Once mujeres irrumpen en la carrera presidencial 2026, marcando un hito político en Colombia. Sin embargo, la representación sigue siendo limitada y revela profundas brechas de género persistentes.

CONDICIÓN, MUJER
Once ELLAS y un poder aún desigual

Once mujeres están hoy en el tablero político colombiano con la mirada puesta, directa o tangencialmente, en la Casa de Nariño. Once nombres que, más allá de sus diferencias ideológicas, encarnan una realidad que avanza con paso firme pero aún desigual: la presencia femenina en el poder sigue creciendo, aunque no lo hace al ritmo que exige una democracia verdaderamente paritaria.
La cita clave será el próximo 31 de mayo, fecha que marcará un nuevo filtro en la carrera electoral hacia el 7 de agosto de 2026. De ese grupo, cuatro mujeres compiten directamente por la Presidencia de la República: Clara López, Claudia López, Sondra Macollins y Paloma Valencia. Que haya más de dos candidatas en esta contienda ya constituye un hecho histórico en Colombia. No es menor. Durante décadas, la política nacional fue un escenario casi exclusivo de hombres, donde las mujeres apenas figuraban como excepciones simbólicas.
Sin embargo, el dato también invita a la cautela: los hombres siguen siendo mayoría en la competencia presidencial. El récord femenino convive con una estructura que aún privilegia liderazgos masculinos. La pregunta, entonces, no es solo cuántas mujeres participan, sino en qué condiciones lo hacen y qué tan reales son sus opciones.

En ese panorama, Paloma Valencia aparece como la candidata mejor posicionada tras su impulso en la Gran Consulta por Colombia, mientras Claudia López mantiene un alto reconocimiento nacional. Ambas representan estilos distintos de liderazgo, pero coinciden en algo fundamental: han logrado romper techos que hace apenas unas décadas parecían inquebrantables. Sus trayectorias evidencian que las mujeres no solo participan, sino que compiten con peso propio.
Al mismo tiempo, otras siete mujeres buscan llegar a la Vicepresidencia, un cargo que, aunque históricamente subestimado, ha ganado visibilidad y contenido político en los últimos años. Aída Quilcué, María Consuelo del Río, Luisa Fernanda Villegas, Martha Lucía Zamora, Luz María Zapata, Edna Bonilla y Mila María Paz Campaz integran este grupo que aspira a ocupar la Casa de la Vicepresidencia, una residencia oficial relativamente reciente, construida en 1999 y cuyo uso también refleja las transformaciones del cargo.
El referente inevitable es Martha Lucía Ramírez, la primera mujer en ocupar la Vicepresidencia entre 2018 y 2022. Su paso por el cargo abrió una puerta institucional que hoy otras buscan consolidar. A ella se suma Francia Márquez, una figura profundamente simbólica y política, que resignificó la vicepresidencia desde una narrativa propia, centrada en la dignidad, la justicia social y su ya emblemático llamado a “vivir sabroso”. Aunque no ejerció la Presidencia de manera interina —inexplicablemente el presidente Petro no ha querido darle “La palomita”— , su impacto trascendió lo protocolario y dejó una huella en la representación de sectores históricamente excluidos.

Pero más allá de los nombres y las campañas, los números siguen contando una historia de brecha. De las 161 curules territoriales proyectadas en la Cámara de Representantes para el periodo 2026-2030, solo 48 serían ocupadas por mujeres: un 29,8%. En el Senado, 108 curules, la cifra apenas alcanza el 30%, con 32 escaños femeninos, uno más que en el periodo anterior. Es decir, el avance existe, pero es lento, casi tímido frente a la urgencia de una representación equitativa.
Aquí es donde la conversación feminista se vuelve imprescindible. No basta con celebrar la presencia de mujeres en la contienda electoral; es necesario cuestionar las estructuras que limitan su acceso, su financiación, su visibilidad y, en muchos casos, su seguridad. La política sigue siendo un terreno hostil para muchas lideresas, atravesado por violencias simbólicas y reales que desincentivan la participación.
“Área Rosa” no es solo un espacio para contar cuántas mujeres hay, sino para preguntarnos por qué aún no son más. Once nombres en el juego son una señal de cambio, sí, pero también un recordatorio de lo que falta. Porque la igualdad no se mide en excepciones destacadas, sino en reglas del juego justas.
Y mientras comienzo a prepararme para la próxima entrega de “Área Rosa”, queda claro una gran verdad en esta discusión: la de una democracia que todavía tiene una deuda pendiente con las mujeres.


