Esa fuerza viva

Esa fuerza viva

Un ensayo sobre Gabriel Escorcia Gravini que enfrenta memoria, ética y representación: entre el rostro ausente del poeta y la fuerza viva de su palabra, hecha dignidad, dolor y resistencia.

Imagen de portada: En una recreación sobre imaginarios, el poeta soledeño Gabriel Escorcia Gravini, sin rostro preservado pero con voz intacta, se perpetúa en los versos de una de sus décimas: su poesía resiste al olvido y humaniza más allá de la lepra y la marginación.

Gabriel Escorcia Gravini,
su rostro, sus poemas

Por José Manuel Villarreal Gravini

Si se va a imaginar a Gravini adulto,
que se le dibuje con lepra

Danny Zora

“Me fui a buscar a los muertos / por tener miedo a los vivos”

En un mundo donde la imagen lo es todo, y la narrativa suele construirse desde el poder más que desde la empatía, la palabra “humanizar” cobra un sentido profundo y urgente. No se trata de hacer humanos a quienes ya lo son, sino de restituirles mediante la representación simbólica la dignidad que muchas veces les ha sido negada: la de sujetos merecedores de ser comprendidos, recordados y valorados —incluso si, como en el verso citado, su humanidad pareciera más segura entre los muertos que entre los vivos.

“¿Qué se hizo tu pensamiento? / Responde, miseria humana”

Dos escenas recientes, una local y otra global, iluminan esa pregunta urgente sobre la conciencia y la representación del otro. La primera se desarrolla en Soledad, Atlántico, en el diálogo entre el decimero Danny Zora y el periodista José Orellano sobre la recreación digital del rostro del poeta Gabriel Escorcia Gravini, GEG, afectado por lepra desde los 14 años y fallecido a los 29.

La segunda emerge en el documental Marea humana, del artista y activista Ai Weiwei (2017), donde se retrata con mirada compasiva el drama de las migraciones forzadas en el mundo contemporáneo.

“Dime humana calavera: / ¿Qué se hizo la carne aquella / que te dio hermosura bella?”

Habla, humana calavera…

La pregunta de GEG, dirigida a la calavera, resuena como interpelación ética en los debates actuales sobre su representación. En el caso soledeño, Zora no propone: ironiza. Insinúa que, si se va a representar a Gravini —como él lo llama— en su adultez, esa imagen debe incluir las marcas visibles de su enfermedad. La ironía de Zora es crucial para comprender el alcance ético de su planteamiento: no clama por encarnar a GEG desde una literalidad médica ni por fijar una imagen visual definitiva del poeta enfermo. Lo que denuncia es la falsificación simbólica que ocurre cuando se lo representa como adulto sin las huellas de la lepra que marcaron su vida y su obra.

En ese gesto, Zora no busca que se construya una imagen realista a través de inteligencia artificial (IA), sino que se reconozca el silenciamiento histórico que supone borrar los signos visibles de la enfermedad. Más que una propuesta de representación, su frase interroga la omisión deliberada, el maquillaje paliativo; desestabiliza la idealización y exige una ética de la memoria que no disocie cuerpo y biografía.

En contraste, Orellano plantea que mostrar la recreación de un rostro centrada en las secuelas físicas de la enfermedad del poeta no aporta a la humanización, sino que se corre el riesgo de reducir al poeta a una imagen inventada, deformada, alimentada por supuestos más que por certezas y sin base documental.

José Orellano, tan soledeño como el “Araaajo”, piensa que la recreación de un rostro centrada en secuelas físicas por la lepra nada aporta a la humanización de GEG.

Y si en GEG “el arte fue dignidad hecha verso”, Orellano tiene razón: “Su obra no suaviza su tragedia, sino que la redime a través de la palabra. Su cuerpo fue rechazado; su verso, abrazado. Su rostro se perdió; su voz permanece”. Orellano nunca —ni en su niñez ni en su adultez ni en sus elucubraciones como periodista— se detuvo a imaginar el rostro marcado por la lepra de GEG. Por el contrario, idealizaba su figura, inmensa, a través de sus letras, las del poeta; de su dignidad, moldeada por él mismo, “desde la palabra”. Y así, sostiene, “debe persistir”, sin provocar reacciones asqueantes al ver plasmado cualquier cuadro ironizado; bien sea por acción de IA o por la mano de cualquier artista.

Para él, imaginar el rostro esbelto que acaso GEG tuvo en su adolescencia —como emblema de su potencia creativa— sería un gesto de dignificación estética y simbólica.

“Aquí donde todo es calma… / ¿qué se hizo tu poderío?”

La pregunta de GEG podría leerse también como una advertencia: lo que no se representa con justicia, se desvanece. Este desacuerdo —más que una confrontación— es un cruce de visiones. Zora reclama una fidelidad simbólica al cuerpo vivido, mientras Orellano advierte sobre los riesgos de la estetización morbosa o especulativa.

Este debate cobra aún más sentido al considerar que no existen fotografías conocidas de GEG, ni antes ni después de la lepra. Por tanto, cualquier intento de representación visual parte necesariamente de la conjetura. Esto obliga a preguntarnos: ¿cómo representamos a quien no dejó imágenes? ¿Desde qué ética y con qué fines?

Danny Zora, fino decimero, sostiene que la imagen gráfica de GEG debe ser recreada sobre las marcas visibles de su enfermedad, la cual arrastró durante 15 años de padecimiento.

