Por fin el fin

Ha finalizado la primera etapa de la carrera hacia la Presidencia y Fare Suárez Sarmiento escarba en los bultos de votos mayoritarios arrumados entre la población excluida, golpeada incluso por la ira de la naturaleza.

Fin de la orgía infodémica

Por Fare Suárez Sarmiento

Cayó el telón y la música clásica de fondo, anunció el final de la obra: Carnavalización electoral, al mejor estilo del filósofo ruso Mijail Bajtin, de quien parece hubieran tomado los medios de comunicación la categoría: sacralización y desacralización para exhibir falsas virtudes o enmascarar deshonras de los candidatos. Pero no podíamos esperar un espectáculo distinto dentro de una obra históricamente marcada por el padre Rentería para calificar las películas en la novela El coronel no tiene quien le escriba. La ausencia de creatividad narrativa para acercarse al público biografiaba a cada candidato; los discursos plagados de lugares comunes y la egolatría extrema, casi mesiánica, ungidos por el aliento divino, daban cuenta de la miseria de ideas y proyectos solutivos a las urgencias de la gente. Propuestas tan globalizantes que pretendían cubrir las expectativas de todo un país, no obstante reconocer en sus tartamudeos discursivos que Colombia es un país de regiones.

No hay dudas de que durante la campaña se busca la enumeración de las necesidades nacionales, como una estrategia persuasiva que alcance para todos; sin embargo, los bultos de votos mayoritarios se encuentran dentro de la población excluida, marginada, golpeada en estos días por las inclemencias de la ira de la naturaleza. Ríos que expresan su inconformidad, arrasando sin escrúpulos los sueños y hasta la vida de niños, ancianos, animales y viviendas enteras. Estos votantes no podrían asimilar la importancia de democratizar la tierra, como tampoco la trascendencia de una renegociación del Tratado de Libre Comercio, mientras nadan por las calles del barrio detrás de una nevera o, buceando en la búsqueda de un hijo pequeño arrebatado de su cuna por la furia incontrolable de una quebrada, que se cansó del maltrato.

El alardeo demoscópico cambiaba de protagonista; a menudo y de manera casi inverosímil, las preferencias o tendencias sobre la simpatía de los candidatos dependía del financiador de la encuesta. Aunque el candidato del Pacto Histórico se mantuvo en el podio, algunos medios forzaron la disminución de la ventaja, como una táctica política para sembrar dudas entre los electores.

Ahora creo, la paz reclamará mi espíritu a partir de la noche del domingo 29. La anomia informativa, los mensajes petrofóbicos agresivos contra los que piensan distinto por radio y televisión, los libelos en revistas y periódicos y los insultos callejeros, se constituyeron en elementos de la canasta familiar.

A veces tratábamos de evitar el consumo enfermizo de voces e imágenes que reproducían mentiras y acentuaban el terror de las personas que auun no han aprendido a leer la enciclopedia política del mundo. Difícil para ellos reflexionar sobre lo escuchado o leído; la escasa o ninguna pedagogía electoral no llegaba como estímulo hacia la búsqueda de una formación política que les permitiera controvertir las afirmaciones asociadas a la crisis de Venezuela, Cuba o Nicaragua; todo lo recibido venía en empaques cargados con miedo, un miedo que, debido a su desgaste prematuro en las campañas, no alcanzó a quitarle el sueño a la montaña de esperanzas que había de besar la foto antes de meterla en la urna.

Se acabó la orgía infodémica. Ya los trapos sucios tendidos a la luz del país fueron recogidos y guardados en el baúl de la ignominia. La tormenta periodística tendrá que cambiar el contenido de su libreto y la forma de compartirlo con la gente. Entendemos que no se trata de ideología, per se; ella yacerá en la conciencia individual sin mediación de triunfos o derrotas; en tanto los mercenarios de mercado informativo, cambiarán los mensajes tóxicos por lisonjas redituables hacia los vencedores. Nos queda la intriga respecto de la reacción de la sinarquía o gobierno de grupos de poder frente a la destrucción del imperio político, herencia del Frente Nacional, y con él, la posibilidad de seguir succionando cada hálito de riqueza que habita en los mares, corre por los ríos, se esconde en las montañas, cruje entre los árboles de las selvas y se evapora de los bolsillos de la clase media.