S.O.S.: ¡Vida!

Centenas de miles de alumnos colombianos aun no ven claro el panorama futuro, mientras la política educativa —inclusive la del gobierno progresista—, no ha encendido las alarmas suficientes para enfrentarlo. Análisis de Alonso Ramírez Campo.

CARTA ABIERTA A GUSTAVO PETRO

S.O.S ¡Abrir escuelas de vida!

Por Alonso Ramírez Campo

Parafraseando a Estanislao Zuleta, es verdad que tres besos más tres besos en el contexto del amor todavía son muy poquitos, pero en el contexto de una riña, tres puñaladas más tres puñaladas ya son francamente demasiado. En esta dirección, el sentido de una acción depende del contexto: para un alpinista una montaña tiene sentido porque escalarla hace parte de su proyecto de vida, en cambio para un aviador no tiene mucho sentido más allá de pasarla por encima para no estrellarse. En otras palabras, el sentido de alguna cosa —cualquiera que sea— está precedido por proyectos de vida y un proyecto es una intencionalidad que se expresa en un proyecto o plan, en unas metas o propósitos.

Esta breve introducción, sirve para preguntarnos por ¿Cuál es el sentido de la educación media? Tal vez, hacernos esta pregunta nos mete en un berenjenal, porque da la impresión de que mientras se resuelve la cuestión (que ya lleva décadas) esta es una jaula de pubertos que hay que mantener encerrados en espera de qué hacer con ellos. A veces, da la impresión de que sea una extensión de la primaria y otras veces una preparación para la vida laboral y, en últimas, un cruce por donde un vehículo termina estrellado entre las dos tendencias.

Hace un tiempo, en relatos de escuela, un alumno dijo: “La escuela es como un cheque posfechado que al cambiarse sale chimbo”. Esa afirmación es seguramente una fotocopia multiplicada por centenas de miles de alumnos a lo largo y ancho del país que presienten que no les aclaran el panorama futuro y, sin embargo, la política educativa no ha encendido las alarmas suficientes para enfrentar el sinsentido.

Somos un país de intencionalidades que se quedan en el papel; en plena pandemia se dijo que cuando regresáramos a la presencialidad, volveríamos al mismo edificio, pero no a la misma educación. En Bogotá se estableció una misión de sabiduría ciudadana  —sin ciudadanos— que promulgo que “la meta es transformar la educación para que las nuevas generaciones de ciudadanos puedan ser felices, buenos seres humanos y que la capital responda a los nuevos desafíos productivos, ambientales y sociales”, pero no pasó nada, volvimos no solo al mismo edificio sino a la misma educación con alumnos desequilibrados emocionalmente, taimados, desconfiados, prevenidos, temerosos… etc.

Cierto, se han hecho notables esfuerzos por ampliar la cobertura en educación primaria y aun más en la secundaria, no obstante, todavía no se cuenta con un sistema educativo robusto que además del acceso brinde permanencia y continuidad a adolescentes y jóvenes para estudiar lo que quieren.

Ahora con la entrada del nuevo gobierno progresista, lo recomendable para no caer en la misma dinámica equivocada de la política educativa, habría que reaprender —o mejor desaprender— para olvidar las prácticas del pasado y tener la sabiduría del olvido de lo que no ha servido.

En primer lugar, se requiere de equipos de pedagogos y no solo administrativos en el Ministerio y las secretarías de educación que no vivan de espasmos burocráticos expidiendo decretos de lo que toca hacer, esto equivale a descentralizarse en las regiones y localidades para que las decisiones cuenten no solo con el respaldo de las comunidades educativas sino con el aporte de estas, es decir, requieren ser tratadas como sujetos y no como objetos de una decisión.

En segundo lugar, se requiere trazar unas coordenadas de navegación en la educación básica que supere la mirada cuantitativa de acceso y parametrización por alumno y docente, lo cual sigue siendo necesario e importante, pero de ninguna manera lo fundamental. Ahora es hora de responder si queremos algún día ser potencia mundial de la vida, por el sentido de vida en la escuela y razón de ser.

No hay nada más peligroso para la sociedad que seguir con alumnos y profesores aburridos. La teoría del vitalismo cósmico considera que lo más terrible no es el dolor de algunos momentos, sino el desánimo, la impotencia, la incapacidad de percibir lo bello en medio de los grises de la vida cotidiana. Por eso para los vitalistas vivir es una aventura que comienza todos los días, donde es necesario tener mucha imaginación, mucho sentido del humor, cierta dosis de escepticismo que no se hunda en el nihilismo, un espíritu fuerte comprometido con los intereses persistibles del hombre y un sentido vigoroso de lo pulsional.

Hay que enseñar a los jóvenes que no sientan ningún complejo de culpa por la existencia de la miseria, ellos no la crearon; tampoco que abracen la violencia, esta agrava la miseria; más bien que se preparen con esfuerzo, con mucho talento, y ánimo insobornable, para que puedan algún día construir un mundo más justo.

Para vivir bien necesitamos inventar un mundo. Si todo nos parece sucio, mezquino y feo, estaremos perdidos ante los altibajos de la vida, y si bien es cierto que las prácticas pedagógicas son decepcionantes y que nos decepcionan muchas situaciones, siempre existe la posibilidad de echar mano de la utopía para crear posibilidades en las cuales quisiéramos vivir.

Para potenciar la vida, es imprescindible emplear la pasión como fuerza del conocimiento, de la acción y de la creatividad. Pero una pedagogía vitalista no se agota en el activismo de pasarla “chévere” y andar gritando a toda hora revolcándose de alegría. La alegría que anima la vida no se expresa muchas veces en una carcajada ni siquiera en una sonrisa, es más bien una carga emocional soterrada que nos anima a seguir haciendo con coraje e imaginación lo que sabemos hacer bien, pese a las dificultades del mundo.

Sería un error no abrir “las escuelas de vida” en la educación básica si se quiere potenciar la vida. Hasta ahora, el énfasis parece estar puesto en la educación universitaria.

Atte, Alonso Ramírez Campo

Imagen destacada de ese módulo: simbología para la ‘Misión de educadores’ con ‘sabiduría ciudadana’, pero, la verdad, sin ciudadanos.