Mariposas

Víctor Hugo Vidal Barrios recrea una breve historia con Mauricio Babilonia y las mariposas amarillas de ‘Cien años de soledad’, obra cumbre del Nobel Gabriel García Márquez, quien naciera en ese entorno magdalenense, en Aracataca.

El misterio de las mariposas
amarillas de Mauricio Babilonia

Por Víctor Hugo Vidal Barrios

Desde que leí por primera vez ‘Cien años de soledad’, muy niño por cierto, quedé impresionado con la narrativa de Gabriel José García Márquez, sobre todo por lo real maravilloso expresado en su célebre novela.

De todos sus personajes, me llamó mucho la atención el mecánico de la United Fruit Company, quien siempre andaba con una nube de lepidópteras amarillas, revoloteando a su alrededor…

Se trata de Mauricio Babilonia, quien se volvió un ícono de  Macondo, como el ascenso a los cielos de Remedios la bella, las levitaciones del cura párroco Reyna después de tomarse una taza de chocolate bien caliente o la mágica interpretación lírica de Crespi, al medio día, inundando al pueblo del mejor abanico para ese calor agobiante.

Fue tan delatadora la presencia de sus mariposas, que alertaron a los policías de guardia, quienes dispararon a la humanidad del hombre de los insectos amarillos, supuestamente por considerarlo como un vulgar ladrón de gallinas, cuando intentaba entrar a la casa de los Buendía para visitar a Renata Remedios Buendía, ‘Meme’, porque Fernanda del Carpio, su futura suegra, no estaba de acuerdo con los amores de su hija con un simple mecánico de la citada compañía bananera.

De esa relación sentimental con Mauricio Babilonia —como el color amarillo que la envolvía—, Meme queda preñada y trae a este mundo a Aureliano Babilonia, que Fernanda del Carpio intenta ahogar y termina criándolo a escondidas y presentándolo finalmente como el niño que fue encontrado en una canastilla, igual que Moisés.

Pero lo que más me llamó la atención es la causa de la presencia de las mariposas, detrás del viejo ‘Mau’; resulta que por la piel de este señor, brotaba a cántaros la bilis dérmica —muy dulce por cierto— lo que atraía a sus seguidoras fieles,  contrario a la bilis hepática muy amarga y de repugnante olor…

Todo ello me comprometió a escribir y pintar sobre ese realismo mágico de mi ‘Cienaguas’ —el verdadero Macondo— y surgen mis libros de cuentos macondianos ‘Colcha de retazos’ y ‘El ángel de Macondo’, además de la serie de mariposas de la cual, tan solo una parte, anexo en este escrito.