, con normas y reglas que cumplir. Y como muchos sindicalistas… también ellas mueren asesinadas por enemigas ocultas o por maridos de estas.

Las prostitutas de la Zona Cachacal no permiten que las de la Zona 38 invadan sus predios, no permiten que sonsaquen a sus clientes o se lleven el dinero que les pertenece. Por eso, muchas mueren acuchilladas, sobre todo, cortaduras en el rostro, en los senos y piernas que son las zonas más eróticas y propicias para el negocio y son las que quieren dejarle fuera de servicio.

Pero no es asunto de conocer por intermedio de la voz de Baranoa estas situaciones en las que están inmersas dichas mujeres por lo que le indagué la manera de ir hasta allá, donde el otro grupo. Ella me habló del peligro de ir sola a ese sitio, por lo que le pedí compañía para llegar a la Zona Cachacal, pero no se arriesgó, temerosa por encontrar bronca con ellas. No quise insistirle. Me despedí y quedé en volver a la semana siguiente. Dejé en su mano unas monedas como para tomar varios tintos.

Paseo Bolívar… Imagen de https://www.barranquilla.gov.co/

Esa otra mañana alejada ya de la lluvia, con el sol resplandeciente y el tumulto de gente tropezándose por el Paseo de Bolívar a la vez que, con el olor a tocino, a chorizo o frituras por montón, caminé en compañía de Yolanda, una mujer como de 50 años a quien conocí en la Alcaldía aquel día; allí fui a pedirle ayuda a una buena amiga que trabajaba desde hace años en el área social: María Barros, con quien iba a hacer la conexión.

María, a través de los programas de la Alcaldía Distrital tendientes a los procesos de resocialización y convivencia pacífica aprobados por el alcalde de turno atendía algunas necesidades de las trabajadoras sexuales de la Zona Cachacal desde la Oficina para la Mujer y la Juventud. Ya conocía de antes a María y sabía en lo que yo andaba; después de explicarle lo que necesitaba en ese momento, me colaboró con una acompañante conocedora del terreno que iba a pisar, a quien denominaban La Cachaca (pero su nombre era Yolanda María Jaramillo Jaramillo, antioqueña), mujer muy respetada y casi temida por el gremio; en la oficina de María decía las cosas a voz en cuello, sin tapujos, con sus palabras de alto calibre, pero nadie le reclamaba silencio. En sus años mozos debió ser muy bonita, ahora era la líder de esas prostitutas. Por su parte, María se daba a la tarea de visitarlas en su espacio para conocer sus necesidades y colaborarles en nombre de la alcaldía; su trabajo era enviarlas a realizar capacitaciones, a aprender las artes manuales a través de terceros o del Sena. Pero ese conocimiento allí era difícil, se notaba siempre un universo lúgubre, vacío de esperanzas, disociador, más cuando la misma sociedad atranca y veta.

Cuando le hablé a María de mi deseo de ir al centro de la Zona Cachacal, me miró sorprendida y después se sonrió con amplitud como entendiendo mi deseo, ella sabía que yo era osada. María, a pesar de ser yo una mujer adulta, me trataba como si fuera su hija o su sobrina y me recomendó miles de cuidados antes de salir para esa zona; hasta se lo pidió a La Cachaca. Esta, con su voz ronca al estilo Elenita Vargas o Chavela Vargas, dos grandes cantantes de rancheras con voces ahuecadas en las que se sentía contenida la pasión por su música, le dijo que perdiera cuidado que con ella yo iba segura. Por eso guardo muy buen recuerdo de María Barros, gruesa mujer, con cara de niña, soltera, quien no tuvo hijos, de senos prominentes con los que parecía iba a puyar casi el cielo y tocar sus puertas en busca de ayuda para aquellas mujeres casi olvidadas. ¡Y lo conseguía! Hablaba con quien fuera, pero lo conseguía. Y el alcalde de turno también la atendía. Hoy, María, en la gloria de Dios.

