La ‘esmigajá’

Con motivo de los 30 años del asesinato de Rafael Orozco, una croniquilla de José Orellano evocando pasajes de su relación con el Binomio de Oro. Retrotrae la vez que ‘esmigajó’ el ORO del dúo.

A LOS 30 AÑOS DEL ASESINATO DE RAFAEL OROZCO

El día que ‘esmigajé’ el ORO del Binomio

Por José Orellano

Para su primer elepé, Rafael Orozco e Israel Romero aun no iba de smoking.

Las dos primeras letras del apellido de Rafael y las dos primeras letras del apellido de Israel —, fusión de las dos R en una sola— y ya estuvo…

Los dos salían de agrupaciones con algún reconocimiento artístico: Rafael del conjunto del acordeonero Emilio Oviedo e Israel de la agrupación que acompañaba a Daniel Celedón…

De Orozco, OR; de Romero, RO: OR + RO = ORO… Y con sus ímpetus juveniles de mediados de los 70 —siglo XX—, bajo esa sigla, Rafael Orozco e Israel Romero comenzaron a pensar en la misma sigla para una empresa comercial: la Organización Romero Orozco, ORO. Que después vendría El Binomio.

Porque antes de institucionalizarse, definitivamente, Binomio de Oro —sin el artículo (El)— como el nombre del grupo musical que había de organizarse como orquesta y vestir de smoking el vallenato, los créditos de su primera producción discográfica llevaron dos precisiones: “(El Binomio de Oro)-1.- “Israel Romero y su conjunto”… 2.- “Canta Rafael Orozco”. La primera mención o el dominio en los créditos del disco, era, para entonces, del acordeonero… ¡Ah!, pero aquella voz…

Que después, en el mundillo de la industria discográfica en lo vallenato, serían las voces las que se impondrían a la hora de los reconocimientos de autoría en carátula por producción musical: Diomedes Díaz con Juancho Rois o con Colacho Mendoza, por ejemplo… O Jorge Oñate con Álvaro López o con Colacho Mendoza… Y en fin.

Corrían los mediados del decenio de los setenta —1976– y, entonces, este cronista había de resultar siendo el primero en registrar a nivel de periódico de papel caribeño la circulación del primer trabajo discográfico de Israel con Rafael: puro vinilo en 33 revoluciones por minutos… Así lo precisa hoy Fernando López —y de paso actualiza memoria septuagenaria—, quien para aquellos años era promotor de la disquera Codiscos y su sello Costeño.

Años de ‘Al Oído’, años de deliciosa farándula. Israel, Rafael, Fernando y Orellano de
espaldas, recibiendo la información sobre el primer LP de El Binomio de Oro.

El que fuera el primero en registrarlo está patentizado en el recorte de periódico de aquellos tiempos —El Heraldo en blanco y negro, el de la calle 33 entre carreras 40 y 41, Calle Real, entre La Paz y Progreso de Barranquilla—, una joya amarillenta, rigurosamente guardada, que, por intermedio del colega Guillermo Romero Salamanca, me hace llegar Ferna, quien había de terminar siendo, años después, el director artístico de la disquera…

Para esos mediados de los 70, Rafa y ‘El pollo Isra’ aun posaban como paisanos, ropa común y corriente, no solo para sus presentaciones sino también para la foto de portada de su primer larga duración. Así figuran en ese primer elepé, del cual ‘La creciente’ y ‘La gustadera’ eran dos de los temas éxitos. Y habían de ser los que se pegarían para largo rato. Tanto, que aun se bailan en cualquier fiesta o época del año.

Aquella vez, Israel, Rafael y Fernando llegaron hasta la oficina de redacción de El Heraldo en la vieja sede y el encargado de la información del espectáculo o farándula desde su columna ‘Al Oido’ —por decisión de la dirección del periódico la había heredado de Beatriz Manjarrez— los atendió. Y escribió la nota que se registra en el recorte correspondiente a una edición de hace 46 años y que se reproduce como una de las ilustraciones de esta croniquilla.

«ORO es una unión para siempre», decían al unísono Rafael e Israel cuando, meses después y cada vez que se podía, nos reuníamos a departir en su apartamento localizado en un edificio de la calle Murillo de ‘La arenosa’, entre carreras 43 y 44, si la memoria me responde acertadamente.

(Permítaseme ahora, un paréntesis, porque aquí vale recordar que, desde lo periodístico, un gran impulso al Binomio de Oro —quizás el más contundente en los comienzos del grupo— se lo dio el extinto cronista Carlos Castillo Monterroza, especialmente en la desaparecida revista Antena.

De la mano de Castillo Monterroza me asomé por primera vez al Festival de la Leyenda Vallenata —tras invitación que me hiciera Ada Luz Escalona, que había participado en el reinado nacional del Carnaval de Barranquilla, a mediados de aquellos 70— y fue él quien había de presentarme a Gustavo Gutiérrez Cabello, en cuya casa en Valledupar aquel se quedaba, y fue ‘El duque’, así le decíamos a Carlos, quien ‘puentió’ el acercamiento más cerrado, la amistad, con Rafael e Israel. La imagen destacada de este módulo muestra a Carlos Castillo Monterroza llevando en andas a Rafael Orozco, en medio de una delirante fanaticada del Binomio de Oro).

