Córdoba convierte su tragedia en símbolo: del jaguar escondido en una letra al sombrero vueltiao que, vuelta tras vuelta, cose memoria, identidad y resiliencia en plena Vitrina Turística de Anato.

VUELTIEMOS
Córdoba en una vuelta:
la O que no estaba rota

Por José Orellano
Apenas crucé el umbral del pabellón internacional de Corferias —donde 30 países están representados— me propuse encontrar dos historias para contar.
Me asomé primero al estand del Caribe mexicano, destino internacional invitado de honor, pero al instante pensé en Córdoba —en su drama reciente y su presencia en la Vitrina— y dejé atrás a los manitos. Salí del pabellón y me encaminé hacia la nave cuatro, donde, en el estand 523, se ubica el destino nacional invitado de honor: la tierra del gran Miguel ‘Happy’ Lora.

Apenas apunté el lente de la cámara hacia su fachada, algo me produjo un fuerte impacto visual: la segunda “O” de la palabra Córdoba parecía “esmigajá”. Pensé que quizá se trataba de una simbología de último momento, una suerte de recordatorio —en medio del certamen turístico— de la difícil situación que atraviesa el departamento sabanero como consecuencia del cambio climático.
—No, no se trata de eso —me dijo un muchacho que atendía uno de los espacios con sello cordobés—. Mírelo detenidamente y descubra.
Así lo hice, pero nada advertí de inmediato. Al notar mi vacilación, el chico insistió:

—Enfóquese. ¿No ve acaso la cara de un jaguar?
—Sí —respondí, largos segundos después.
Y, en efecto, al observar con detenimiento esa “O” hecha trizas, se revela el rostro del emblemático felino sabanero. Un símbolo de fuerza, resiliencia y poder que, aun con el agua al cuello, los cordobeses anhelan ver reflejado —aunque sea por ósmosis— en su equipo de fútbol, que en la Liga BetPlay marcha en el puesto 14, con 10 puntos de 21 posibles.
Dejé a un lado la curiosidad por la supuesta “O esmigajá” y fijé la mirada en una mujer ataviada con vestimenta campesina, de toques sofisticados, que invitaba a los asistentes a grabar videos junto a ella y su pareja, posando al lado de una figura de jaguar.
Se llama Pauli Páez. Habla sin reservas. Se define como una “artista cordobesa integral”: actúa, baila, canta, da clases de música y forma niños. “Soy de las artistas más reconocidas del departamento y, artísticamente, me llamo Pauli Pilar”, agrega.
Bailando junto al jaguar, anima a los visitantes a vibrar con las expresiones culturales de Córdoba e interpretar el espíritu resiliente de su gente.

—En este evento cultural, ante las acciones de la naturaleza, mostramos la cara amable del cordobés en medio de la tragedia —dice—. Mi departamento vive una dura realidad, pero pronto pasará. Córdoba volverá a florecer y será como siempre ha sido.
En esas, una voz me extendió invitación para asistir —en vivo y en directo, como dicen— al paso a paso del proceso artesanal del sombrero vueltiao, uno de los fuertes, desde el municipio de Tuchín, en la exposición de Córdoba en la Vitrina Turística de Anato.
—Una sola historia, no dos. Una sola: Córdoba y su muestra resiliente —me dije.
Me senté en una de las gradas blancas del pequeño auditorio habilitado para ese propósito.
De entrada, me llamó la atención una máquina de coser en manos y pies de una señora mayor. Me acerqué. Su ‘Singer’ mecánica —con su motorcito fiel— la acompaña desde hace 22 años. Lleva más de dos decenios dedicada al armado: la fase final en la que se unen todos los pasos de un proceso con más de dos siglos de arraigo, en el que intervienen diversos miembros de la etnia Zenú. Familias enteras viven de ello.

Le pregunté su nombre. Me entregó una tarjeta:
“Luzmila de Jesús, administradora de Artesanías Elvis” —en Tuchín, ‘La cuna del sombrero fino’—. “Nuestras manos tejen un mundo de imaginaciones, todo con la fibra de la caña flecha”, se lee en la tarjeta.
En la demostración, es doña Luzmila quien termina de darle forma al sombrero vueltiao, símbolo ancestral de la cultura Zenú de la región del río Sinú, el mismo que —alimentado por mortales aguacerazos— se salió de madre y afectó a más de 250 mil cordobeses y buena parte de la infraestructura del departamento.
Originalmente, explica Rangel Benítez, el sombrero fue usado para protegerse del sol en las labores agrícolas. Con el tiempo se incorporó al atuendo festivo. Después salió de su territorio y le dio la vuelta al mundo gracias al campeón mundial de boxeo Miguel ‘Happy’ Lora, quien lo llevaba puesto a donde fuera.
Algo más me llamó la atención: sobre la mesa reposan un rallador metálico y una vasija de paja con un puñado de raíces cilíndricas, como dedos de jengibre.
—Con eso rallamos la cúrcuma, que llamamos batatilla, con la cual tinturamos las fibras —dice Yorlis Suárez, artesana genuina, de manos vertiginosas en el trenzado.

La cúrcuma —tubérculo de color naranja intenso, rico en curcumina y aceites esenciales— aporta el tono característico al vueltiao, que se clasifica por vueltas: el “quinciano”, de 15, rústico; el “diecinueve”, más fino; el “veintiuno”, más flexible; el “veintitrés”, de alta calidad. En la cúspide están el “veinticinco” y el “treinta y uno” —o incluso más—, finos y complejos, cuya elaboración puede requerir semanas.
Cada categoría tiene su precio. El “quinciano” ronda los 250 mil pesos. Las piezas que superan las 31 vueltas pueden alcanzar el millón.
No existe un proceso formal de comercialización, me explica el docente Fernel De Jesús. La venta ocurre desde la oferta permanente en Tuchín, que ha convertido el proceso en estrategia turística. Sin embargo, en algunos hogares se elabora un sombrero para salir a venderlo a las volandas, porque el ingreso resuelve la comida del día.
Desde el corte de la caña flecha, el secado al sol, el blanqueado, el tinturado, el desvarite —que consiste en separar la nervadura central de las hojas de la caña flecha— y el tejido de las trenzas, el proceso desemboca en la máquina de doña Luzmila, quien cose en espiral desde el centro de la copa hacia el ala. Si la costura falla, el sombrero pierde forma y resistencia. Precisión o nada.

Antes de irme, toco una fibra sensible: los niños, el celular omnipresente, el futuro del oficio.
—Hay escuelas de formación —dice Rangel—. Los niños zenúes, aun con el celular en la mano, trabajan este arte. Sí tiene futuro.
Mientras habla, doña Luzmila sigue cosiendo y Yorlis no deja de trenzar. La ‘Singer’ y esas manos veloces marcan el pulso del auditorio. Afuera, el bullicio turístico. Adentro, la espiral paciente de un sombrero que nace.
Entonces recuerdo aquella segunda “O” de Córdoba que creí rota. No estaba esmigajada: estaba revelando un jaguar. Como el vueltiao, que parece simple trenza hasta que, vuelta tras vuelta, se convierte en identidad.
Córdoba no está partida… Está en proceso… Y sigue cosiendo.