Con Yolanda llegué a aquel sitio esa mañana. Allí conocí a ese otro grupo de trabajadoras sexuales olvidadas que pululan en Barranquilla, ¡son muchas!, alrededor de cien y en total unas quinientas por los diferentes sectores del sur. Ellas, seres humanos perdidos en la calle mientras algún hijito llora pidiendo comida y clamando por su madre…

“La calle que es una selva de cemento, donde quiera te espera lo peor…”.

Mientras caminábamos para llegar al sitio previsto, La Cachaca iba entonando con voz queda la estrofa de esa canción, la misma cuya letra me dijo Beatriz Margarita al comienzo de nuestra conversación. Así cantaba mientras arrastraba sus chancletas y movía a cada momento su corto pelo rubio, como en un gesto permanente de coquetería femenina, pero sin dejar de fumar todo el tiempo y sin perder su actitud positiva ante su vida. Olía a puro cigarrillo, a licor, a esperma, ¡a tantas cosas de la vida mundana olía! Y seguía cantando:

“La calle que es una selva de cemento, donde quiera te espera lo peor…”

“La calle que es una selva de cemento, donde quiera te espera lo peor…”. Imagen de https://genius.com/

Repetía la estrofa una y otra vez mientras –según ella- me custodiaba. “Pedro Navaja”, fue una de las canciones que hizo famoso al cantante Rubén Blades.

Y llegamos al sitio indicado. Allí encontré a otro grupo que buscaba. Las visualicé, me sensibilicé, me atemoricé y me sentí poca cosa ante esas mujeres que luchaban a brazo partido por buscar comida, lecho y techo para algún hijito parido o alguna madre vieja que necesitaba de sus cuidados en la lejanía. Allí era casi imposible cambiar burdeles, lupanares y casas de lenocinio por hogares normales donde quepan juntos amor y alimentación.

La Cachaca me presentó a varias muchachas que no pasaban de 20 años; niñas de13, 14, 15, 16 años, biches en el sexo, biches en el cuerpo, biches en el sentir y biches en el sufrir y en el amar de verdad. Apenas estaban comenzando la vida. Hablé con un pequeño grupo que estaba desocupado en el momento porque las otras andaban en el trajín con sus piernas y su sexo, con su boca y con sus senos dejándolos tirados debajo de cualquier cuerpo de hombre lleno de deseos, pero también de suciedad corporal y sexual.

Y así, entre olores que matan, entre adictos al bazuco y otras sustancias dañinas, entre vocabulario lunfardo y olor a pegante que enrarece aún más el feo ambiente donde viven y trabajan, caminé hasta llegar al sitio de ellas, envuelto en humedad, pobreza absoluta, en fetidez de vagina mal lavada y espermas volando en el ambiente. Junto a esas pestilencias anida enroscada la insatisfacción por una ínfima paga.

Volando se fue en ellas la fugaz ternura de poder colmar una perentoria necesidad de alimento familiar. Pero también allí, el eterno miedo de que se demora un cliente en llegar y se vaya volando un billete, que se escapen otros cinco mil o que lo acapare cualquiera de sus colegas, que con lealtad y sin ella hacen volar navajas, cuchillos o tijeras para quien sea, su propia hermana, su mejor amiga o quizá hasta su misma madre.

Me rodearon varias jovencitas con edades casi púberes: Ana Isabel (apodada La Caleña, líder y buena compañera, según dijeron las otras); Zully Mar, Rosmery, Mariana, Gladys, Magaly, Arlenis, Ligia, Yolanda, María Eugenia, Rosa, Elvira, Adela, Claudia, Martha, Patricia, Judith, Eva, Dunis, Nury (alias La Mami), Carmen, Marlene, Mónica, Patricia y Myriam Esther… solo nombres, legítimos o falsos pero nombres cada uno con su mundo de penas a cuestas, cargando dolor y desencuentro algunas con sus cortas vidas… solo dos de ellas llegaban a los 50 años pero andaban alejadas de las jóvenes, buscando viejos verdes que saciaran en ellas sus últimas sensaciones sexuales por cualquier dos pesos.

