Contrastes

Sobre contrastes escribe el arquitecto Óscar Serpa Reyes. Un mismo objetivo de dos construcciones, una en Alaska y la otra en Colombia. Whittier, allá lejos, positivo… La Plaza de la Hoja, en Bogotá, un fiasco.

De Whittier a la Plaza de la Hoja

Por Arq. Oscar Camilo Serpa Reyes

Soledad, abril 25 de 2022.

El “conflicto bélico internacional” de la guerra fría que se inicia una vez cae derrotada la Alemania nazi por los ejércitos aliados de la disuelta URSS, inglés y norteamericano, y los enfrentamientos de baja intensidad causantes de las masacres y los desplazamientos interno de la nación colombiana, configuraron una respuesta urbana que en el primero de los “conflictos bélicos” señalados generó una posibilidad de uso ocupacional diferente al definido en el diseño de una mole de concreto construida estratégicamente para la defensa de una nación —Whittier en Alaska—  y, en el segundo  —Plaza de la hoja en Bogotá—, buscó guarecer a través de un minúsculo programa de viviendas de interés social prioritario a los sin espacios de las ciudades y campos que fueron víctimas del largo conflicto interno, el cual lleva más de 60 años sin tregua ni respiro por parte de unos y, por parte de otros grupos al margen de la ley, algunas dejaciones de armas que pactaron y facilitaron su reincorporación a la vida civil  en nombre de la democracia y la vida.

En el círculo de la primera imagen, el pueblo en toda su extensión. Seguidamente, sus dos únicos accesos: el terrestre y el marítimo.

Con las acciones de conflicto bélico, en el uno de defensa y en el otro de masacres violentas y desplazamientos forzados, la ciudad se marcó con la impronta del poder actuante de su gobierno, configurando un elemento arquitectónico que, en el primero, se ajusta a la necesidad social, al medio ambiente y al aprovechamiento del espacio ya construido, mientras que en el segundo, obedece a un criterio diferente de ocupación y se inserta en una ciudad donde la violencia urbana y rural, el zonning de la estratificación social y territorial, la segregación urbana y el miedo al otro, nos brinda una respuesta que define una forma de vida más saludable y digna en una sociedad citadina que convulsiona por los intereses depredadores del egoísmo y la indiferencia de una oligarquía criolla que se excede en sus demandas.

Whittier fue explorada y habitada en plena segunda guerra mundial como punto estratégico para la construcción de un puerto militar y una base logística para el ejército de los Estados Unidos en Alaska, fue diseñada por el ingeniero militar Antón Anderson, quien fundó y coordinó el asentamiento militar llamado en primera instancia Camp Sullivan, en 1943 en este territorio, que es una planicie del estrecho de Prince William Sound, rodeada por las montañas llenas de nieve, y a donde solo se puede acceder por vía marítima o el túnel carreteable de un solo sentido que atraviesa el sistema orográfico del entorno y que permite así el único acceso terrestre para el paso de vehículos y trenes.

Con el devenir de la guerra fría y el terremoto de 1964 que causó severos daños a las torres de un estilo arquitectónico brutalista lecorbusiano, pierde importancia como punto de defensa geoestratégico para el imperio del gran Tío Sam y son abandonadas por el ejército norteamericano en la década del 60 y entregadas para su protección a la empresa estatal de los ferrocarriles nacionales de Alaska.

A partir de 1972,  las torres son reconstruidas y fueron desalojados los militares que pernoctaban en el Edificio Buckner, así como sus familiares que lo hacían en la Torre Begich, para ser ocupadas de hecho por los pocos habitantes asentados en el lugar con la excepción de la torre Buckner, que por sus características en los materiales utilizados en su construcción —las construyeron con fibra de amianto que es material resistente al calor y al fuego, pero que puede causar en las personas que están expuestas al material enfermedades mortales como cáncer de pulmón, mesotelioma, cáncer de laringe, de ovario, y asbestosis o fibrosis de los pulmones— son invivibles.

