Pobre Escuela

Alonso Ramírez Campo recrea nota sobre aquel andamiaje burocrático que conllevó a que escuela y profesores se vieran sometidos a presiones y asaltos a manos de quienes casi nada tenían que ver con la educación.

El asalto

Por Alonso Ramírez Campo

Tal vez no existe un lugar más expiado por el poder y asaltado por los agentes externos que la escuela.

Hace 18 años Apple dijo que la escuela se encontraba “atrapada sin salida” porque, por un lado, tenía que producir agentes para un mercado laboral —a mi modo de ver inexistentes— en nuestro medio a por medio de un capital cultural de conocimientos técnicos-administrativos. Al tiempo, nuestras instituciones educativas debían servir como espejos de su sociedad, legitimando ideologías de igualdad y movilidad social, y hacer que la visualicen tantas clases sociales como grupos sociales sean necesarios, para unos muchachos de sectores populares sumergidos en una crisis de “no futuro” que ya anunciaban que la escuela era como un cheque posfechado que, al cambiarse, salía chimbo.

Ajuste de pensum en la Escuela moderna colombiana.

Nunca antes se había prometido tanto y tampoco se había vendido la ilusión de una “educación para todos” a través de los reflectores de los medios de comunicación por parte de agentes externos que empezaron a hablar sobre lo divino y lo humano de la educación desde sus escritorios celestiales en medio de orgasmos burocráticos.

Todo este andamiaje burocrático de discursos, proclamas, misiones leyes, decretos y más, conllevaron a que la escuela y los profesores se vieran sometidos a presiones y asaltos de personas que poco o nada tenían que ver con la educación.

Pero los principales asaltantes provenían de los círculos de poderes remotos —inalcanzables para los ciudadanos— que trazan los lineamientos de la política educativa que se traducen en reformas para los países de la región a través de ministerios y secretarias. Entendimos muchos años después que este asalto —que nos cogió a mitad de baño— fue perpetrado por los tecnócratas diseñadores del neoliberalismo pedagógico. Obsesionados por la utilidad del conocimiento, barrieron con las humanidades, las artes, las lenguas, convirtieron las escuelas de filología en escuelas de idioma para ser los más educados en un país donde no se lee bien la lengua propia, redujeron las facultades de educación y decretaron la muerte de la filosofía, conllevando al empobrecimiento del sistema educativo.

Ese utilitarismo pobre y mediocre nos quiere hacer creer que vale más un martillo que una poesía, un asiento contable que una danza, una llave que un cuadro; o un conjunto de consejos prácticos para montar un negocio, vale más que los saberes clásicos y humanísticos sobre los que se asienta una civilización.

Es esta una educación “tan útil” que enseña a buscar empleo donde no lo hay, a conocer las formas jurídicas de las empresas para montarlas y si no se hace “la culpa es de la vaca”. Lo que encubre ideológicamente ese discurso son las responsabilidades colectivas que se trasladan al plano individual como culpabilidad individual, porque no somos capaces de crear empresas. ¡Tan lindos!

Una cosa es una política laboral seria, para pequeños y medianos empresarios que son los que realmente crean empleo y riqueza: esa es, efectivamente, responsabilidad de los grupos económicos de un país y por supuesto del Estado, y otra cosa es el discurso neoliberal que vende la ilusión de pleno empleo. En otras palabras: una cosa es una doctrina económica y otra una doctrina ideológica.

Ahora, además de encerrada a las contingencias del mundo de la vida, la escuela es bombardeada por una política educativa desacertada que ha terminado desfigurándola de cara a su quehacer pedagógico, poniéndo a correr a los profesores con trámites burocráticos de actas, evidencias e invidencias en unos requisitos extraños a su esencia institucional.

Lo curioso del caso es que dicha política educativa ha sido un rotundo fracaso, pero no se han revelado sus consecuencias públicamente. Hace algunos años, una amiga me contó que a Colombia llegaron en “voz baja” unos delegados de la banca mundial preocupados por los bajos resultados de los estudiantes de la prueba internacional Pisa y se reunieron con delegados del ministerio de Educación y algunos decanos de facultades de educación —por supuesto ningún profesor de educación pública fue invitado— para saber por qué sus lineamientos educativos no se estaban cumpliendo a la luz de los bajos resultados en dicha prueba. La pregunta principal fue ¿qué están haciendo los profesores en el aula? Y la conclusión fue que tocaba entrar al aula para saber qué hacían.