Y así, cada una iba contándome su diario vivir. El de todas era parecido: clientes que no quieren pagar antes de tirar, sino después, para volarse y no pagar nada; clientes que van a ellas con aberraciones sexuales y las buscan para saciar sus instintos como si no fuesen también mujeres humanas como las demás; clientes que no se cuidan y sin saberlo preñan a alguna y luego se van.

Pero antes de que llegara el momento de despedirme, debió surgir en mí la pregunta obligada, que me fue respondida al unísono, pero con la voz más nítida de Rosmery, trigueña cabellos largos, ojos garzos y mirada coqueta, de buen cuerpo quien con un poco más de suerte que tuviera en la vida, podía haber sido reina aun cuando fuera de su pueblo, de su barrio o de cualquier colegio de bachillerato.

  • ¿Alguna de ustedes tiene aquí hijos? –les pregunté al grupo
  • Sí tenemos, fíjese usted, señora periodista, viven con nosotros, yo tengo uno y María Eugenia tiene dos –respondió la trigueña-.
  • ¿Y dónde los tienen viviendo? –pregunté con extrañeza en mi voz-.
  • Aquí mismo, en nuestro cuarto donde llevamos a los clientes –dijo de nuevo la trigueña, como si fuese lo más normal del mundo-.
  • Pero… -titubeé para preguntar- ¿y cómo hacen entonces? –terminé la pregunta casi con timidez en mi voz.
  • ¡Es fácil! Cuando tenemos un cliente les decimos a los pelaos que se metan debajo de la cama y no salgan de allí hasta que les avisemos. Y ahí se duermen…
  • ¿Y los tienen viviendo en estos cuartos con espacio de 2 x 3 y de 3 x 4? –pregunté de nuevo extrañada-.

-Sí –dijo entonces La Cachaca como para dar a conocer que era la voz líder- Los pelaos hacen caso, y allí debajo de la cama se duermen o comen tranquilos sin asomar la cabeza.

Mientras tanto, arriba la batalla por ganarse tres, cuatro, cinco o hasta diez mil pesitos por un rato sin alaridos y sin goce real. Para estas mujeres de la Zona Cachacal y del grupo de la 38, ambos por igual, luchan por sus tarifas ínfimas, por su mala paga; siempre ha sido igual, casi desde el siglo pasado hasta nuestros días. Su sexo es la fuerza laboral femenina batalladora utilizada a su antojo, sin horarios especiales, prestaciones, bonificaciones, incentivos o leyes 765 que hablen de políticas sociales, económicas, educativas o públicas, sin deberes o derechos, y muchos menos, sin merecidas vacaciones ni seguridad en salud.

Después de esa experiencia cruel con las prostitutas de la Zona Cachacal, volví la semana siguiente donde Beatriz Margarita, tal como se lo había prometido. Fue entonces cuando conocí a la Luz Mery (alias Trencitas), a la Yurleidis, a la Luz Merlis, a la María, a Diana, a Mirna y las demás compañeras del sitio. Para ellas, Baranoa era como su madre y la querían mucho. Ya la chica que se había enfermado con la hemorragia se curó y continuó su labor sexual. También supe, ese día, que Trencitas sufría esporádicamente de migrañas tan fuertes que la hacían desmayarse; eso le ocurría desde dos años atrás, pero nunca se le prestó atención médica y cuando se le quitaban los dolores continuaba con su labor. Lo único que ese día les entregué como gesto de despedida fueron veinte salmos en miniatura, de esos que regalan por las calles los cristianos. Tal vez de algo podía servirle a alguna de ellas cuando lo leyera en sus momentos de descanso carnal…