Iluminada, la torre Begich, la cual alberga el 75 por ciento de 300 familias. Apagada, la torre de Buckner, abandonada.

Las bajísimas condiciones climáticas del lugar con temperaturas por debajo de los cero grados centígrados en invierno, la disponibilidad de una mole de 14 pisos dividida en tres bloques con sus accesos marítimo-terrestres y la condición laboral creada desde su fundación como asentamiento, hace que, por la necesidad de vivienda, el 75 por ciento de su población reciba de la empresa estatal de ferrocarriles, dueña única de esa infraestructura de tipo militar, sus derechos solo para habitarlas y mantenerlas. Es así como la edificación que fue diseñada para los familiares de los militares de la base en comento, cambia de uso con los nuevos residentes del contenedor arquitectónico, el cual convierte los sueños de los arquitectos Antonio Gaudí, la sociedad John Mead Howells-James Gamble Rogers y Frank Lloyd Wright en una realidad a medias de lo que sería una ciudad dentro de otra.

Whittier representa en menor proporción o ¿ajustada proporción? lo que se conoce en el ámbito de la arquitectura como ciudades densas, o el concepto aplicado por el arquitecto colombiano y profesor de la Sorbona Carlos Moreno a la ciudad francesa de París secundado por la alcaldesa Anne Hidalgo en lo que se conoce con el nombre de “la ciudad de los 15 minutos”. Este concepto, según su autor, define “un modelo urbano altamente flexible que garantiza que todos los ciudadanos puedan acceder a las necesidades diarias a una distancia de 15 minutos, rompiendo así la hegemonía del automóvil y reintroduciendo las cualidades históricas de las ciudades en la planificación urbana contemporánea”(sic).

Niños a todo dar: zonas recreativas internas infantiles de la torre Begich.

En Whittier aproximadamente 300 personas comparten la infraestructura residencial que fue rediseñada en su interior. En ella se encuentran sin salir de la mole de concreto que los contiene —solo utilizando los ascensores y los hall de reparto o zonas comunes— todas las fuentes de servicios que distribuyen y solventan las necesidades de los moradores en todos sus aspectos como su palacio administrativo (Alcaldía), su centro espiritual (Iglesia), su seguridad alimentaria (Supermercado), su seguridad personal (Estación de Policía), su atención a la salud y a la educación (cuenta con una clínica y un colegio que se encuentra en la acera de enfrente y se conecta por medio de un túnel: imagen destacada de este módulo), su oferta recreativa (piscinas e instalaciones deportivas) más de 200 apartamentos, estación de bomberos, restaurantes, un hotel para el turismo de verano y otros sitios no menos importantes pero que atienden con satisfacción el requerimiento de la gente que lo habita.

Las diferentes acciones de guerra interna y de baja intensidad en nuestro país, trajo consigo el desplazamiento de miles de personas del campo a la ciudad y de las ciudades mismas, con ello nace un proyecto de vivienda integral para las víctimas del conflicto en el marco del programa de vivienda gratis del gobierno nacional en cabeza del Nobel Juan Manuel Santos y la política del Centro Ampliado, que fue avalada por la administración distrital de gobierno de la Bogotá Humana 2012 – 2015 a través de un concurso público de méritos, en el cual participaron más de 40 propuestas de proyectos urbanísticos, siendo escogido como ganador el proyecto Plaza de la Hoja del arquitecto colombiano Felipe González Pacheco director de MGP Arquitectura y Urbanismo, quién plantea que el proyecto ganador fue diseñado para que “sus habitantes tuvieran la posibilidad de acceder a diferentes servicios a través de obras que reactivaran el sector: un centro de desarrollo comunitario, un centro cultural, un jardín infantil, espacios comerciales, una torre de oficinas y una intervención en la plaza, estos espacios lograban que el primer nivel del proyecto fuera permeable y público, concepto que se aproxima al de las ciudades densas y de 15 minutos.