Y es más: gracias no solo a aquella nota en ‘Al Oído’ sino también a nuestros anuales encuentros en el Festival de la Leyenda Vallenata —en una de estas ocasiones fui con Rafa e Israel hasta Becerril, cuna del cantante— había de surgir la consolidación de una excelente relación amistosa entre artistas y este periodista.

Pero serían nueve balazos los que habían de romper para siempre la unión físico-musical-afectuosa de Israel y Rafael y un amplio entorno. Y el blanco de la ráfaga fue Orozco. Sin embargo, la empresa había de seguir adelante. Y había de perdurar. Hoy, 46 años después de fundado, el Binomio de Oro, sin Rafa, sigue vigente como institución musical del vallenato. Y como organización empresarial. Y renovando y proyectando voces.

Binomio de Oro de smoking, ellos vistieron de frac al vallenato.

Rafael tenía 38 años cuando fue asesinado frente a su casa en Barranquilla, el 11 de junio de 1992. Para ese día yo me encontraba en los exteriores del periódico La Libertad en la capital del Atlántico, gozando de un break en la edición del diario El Informador del 12 de junio, que esa noche se imprimía acá por fallas en la rotativa del diario samario. Conversaba con colegas, entre otros Raimundo Alvarado. Y de aquí salimos para la Clínica del Caribe a saber un poco más de lo ocurrido. Como es de suponer, el hecho había de ser registrado en El Informador, del cual yo era su Editor.

Pero antes de aquella nefasta noche y la ruptura física a punta de balazos del dúo ORO, diez años antes o de pronto once, yo había informado en El Heraldo sobre el rompimiento del ya famoso y popular conjunto vallenato. Esa vez ‘esmigajé’ el ORO del Binomio, el ORO de Rafa e Isra.

Con inicio en la portada y despliegue a todo lo ancho de la primera página del cuadernillo correspondiente a la sección de Sociales que supervisaba directamente Olguita Emiliani Heilbron —la inolvidable madrina, entonces subdirectora de El Heraldo—, se publicó la crónica que hablaba sobre desavenencias surgidas en los Estados Unidos, donde se encontraban, entre el acordeonero nacido en Villanueva, La Guajira, y el cantante oriundo de Becerril, donde sus sueños de ser acordeonero habían muerto primero por decisión de su señora madre.

‘¡Se separa el Binomio de Oro!’, titulamos.

Tales desavenencias habían llevado, intempestivamente, a la desunión, decía aquel ejemplar de periódico del ayer, en texto arropado por tan llamativo encabezado e ilustrado con una foto parecida a la que lleva este bloque.

Ese día, los teléfonos de El Heraldo fueron una locura, no dejaban de repicar. Muchos lectores exigían hablar conmigo para que les corroborara y les ampliara, a viva voz, la información sobre algo que nadie se esperaba jamás: que Rafa y ‘El pollo Isra’ se reventaran algún día. En algo más de una veintena de veces me tocó invitar a los escuchas al otro lado de la línea telefónica a que, por favor, leyeran hasta el final.

El día que Israel Romero y Rafael Orozco fueron separados por el autor de la cróniquilla.

Y es que era 28 de diciembre, Día de los Inocentes. Y lo publicado por El Heraldo, era una tomadura de pelo, se trataba de una inocentada, que así se hacía saber en las últimas líneas del texto.

En horas de la tarde de ese mismo día llegó un telegrama desde los Estados Unidos a la redacción de El Heraldo, situado ahora en la ‘Calle Medio Paso’, ese pedacito de calle de una cuadra que se ‘estrella’ —norte-sur— con un costado de la Catedral Metropolitana de Barranquilla.

El telegrama lo firmaban Israel y Rafael y mediante el contenido del cable se proyectaban felices de la vida, encantados con el amigo periodista y muertos de la risa por mi ocurrencia, la cual les fue informada, vía llamada telefónica a larga distancia, por sus parejas y representantes en la capital del Atlántico.

“Solo el sentido de la amistad puede generar estas cosas”, decían. Y admitían que mi ‘osadía periodística’ redundaría en beneficio de la imagen del grupo y haría más sólida la unión.

Semanas después, a su regreso de los Estados Unidos, Rafa e Israel me visitaron en mi residencia en el segundo piso de ‘La tiendecita’ de ‘Monchi’ Blanco, esa que, ubicada en la carrera 44 con calle 62, inmortalizó en sus escritos Álvaro Cepeda Samudio. Me abrazaron como nunca antes y me llevaron toda la colección de sus discos hasta el momento y una cámara fotográfica. Y, además, un CD virgen, como revolucionario formato —nuevo, nuevecito— para grabar su música.

En medio del maremágnum de versiones que van y vienen en torno a los móviles del asesinato del cantante de Becerril —que pueden ser reales, imaginadas, exageradas o falsas, sabrá Dios— Rafael Orozco Maestre sigue siendo ídolo. Y el vallenato más querido por todos.