Las palabras utilizadas en esta crónica han sido miles de veces escritas por periodistas, escritores e investigadores. Pero quedan en eso: en palabras bonitas que quizá se lleva el viento mientras que la prostitución mercenaria no acabará nunca. Escritores sobre este tema los hay, solo me basta recordar aquellos escritos eróticos de mi amigo el escritor monteriano Amaury Díaz Romero (1995), quien viajó una vez a Cuba para entrevistar a las “jineteras” (allá les llaman así a quienes ejercen la prostitución) de la isla para después escribir su crónica y posteriormente su novela en honor a Adriana, la “jinetera” a quien tal vez ensilló en aquellos sus años mozos allá por el malecón de La Habana (Cuba); de esa manera escribió su historia con conocimiento de causa, basado en la práctica, no en la teoría. Allí decía en alguno de sus párrafos: “Ni son jineteras con carita de ángel y cuerpo de fuego” (1995).

Por su parte, el escritor cubano Amir Valle (2009) en su libro “Jineteras”, enfoca este tema de manera desgarradora como sucede cuando se escribe sobre la pobreza humana, del sufrimiento y de la injusticia más terrible, donde la palabra “asco” permanece en la pluma de este narrador a lo largo de su historia. Y así, como estos dos escritores, hay muchos que se han dedicado a esta tarea, pero sabemos que las letras no reivindican del todo, solo es un callado lamento para llegar quizá a la sensibilidad de un gobierno de turno que sirva para mejorar las condiciones de vida de estos seres humanos que bien humanos son.

Las ‘jineteras? de Cuba, ‘jineteras de verano’… Imagen de https://www.diariolasamericas.com/

Ya no se trata aquí, entonces, de la prostitución sagrada sino de la mercenaria, ya no es el origen de la prostitución pagana, menos la leyenda de la fundación de Roma de la que escribiera mi otro amigo filólogo Luis Felipe Palencia Caratt (1990), y menos es la virginidad como ofrenda a los dioses. No es la prostitución que anida en palacetes, bajo el calor erótico de algunas damas respetables de la alta sociedad donde también ha existido, pero por el único placer del sexo, por el gusto, no por la paga.

“…claro, ‘a veces también con sus mecanismos de represión sexual por hacer parte de una sociedad conservadora que las obliga a negarse a su erotismo’, como bien lo describe en uno de los aparte de su novela “Algo tan feo en la vida de una señora bien”, la escritora barranquillera Marvel Luz Moreno (2001:123), cuando expresa que “el erotismo juega un papel importante en la mujer. En su texto, la protagonista es disminuida a partir de la prohibición de su expresión de deseo y a través de la reducción del sexo a su función creadora, es decir, privado de cualquier manifestación de verdadero placer…” Lo primero que la protagonista comprende es que ella no puede decidir sobre su cuerpo y menos sobre su amor…”. Diferente caso al de las prostitutas de esta crónica que sí lo comprenden, pero lo hacen solo por dinero no por el solo placer.

En estos grupos se trata de la prostitución física, real, a secas, la de hoy y la de nunca acabar, la del hambre que retuerce el estómago sin parar, y la de falta de educación. Es el dame tanto y te la alquilo. Es esa la prostitución tan antigua como la humanidad y tan nueva como el despertar de la femineidad en ciernes, del desamor que proviene de ese arte de ser mujer… pero con bajo perfil.

“Pronto llegará el día de mi suerte, sé que antes de mi muerte es seguro que mi suerte cambiará… ¡Ay!, pero… ¡cuándo será!” (Héctor Lavoe).

En ambas zonas, la Cachacal y la Calle 38, quedaron atrás con su época gloriosa del buen vecindario poblado de casas y construcciones de gente de alcurnia, aquellas propiedades que eran de honorables familias de antaño.

Referencias

Díaz Romero, A. (1995). Las jineteras de Cuba. Revista Dominical, 5 de julio. El Heraldo, Barranquilla.

Higuera Díaz, P. A. (2003). El arte de ser mujer. Agenda Cultural Universidad Jorge Tadeo Lozano. Bogotá, pp.35, 36, 37.

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