Enfoques de acceso principal e internos de cómo debió haber sido construido el proyecto de la Plaza de la hoja. por indiferencia de los gobiernos subsiguiente
al que lo creó, muestran otra cosa distinta e inacabada. Y mucha gente necesitando vivienda de interés social.

La realidad de este proyecto —Plaza de la Hoja— nos muestra una verdad de a puño en cuanto a la indiferencia de las subsiguientes administraciones hasta el día de hoy, la cruda realidad de saber que no movieron un dedo para hacer factible su continuidad. El arquitecto Felipe González Pacheco propuso dentro de su iniciativa una estructura administrativa y de participación y concurrencia de recursos de entes administrativos del Distrito para lograr los objetivos de este proyecto integral de viviendas VIP, sugiriendo el concurso para construir dichas viviendas prioritarias a la entidad constructora pública de Metrovivienda, la cual cumplió a cabalidad con la entrega de los 457 apartamentos asignados a cada desplazado, después de acordar con algunos sectores aledaños de edificios multifamiliares de vivienda y renuentes al proyecto de la Plaza de la Hoja la continuidad de su construcción por la condición social de los futuros ocupantes. Una vez disipado este impase y concertada su aceptación en el entorno de la localidad de Puente Aranda, debían actuar las instituciones públicas de gobierno distrital como la Secretaría de Integración Social, que había asumido el compromiso de construir para el proyecto el Centro de Desarrollo Comunitario y el Centro de Emprendimiento; la Defensoría del Espacio Público y Transmilenio, que de igual manera se comprometieron para intervenir la plaza principal del proyecto; la Secretaría de Cultura a la que se le asignó el compromiso de construir el Centro de Cultura y finalmente el Instituto de Desarrollo Urbano que se comprometió a habilitar las oficinas y los parqueaderos público. Lamentablemente estas instituciones públicas no cumplieron con las obligaciones de compromisos asignados en el acuerdo de concurrencia administrativa y económica, por tanto, el proyecto en la actualidad se encuentra incompleto, esperando una segunda oportunidad para respirar y deleitar su culminación total.   

Aunque parezca paradójico ambos contenedores arquitectónicos en Whittier y en Bogotá construidos en espacios diferentes, terminan de una forma u otra encontrándose en su forma útil de servir a una condición humana en específico en su hábitat de vida, bajo una misma teoría y concepto en la forma de entender la arquitectura.

Dos realidades un mismo objetivo. Lo soñado y lo vivido… Una manera de despojo de los derechos incumplidos.

Mientras un profesional y docente colombiano en arquitectura encuentra un apoyo en tierra lejana como la francesa para concretar uno de sus postulados que harán que las ciudades —cualquiera que sea— sean más sostenibles, amigables y vivibles, nuestros coterráneos que representan la insensatez de los gobiernos de turno, lapidan, arrastran y crucifican a uno de nuestros arquitectos que propone llevar a la práctica en el proyecto Plaza de la Hoja, el postulado de la ciudad de los 15 minutos de su colega arquitecto Carlos Moreno, que ha hecho de la ciudad luz, la referencia urbanística a imitar en el mundo, que tiene altamente orgullosa y llena de un entusiasmo imperecedero a la alcaldesa de París Anne Hidalgo.   

Ayer la ciudad de Whittier en Alaska encontró el acompañamiento de un Estado sensato con sus ciudadanos, sin que estos hubiesen pasado por las vicisitudes de violencia extrema y de despojo de sus pertenencias a que fueron sometidos los nuestros. Hoy los lugareños de Whittier conviven en forma armónica y poseen una calidad de vida digna, reluciente y equitativa, mientras nuestros representantes de gobierno continúan ahora con el despojo a que tienen derecho sus gobernados ya no con la vida, pero si con sus alegrías y desarrollos de vida para un mejor vivir con dignidad´