Jefe y amigos

Ha fallecido Fernando Dávila López y José Orellano evoca momentos vividos al lado del hombre de la radio, la publicidad y la televisión… Más allá de todo eso, gran ser humano, amigo de sus amigos…

La imagen destacada de este módulo: fachadas de la concesionaria Carlos Dieppa y la fábrica de pastas La Insuperable, clientes de Sonovista.

SONOVISTA-TELEVISTA

Don Ferna y yo: jefe y amigos

Por José Orellano

A Soraya Linero, especial colega y amiga.

Fernando Dávila López. Foto de La Gran Noticia.

Ha fallecido un grande de la radio, la publicidad y la televisión —cada especialidad en sus respectivos tiempos— y, compungido, pretendo recordar con el máximo de precisión excelentes situaciones vividas al lado de Fernando Dávila López… Pero más allá de cada una de esas especialidades, otras de invaluable connotación: siempre jovial, un gran ser humano, amigo de sus amigos…

Un homenaje a su memoria complementado, además, con la publicación —actualizada solo en los tiempos del ritmo para un intenso diálogo—, de un Gran Reportaje que, acompañado de Edgardo Caballero, le hice en 2017 y divulgué en dos entregas, considerémoslos capítulos, en El Muelle Caribe

En tal sentido, comencemos entonces con aquella mañana de sábado de 1976, cuando en el Club Barranquilla de la carrera 43 entre calles 36 y 37 —20 de Julio, entre San Juan y Jesús—, se desarrollaba un evento programado por la entonces Asociación Nacional de Industriales, ANDI-seccional Barranquilla, y el inolvidable Gastón Abello era el anfitrión …

Yo fungía, además de Coordinador de Redacción, como encargado de la página económica de El Heraldo y cubría ese certamen para el medio en el cual laboraba…

De pronto, allí en esos salones de la élite barranquillera, frente a mí, Macondo, el eterno conductor y mejor amigo que había de serlo de Sonovista Publicidad-Televista, con un recado:

Sede del Club Barranquilla, en años idos… Avenida 20 de Julio, entre San Juan y Jesús. Foto pinterest.com

«Don Ferna te manda a buscar, te necesitan en la oficina», dijo.

Desde la agencia habían averiguado en El Heraldo por dónde diablos andaría yo un sábado por la mañana y allá les informaron sobre el evento por el cual debía andar…

A las volandas salí del certamen económico y antes del mediodía había de llegar a Sonovista de la calle, 72 frente al estadio Tomás Surí Salcedo, donde, a esa hora, avanzaba una movida reunión de creativos, lluvia de ideas, dedicados a concebir, con calidad Sonovista, mensajes publicitarios, promocionales, para Aerocondor y para Holiday Inn…

A trabajar con la primera agencia publicitaria de Barranquilla y el Caribe en aquel tiempo —una de las más importantes de Colombia— había llegado por cortesía del compañero de redacción y extraordinario comentarista de cine Alberto Duque López, quien había de legarme, junto con el de Sonovista, otros tres puestos que generaban ingresos adicionales al sueldo básico de El Heraldo que, entonces, no pasaba de $2000: ¡Dos mil pesos mensuales! Más los cien que, nochemente, me pagaban por coordinar redacción y cerrar edición… Mucha plata a mis 25 años… ¡Para enloquecer!

Sonovista, Incolda, Centro Artístico y Sociedad de Mejoras eran las cuatro entidades a las que quedé vinculado, una vez Alberto se mudó a Bogotá, donde años después había de fallecer… No le jalé a Cine Colombia ni a la Universidad del Norte…

«Pareces una buseta», me decía Don Ferna — siempre jovial— cada vez que podía, una vez se enteró de la integralidad de mis actividades profesionales…

De aquella intempestiva jornada laboral de un sábado de 1976 que se extendió hasta el domingo, surgió aquel pegajoso jingle que, guiado por Luis Samper, decía: “¿Adónde vas? Aerocondor te lleva”: (¿Aaadónde vaaaaaas?… Aerocóndor te lleeeeeva!, musicalizado).

Para Sonovista, el suscrito participaba en la producción de textos publicitarios y redactaba pies de fotos y gacetillas que eran enviados por la agencia a los medios de comunicación locales y nacionales para su divulgación… Y en medio de ese trajín diario en la agencia —más mi condición de periodista—, surgió y se fue afianzando la amistad con Fernando Dávila López, ‘Don Ferna’, como respetuosamente llamaba a mi jefe, primero en Sonovista, después en el Noticiero Televista…

Una amistad gracias a la cual don Ferna me permitía, cuando yo me quedaba sin cigarrillos, que entrara a su oficina —aunque él no estuviera allí— y tomara los que deseara de la cigarrillera dispuesta en su escritorio… Lo cual había de ocurrir tanto en la 72 como en la 70 con 53…