Los políticos van a la Escuela.

Tal vez, por lo mismo, se ha intensificado tanto papeleo en la escuela buscando la eficiencia de unos lineamientos que no se traducen en resultados. Lo paradójico del asunto es que, en medio de tanta presiones y asaltos, la escuela, más allá de tener rectores revestidos con la etiqueta del ideario neoliberal, no ha podido lograr que sus docentes enseñen al derecho dicho recetario.

Mientras tanto, muchos estudiantes se preguntan sobre el sentido de su asistencia a la escuela. Asimismo, desde distintos ámbitos académicos asociados a la docencia y a la investigación, se cuestiona lo que esta ofrece a la vida de los estudiantes.

A mi amiga lo que se me ocurrió decirle en ese momento fue que a estos asaltantes de cuna del orbe nacional o internacional habría que enseñarles es que el verdadero sentido de la utilidad de las cosas está en la sensibilidad. Que su desprecio por el arte y la cultura universal ha llevado, justamente, al fracaso de sus políticas.

Desde entonces me ocupa y preocupa la política educativa, el fracaso de sus reformas (cualesquiera que sean, así no esté de acuerdo como en este caso).

El siguiente ejemplo que parece lejano puede servir para ilustrar el asunto. En Iono de la poesía se encuentra Sócrates con los que acaban de ganar en las olimpiadas un premio de recitación de poemas y empieza a preguntarles: «¿Los poetas son aquellos que hablan frecuentemente de guerras (pensando en Homero, ‘La guerra de Troya’ y la ‘Ilíada’)?». —Claro, hablan de guerra frecuentemente —responde Ion. «¿Ahh, y a ti te gustaría que los ejércitos de tu patria estuvieran dirigidos por un poeta?». —No, tal vez no —contesta Ion. «¿Los poetas son aquellos que también hablan mucho de enfermedades no?». —Sí, mucho. «¿Te gustaría si estás enfermo que en lugar de un médico te tratara un poeta?». —No, claro que no. «Hablan mucho de viajes y de la marinería los poetas, ¿no?». —Sí, mucho. «¿Te gustaría ir en un barco cuyo capitán fuera un poeta?». —No, claro que no. «Ahh, entonces hablan mucho de lo que no saben, de lo que no pueden hacer, de lo que no tienen experiencia directa, eso son los poetas». —Parece —dice Ion… Pero lo que se le olvidó a Sócrates en ese momento fue preguntarle a Ion, y lo que tampoco a Ion se le ocurrió decirle a Sócrates, es que los poetas sí saben más de las enfermedades que los médicos, y de las guerras y de los viajes que los militares y los marineros en su relación con el sufrimiento, el drama y la angustia. No sabrán más que un militar sobre tácticas de guerra, pero de sus efectos sobre la vida sí saben más y ese saber no procede de un saber directo, es decir de un aprendizaje directo.

Cuando en un proyecto político o social queremos introducir sus lineamientos a secas sin tener en cuenta las subjetividades, la cosa no anda o anda mal, porque la gente no siente que es tenida en cuenta, valorada, querida, acogida etc.… Porque más allá de los conocimientos directos lógicos-racionales, se necesita una dosis de encantamiento, de asombro, de seducción, de pasión. Nadie es tan pendejo de ir a una fiesta para sentarse y aburrirse o a un paseo para pasarla triste.

Si la política educativa —cualquiera que sea— no se reviste de arte y amor, no entra, no seduce, y me extraña que estos señores no hayan aprendido de los vendedores o de los enamoradores —que se parecen bastante— a ganarse los servicios o favores del cliente.

En eso los finlandeses sí dieron en el clavo y movilizaron a toda la población por una educación a la altura de los desafíos, comenzando por tratar a los profesores como profesionales y no como obreros, no solo formándolos en conocimientos directos sino elevándolos al rango más alto de la sociedad, colocándolos por encima de los políticos, por ejemplo.

Cuando en una sociedad los únicos importantes son los políticos y los empresarios, pasa lo que está sucediendo en la política, donde lejos de ser un servicio público se convierte en un negocio privado.