Infodemia*

Desde su estilo asentado en academia y amplio dominio del léxico, Fare Suárez Sarmiento apunta hacia el evento electoral del domingo 19 de junio y comenta comportamientos del elector que forjan páginas de reprochable historia.

Aquel 19 será el recuerdo que en mí vivirá

Por Fare Suárez Sarmiento.

Imposible borrar de la memoria las ocho horas de desasosiego que nos hará padecer el ballotage. Tiempo durante el cual hervirá la euforia acezante, y los miedos se abrazarán para que el populismo fundamentalista sepulte su deseo de arrojar sobre Colombia, las plagas bíblicas con las que pretende mantenerla prisionera por cuatro años más. Operó el fenómeno serendipia (hallar algo que no se buscaba) apoyado por el discurso maniqueísta que acentúa la miopía sobre la realidad política del país. Lo peor deviene por la ingenuidad del efecto Pigmalión adverso, debido a la insistente puesta en escena del grotesco oponente.

La cantidad de eventos mediáticos, donde se exhibe la supina egolatría del candidato anómico y anárquico, en lugar de repulsar, genera una fuerte dosis de morbosidad publicitaria que insinúa situarlo como contrincante de mucho peso. No obstante, ni el perrateo, ni la jarana carnavalesca por la excentricidad y la ignorancia sobre aspectos consignados en la bitácora presidencial, serán suficientes para superar los peldaños de la fama alcanzados por El Chavo del Ocho.

De todas maneras, el pueblo consciente de las urgentes transformaciones del país, debe seguir alerta, no tanto por los resultados de las encuestas como medida para conocer la intención de voto; también debe activar la memoria con el objeto de tener presente aquella elección al concejo de Bogotá del embolador Luís Eduardo Díaz en el año 2000, quien por poco llega a los mil quinientos votos. Ese pueblo secuestrado por la propaganda infodémica, llevó al Congreso a Pablo Escobar y se dio el lujo de sostener a Roberto Gerlein durante cincuenta años en esa corporación legislativa, la cual asumió como dormitorio cinco estrellas. Me arriesgo afirmando que el presente tsunami informativo sobre y contra el candidato de rancio abolengo, constituye un fenómeno inédito en la geografía política universal. Ha sido tanto y tan variado el desfile de imágenes adocenadas y de discursos disfemísticos observados en las redes sociales —principalmente— que, hasta el ethos simbólico femenino ha sufrido los estragos de la feminofobia expresada sin tapujos por el candidato. Por fortuna, el affidamento de las mujeres hizo el debido llamado a la sororidad (solidaridad) para enfrentar y rechazar los ultrajes y deslustres en los cuales reduce el valor de la mujer a la domesticidad, al mejor estilo del Penelopismo en La Odisea.

Algunas veces, la frustración y el desánimo nos llevan a culpar a la gente por la escasa reflexión y visión crítica sobre la realidad planetaria; terreno fértil para que la manipulación se incube en el nido de la razón y las pasiones ciegas se hospeden en el corazón. En este escenario, poco o nada vale la alta formación profesional. Tanto el docto como el indocto son prisioneros del odio contra lo que ignoran; han sido cooptados por el miedo, la desconfianza y el temor frente a la inminencia de un presunto derrumbe financiero familiar y personal. El desfile de fantasmas copiado de otras desgracias socioeconómicas y políticas, ha penetrado con tal fuerza en el ideario de alguna gente, que se sumergen en discusiones callejeras con desenlaces muchas veces fatales.

Al final, en cuestiones electorales, cualquiera sea su estatus, no existe sociólogo, psicólogo, antropólogo, ni psiquiatra capaz de caracterizar el estado mental o de interpretar los actos del pueblo colombiano. El análisis apenas alcanza para distinguir los tipos de electores que participan en las contiendas. Un reducido sector expresa su ideología marxista en las urnas en consonancia con el candidato que se identifica con su tendencia. Otro grupo, de considerable cantidad, analiza las posibilidades de éxito personal y se adhiere, en clásico arribismo, al candidato con predicciones de triunfo; el grupo mayoritario defiende su empleo accediendo a la sutil petición del patrón; tal vez, el colectivo que brinda mayor fruto por su confiabilidad sea el familiar; sobre todo, si el objeto es apoyar y defender los intereses del peticionario vinculado con la familia. Sería injusto soslayar el protagonismo del amigo; ese personaje grupal o individual que funda su decisión electoral en la relación amistosa. Sujeto digno de confianza a quien el candidato no tiene la necesidad de persuadir; la amistad es el garante del acompañamiento a las urnas.

Resulta lamentable la alusión a la inapetencia tradicional de los innominados en los asuntos políticos; individuos que venden el sufrimiento para que este huya del hogar por uno o dos días. Grupos cuyas lágrimas se las arrebata el desbordamiento habitual de ríos y afluentes enfurecidos, que también obligan a navegar a niños, ancianos, animales de cría y cultivos de pancoger, que se tropiezan con los enseres domésticos.

Ahora, el país cuenta con un invitado de honor, selecto grupo otrora indiferente, que se distinguía por su presunta desafección por la política, cuando en realidad no era cosa distinta que el rechazo silencioso a la politiquería. Ya sabemos que el despertar de la sensibilidad juvenil los ha llevado a oponer al pesimismo por la realidad política del país, el optimismo de la transformación, cuyo centro axial seguirá siendo la conquista de los espacios de opinión con la garantía de expresarse a través de la acción. El país no puede seguir apostándole a la ingenuidad de la juventud para el futuro, cuando les ha sido arrebatado el presente. Bien sabemos que no podemos soñar el futuro sin estar despiertos en el presente. Se trata del aquí y el ahora, enardecidos por el deseo de recuperar la dignidad nacional, y el calor por cavar bien profundo la bóveda de los autores, fautores y acólitos, pertenecientes a los partidos políticos, que han venido incinerando las esperanzas de esta nueva generación.

Se agotarán los silencios. El ruido de la historia política del país atizará los debates fundados en la lavandería de ropa sucia; las comparaciones entre los discursos deletéreos y la desacralización de la tradición judeo-cristiana, columpiándose con frases circenses, develarán la vulgaridad de una campaña en la que la virgen María desempeña un papel por alusión.

Después del 19 de junio se extinguirá la petrofobia, y los pulmones se hincharán con el aire de la esperanza contenida. El miedo patológico infundido se deshará, en la medida en que la red social empiece a tejer su bienestar con los hilos, desde donde penden los programas de gobierno en marcha. Es posible que después de la tempestad lleguen las incertidumbres; pero la otra Colombia, la que merecemos, florecerá en medio del desierto político, y la agonía social sembrada por la histórica hegemonía de la élite criolla. Entonces, brindaremos por la salud económica de la casi extinta clase media, del precariado y la de los ninguneados, coreando el tema del bolerista dominicano Alberto Beltrán: aquel 19 será el recuerdo que en mí vivirá.

*Infodemia: Locución derivada de la unión de información con epidemia: información excesiva —falsa o verdadera— que dificulta el acceso a la proveniente de fuentes fiables que guíen, con acierto, hacia una toma de decisiones, en los momentos em que más se requiere.