Jóvenes

Sobre la base de su experiencia como profesor en aula de clases, Alonso Ramírez Campo expone esta vez —con acertada descripción desde su día a día— aspectos concernientes al comportamiento de los jóvenes de hoy.

Ser joven hoy

Por Alonso Ramírez Campo

Los jóvenes de hoy son un fenómeno en permanente mutación, no quieren parecerse a nada de lo que está establecido como buscando diferenciarse de los adultos, sustentan sus ideas con palabras genéricas que no están avaladas por diccionario alguno, asumiendo su propio lenguaje constituido por una jerga como registro o código social propio de su edad. Deambulan como nómadas en grupos por las ciudades altamente urbanizadas de acuerdo con el consumo y los gustos del consumo, configurando una manera de ser, de pensar, de vestirse, de divertirse, de comunicarse, de comportarse.

Puede que conserven su identidad creativa cuando se vean enfrentados al aprendizaje, pero también deben ser capaces
de esforzarse para incorporar los aprendizajes que así lo exigen. Imagen de https://www.istockphoto.com/

Usan palabrotas en voz alta, hacen más ruido que una caja con pollos y en ocasiones son más bulliciosos que una pelea de perros. Se tratan entre sí con expresiones que las generaciones anteriores creían un insulto pero que ellos las convirtieron en afectuosas y normales. Se viven tocando y abrazando, muchas veces asumen una postura corporal descomplicada, caminan con los hombros caídos y arrastran los pies, se amontonan los unos con los otros con frecuencia en torno a una señal que los convoque a una experiencia que rompa con la rutina de la vida cotidiana.

 En la escuela, cuando suena el timbre para entrar a clase, caminan lento como perdonando el tiempo, otros se quedan haciendo “operación pasillo” charlando con compañeros de otros cursos y hay algunos que estando dentro piden permiso para salir otra vez porque olvidaron algo o porque no fueron al baño.

Mientras esto sucede, sentarse lleva tiempo y el profesor con la paciencia de Job espera que se organicen conversando con alguno o mirando como se va organizando el grupo. Sin duda, comenzar la clase con la atención debida es casi una proeza que implica paciencia en unos jóvenes que viven en una especie de zaping conectándose y desconectándose intermitentemente con audífonos al celular el que nunca terminan de guardar a pesar del requerimiento que hace el profesor. Esto conlleva a que se dispersen a toda hora y terminen apurándose a última hora a terminar el taller o la guía de clase.   

Muchas veces, los jóvenes desean debatir temas de actualidad, pero si la iniciativa parte de ellos incluyendo a todo el grupo, es difícil que lo logren, pues muchos participan, pero lo hacen al mismo tiempo y no tienen oído para la boca del otro y terminan discutiendo a gritos y otros prefieren conversar del tema o de cualquier otra cosa con el que está cerca, otros se limitan a esperar en silencio, atentos uno, indiferentes los otros a que termine la clase.

Frente a esta situación, los estudiantes prefieren que sea el profesor quien los invite a clases participativas en lugar de clase magistral, pero en pequeños grupos.

“En general a la mayoría de ellos y ellas también se les dificulta expresar por escrito las ideas y aunque reconoce esta limitación la minimizan con la idea de que no es necesario saber redactar ni tener buena caligrafía ni ortografía; los errores que aparecen en la escritura no se consideran importantes. Valoran el aspecto creativo de sus trabajos y esperan que no se le dé importancia a lo formal.  El aprendizaje de conceptos alejados de su realidad no es bien recibido; solo cuando el docente liga tales conocimientos a sus vivencias lo reciben con placer y consideran que pueden utilizarlo creativamente”.   

Atender tantas cosas a la vez, hace que el salón de clase tenga un fondo ruidoso, que de cuando en vez, a algunos de ellos molesta. Caso contrario sucede con el profesor que vive inquieto por el murmullo que interfiere para que el mensaje llegue al estudiante o bien para que las palabras del estudiante sean escuchadas.

En medio de esta torre de babel, los cursos parecen fraccionarse en subgrupos según sus características, los más estudiosos se sientan juntos y son catalogados como nerdos y los más populares hacen lo mismo y los que no son nerdos ni populares quedan en una especie de limbo flotando entre los dos bandos.

Para muchos de estos estudiantes, los contenidos de las materias pasan a un segundo plano y sobrevienen otras preocupaciones, otros interrogantes dirigidos al cuerpo, a la sexualidad y a la identidad. Los limites parecen perderse y el joven estalla, habla, pelea, grita, ama, se estremece … Todo pareciera transcurrir al mismo tiempo en el mismo escenario.

Todo este drama digno para una obra de teatro supone que los profesores den un giro en la metodología, en la didáctica y, en últimas, en los paradigmas.

Esto implica tener manos de seda para meterle la mano al nuevo dispositivo que se presenta, evitando que nos estalle en la cara. Es hacer de cuenta que estamos en un laboratorio de química de muchos elementos que hay que saber combinar, lo cual precisa aventurar algunos aspectos a tener en cuenta frente al reto que presenta la ontología de lo joven hoy.

En este sentido, la psicopedagoga argentina Claudia López Albarracín sugiere las siguientes premisas:

Imaginemos que los jóvenes conserven su identidad creativa cuando se vean enfrentados al aprendizaje pero que también sean capaces de esforzarse para incorporar los aprendizajes que así lo exigen.

No tienen oído para la boca del otro y hasta prefieren conversar del tema o de cualquier otra cosa con el que está cerca.
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—Que sea posible mantener la fantasía, la imaginación y desarrollar la capacidad de análisis.

—Que se recupere el respeto hacia el otro en la comunicación, sin caer en rituales vacíos, carentes de significación.

—Que hubiera normas de convivencia claras sin que esto implique una disciplina autoritaria.

—Que los padres mantuvieran la cercanía con sus hijos sin que quisieran ser ellos adolescentes ni perdieran su lugar como padres.

—Que la sociedad volviera a considerar al docente como alguien valioso y a la institución escolar importante en la vida de los niños, los adolescentes y, en general, de la sociedad.

—Que la pedagogía trabajara en forma mancomunada con otras ciencias generando cambios en donde tenga lugar el joven de hoy.

—Que, frente a la caída de los valores y modelos, la sociedad se planteara qué se puede ofrecer hoy y que esta oferta fuera de la mano con la creatividad, para reinventar los modos de vivir el presente.

 —Que las ciencias humanas y sociales, al igual que la filosofía recuperen el lugar que merecen junto a las ciencias y la tecnología.

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