En ocasiones acompañaba a don Ferna, por expresa invitación de él, en sus visitas a sus reuniones con clientes —Cervecería Águila, pastas alimenticias la Insuperable, Empresa Municipal de Teléfonos, Carlos Dieppa, Fagrave etc.— y un día cualquiera, junto a él, viví ‘el susto de la montonera de billetes’: en tres o cuatro inmensas cajas de cartón, allí en Carlos Dieppa, carrera 43 con calle 65, sede de la concesionaria de automóviles, dos guajiros asentados en el poder de la bonanza marimbera se disponían a pagar en efectivo la adquisición de varias Ranger’s, que era el modelo de camioneta preferido de la época… Nunca antes, ni nunca jamás después, vi tantos billetes juntos: había decenas de millones de pesos colombianos de la época, en billetes contantes y contantes de las denominaciones posibles…

Instalaciones de Fagrave, productora de manteca y aceite. Foto pinterest.com

Allá en la 72, al día siguiente de una fallida reunión creativa y lluvia de ideas para lograr un eslogan para la vuelta al mercado del tradicional jabón oro, se dio la que había de ser para mí una anécdota profesional inolvidable y espectacular: llegué a Sonovista bien temprano, me senté frente a mi máquina de escribir, comencé a ‘puyografiar’ —escribo con los dedos índices—, logré un objetivo y esperé a que llegaran don Ferna y Nancy Botello, encargada de la cuenta, que a mi gran amiga Myriam Prieto de Flórez no se lo mostraría antes… Apenas llegaron los jefes, la solté: “Nancy-Don Fer… «Las amas de casa lo decimos en coro, lo mejor para lavar, jabón oro»”.

«No va más, ¡esa es!», gritó don Ferna y el eslogan había de sonar en la radio regional y nacional por años y años, en aquellos tiempos sin redes sociales…

De Sonovista de la calle 72, sin más allá y sin más acá, me fui algún día —así como lo hacía con El Heraldo—, pero meses después, por llamado de don Ferna, «nunca debiste dejarnos», volví cuando ya se había trasladado a los altos del edificio de la esquina de la calle 70 con 53, así como lo hice varias veces con El Heraldo…

Alternando El Heraldo con Sonovista, cualquier día, hacia las 3:00 de la tarde, la recepcionista me anunció una llamada de la agencia… Respondí solícito… Y allí, la voz que me dijo: «Vente pa’cá, es urgente». Se trataba de don Ferna…

Antes de salir a cumplirle al llamado de Fernando Dávila López pasé por la oficina de la asistente de dirección de El Heraldo —mi madrina de mi segundo matrimonio y jefa inmediata— Olguita Emiliani Heilbron y le informé el motivo de mi salida de mi oficina a esas horas.

«No te demores», me dijo.

Celia Cruz.

Cuando llegué, don Ferna se dirigió con la vista y señas de manos a una acompañante que se arrellanaba en una de las butacas de su oficina: «Este es el hombre al que esperábamos». Se dirigía a Celia Cruz, quien, patrocinada por Eastern Air Lines —cliente de Sonovista—, había de presentarse al día siguiente en el coliseo cubierto Humberto Perea. Aquella sería la noche en que ‘La guarachera de Cuba’ actuaría con unos zapatos altos, pero sin tacones de apoyo…

De vuelta a mi oficina de El Heraldo, mientras iba atendiendo el cierre de páginas interiores —faltaba un par de horas para asumir la portada— alcancé a escribir, con corte netamente periodístico, una nota sobre Celia Cruz y su razón de estar en Barranquilla… Se la llevé a Olguita y aprobó su publicación en interiores… La firmé, aunque en el fondo era una especie de gacetilla…

En ese tiempo —haciéndole esguinces a procesos judiciales de una de mis ex—, yo no era de planta directa de El Heraldo, sino que figuraba como contratista de Edicosta y me pagaban por cuentas presentadas sobre trabajos realizados, además de la jefatura de redacción. Al final de mes hice mi cuenta de cobro y se la llevé a Olguita, quien la autorizaba…

«Ore» —así me llamaba mi madrina— «he podido apreciar tu honestidad, a pesar de tus locuras. No relacionaste la nota de Celia… Si lo hubieras hecho, la habría autorizado, pero… He quedado gratamente asombrada».

Verdad de a puño: No tenía por qué relacionarla. Esa crónica me la pagaba Sonovista…

Como ya está dicho, de la sede de Sonovista de la 70 con 53 también me fui y fui a dar a la jefatura de redacción de El Informador en Santa Marta… Y así, junto con mi primera salida de El Heraldo en 1978 para irme a fundar, en 1979, La Libertad, dejé botados mis otros rebusques y los recuerdo: además de Sonovista, Incolda, Centro Artístico y Sociedad de Mejoras.

Una noche cualquiera de algún tiempo después había de recibir una llamada en la recepción del edificio Posihueica frente al mar, frente a El Morro, donde residía en la capital del Magdalena… Al otro lado de la línea, la inconfundible voz de Fernando Dávila López, voz que había sentido por primera vez en mi corazón durante mis devaneos amorosos y mis hormonas hirvientes de mis 13-14 años —y mis ojos puestos en una linda vecina mayor que yo—, a través de las ondas románticas de ‘Serenata galante’, programa que tenía en mi padre un ferviente seguidor en las nocturnales soledeñas. Mediante su llamada al Posihueica, don Ferna me invitaba a una reunión, ojalá «mañana mismo», en su oficina de la calle 70 con carrera 53 de Barranquilla. Al día siguiente presenté cualquier excusa en El Informador y rodé hacía la capital del Atlántico…

Fachada del edificio Posihueica en Santa Marta.

«Quiero que te vincules al Noticiero», me dijo tras los saludos protocolarios y el tinto servido, que don Ferna bien sabía cuánto me gustaba. «Primero, como corresponsal viajero por toda la Costa, que después te nombraré jefe de redacción. Ese es el movimiento planificado, para evitarme traumas al rompe entre el equipo de periodistas».

Y lo acordado había de cumplirse, una vez concebido un eslogan hijo de una madre y dos padres —Myriam de Flórez, don Ferna y yo— para despedir los envíos periodísticos desde el sitio Caribe en que estuviera: “Noticiero Televista, presencia regional”. Exitoso experimento.

«Nunca impostes la voz», había de decirme Myriam de Flórez. «Cuenta tus historias con tu tono nasal natural».

Después, don Ferna había de llenar mis expectativas y me nombró jefe de redacción. Mi compañero-jefe director era Leonidas Otálora Jr., además presentador del noticiero, y entre el equipo de periodistas allí presentes en Barranquilla recuerdo a Soraya Linero, Sandra Devia, Nelly Gómez, José Gómez Daza, Olguita Staaden, Mabel Rada y, con ingreso posterior, Huberto Mindiola… Como camarógrafos recuerdo a Mauricio Barrios, Juan Rodríguez, Enrique Luna y Jorge Franco… En la coordinación de producción, a Luz Alejandra Aguilar… En producción propiamente dicha, a Óscar Taborda… En la edición audiovisual recuerdo a José ‘El cachaco’ Gómez y a Víctor De Castro, y en logística a Carlos Osorio, entre otros…

Leonidas había de retirarse, dejando el noticiero con un rating de 46,8 y don Ferna me nombró director de noticias… Con María Claudia Dávila y Raúl Correa en el set de presentación, llevamos el informativo a 48,6 de rating, más de dos puntos más… Nunca más lo alcanzaría… Semanas después, surgiría la nota ‘Septiembre rojo’, sobre la base de una información confidencial que me suministró un alto oficial activo del Ejército. La noticia la escribí yo y la leyó Huberto Mindiola: se trataba de un decomiso de explosivos y de una alerta por amenazas de bombas en los entornos del estadio Metropolitano para aquel domingo del partido Colombia-Paraguay en desarrollo de las eliminatorias al Mundial de Italia/1990… Eran los tiempos de los narco-atentados promovidos por Pablo Escobar…

Fernando Dávila López, siempre jovial. Foto Zona Cero.

Tras la publicación —y bien temprano al día siguiente—, me llamaron a relación, reiteré que era de fuente fidedigna, de entero crédito, pero don Ferna me remitió hasta donde el gerente de Telecaribe en aquel momento José Jorge Dangond, quien, a pesar de mi defensa, decidió ordenar mi salida del noticiero… Y Televista tuvo que admitirlo…

Mi salida se cumplió, pero llevé el asunto a proceso jurídico laboral, aunque opté por no acudir a organizaciones periodísticas para evitar el escándalo mediático, como me lo recomendaban…

Gané el pleito, me indemnizaron lo justo, pero la amistad con Fernando Dávila López para nada varió…

Después supe qué era lo que había detrás de la decisión impulsada por José Jorge: la información había afectado enormemente un negocio sobre la base del promocionado espectáculo —en especial por Telecaribe— que, como abreboca de aquel partido, había de protagonizar Edgar Perea Arias al descender hasta la gramilla del estadio desde un helicóptero…

No hubo atentados, pero sí mucha vigilancia y desbordada inteligencia militar…

Debo precisar —así como lo hago con su característica de firmar cheques, documentos, memorandos, con plumeros de tinta verde— un especial detalle de don Ferna cada vez que cumplía años: prefería la celebración, incluso a la distancia geográfica superada por las nuevas tecnologías, con sus amigos que pasaron por el noticiero y por la agencia… Yo participé en alguno, gracias a un llamado de Soraya…

Para cierre, tengo que recordar ese beso sincero de amigo que Fernando Dávila López me estampó en la mejilla izquierda el día que fui a un reencuentro con él, ahora en su oficina de Dávila-Publicidad & Marketing. Estaba despidiéndose de mí, para siempre, con cinco años de antelación… Hoy sé, Ferna, que Dios te acoge amoroso… Y que, allá en la Eternidad y para la eternidad, has vuelto a los brazos de Nancy, tu amor eterno.

Bogotá, 25 de septiembre 2022.