Una opción sería la creación simbólica: imágenes abstractas, evocaciones artísticas basadas en su poesía o en descripciones verbales, o incluso una decisión consciente de no representarlo gráficamente, sino de darle rostro a través de su obra. Humanizar, en este contexto, implica también reconocer los límites de la representación y optar por narrativas que dignifiquen sin falsificar.

Ambas posturas —la que busca corporeizar la historia y la que busca sublimarla— ofrecen miradas complementarias sobre cómo se construyen las memorias culturales. Entre ellas se abre un espacio de diálogo enriquecedor sobre el uso de nuevas tecnologías, la ética de la representación y la responsabilidad patrimonial en la proyección de figuras históricas. Más que una contradicción, emerge una oportunidad: pensar a GEG no solo como símbolo, sino como ser humano completo, cuya vida sigue inspirando no solo desde su palabra, sino desde la dignidad con que enfrentó el olvido, la enfermedad y la marginación.

“Aquí está la realidad, / que sobre el orgullo pesa”

Frente a esta realidad incómoda —la falta de registros visuales— surge otro dilema: ¿cómo representar visualmente a GEG?

Al menos tres artistas plásticos del municipio, según registros informales, plasmaron el rostro de GEG. Dos lo pintaron basándose en los rasgos de descendientes de sus hermanos o hermanas, y otro lo llevó a la tridimensionalidad en una escultura. Aunque estas obras constituyen un homenaje bien intencionado, deben entenderse como ejercicios libres de interpretación más que como retratos documentales.

Sus resultados muestran a un GEG mayor de 30 años —cuando en realidad falleció a los 29— y sin ninguna marca visible de la enfermedad que lo acompañó desde los 14: la lepra. Estas imágenes, lejos de acercarse a una verdad histórica, corren el riesgo de perpetuar una imagen ficticia que diluye tanto el dolor como la dignidad del poeta real.  No se trata de exigir crudeza visual, sino de evitar el blanqueamiento simbólico.

“Yo vi acabarse mi orgullo. / Ya todo es materia inerte / bajo el peso de la muerte…”

“…la necrópolis santa,/ en donde a los muertos canta/ el búho su triste elegía”.

Esos versos de GEG recuerdan con claridad que, ante la muerte, todo cuerpo se despoja de atributos; también advierten que visibilizar no es necesariamente humanizar. Mostrar un cuerpo enfermo puede hacerlo visible, pero solo el contexto narrativo, el respeto y la profundidad emocional lo humanizan. Humanizar no es estetizar ni disimular, tampoco cosificar ni deformar: es comprender la complejidad del otro y decidir cómo se le representa en la memoria cultural.

“La luna alumbraba / sarcófagos y panteones…”

En medio de esta tensión representacional, conviene recordar lo que han señalado Pereyra et al. (2021), la representación del otro no se limita a lo físico, sino que se construye discursiva y simbólicamente, en el lenguaje, la mirada y los modos de nombrar a ese otro. En el caso de GEG, esta afirmación adquiere una fuerza particular, pues no contamos con imágenes suyas: no hay fotografías ni descripciones precisas de su rostro adulto. Y, sin embargo, lo podemos representar con verdad. Lo simbólico suple lo ausente.

 Su lenguaje, plasmado en sus décimas, es el vehículo más nítido de su identidad: en ellas vibra su tono, su ironía, su herida. La mirada, entendida como el modo en que lo evocamos y lo leemos, configura un puente entre su tiempo y el nuestro, entre su exclusión social y nuestro deber de memoria. Y los modos de nombrarlo no son neutros: decirle “leproso” o “poeta maldito” no es lo mismo que llamarlo simplemente Gabriel, con la humanidad que merecen quienes —a pesar del dolor— dejaron palabra viva. Así, incluso en ausencia de imagen física, su presencia simbólica no solo permanece, sino que se fortalece. Porque en GEG, el lenguaje fue el rostro. Y su poesía, la verdadera imagen que nos queda.

“La luna alumbraba sarcófagos y panteones…”.

Esta dicotomía no es distinta a la que Marea humana pone sobre la mesa. El documental humaniza las migraciones al mostrar rostros, voces e historias concretas de personas que, tras abandonar sus hogares por hambre, guerra o persecución, se enfrentan a la indiferencia del mundo. La cámara de Ai Weiwei (2017) no idealiza ni oculta el sufrimiento, pero tampoco cosifica: dignifica. Al contar la historia desde el cuerpo y la voz de los desplazados, rompe con el relato dominante que los reduce a cifras o amenazas.

“Nada tienes que temer, / tú, calavera serás.”

En ambos casos —el de GEG y el de los migrantes— lo que está en juego es el poder de la representación. ¿Representamos para embellecer, para consolar, para exaltar o para comprender? ¿Para borrar el dolor o para transformarlo en memoria?

 Humanizar es decidir cómo mostrar al otro: si como una estadística, una sombra de lo que fue, o como un ser pleno, complejo y digno. Tanto GEG como los migrantes de Marea humana son testimonio de luchas invisibilizadas que merecen una narración justa.

Gabriel Escorcia Gravini encarna precisamente esa urgencia de narración justa, una voz que clamó desde la orilla del estigma. A los 14 años contrajo lepra, y, no obstante, escribió décimas memorables y dejó un legado poético que aún nos desafía a mirarnos como sociedad. Su obra no suaviza la tragedia, pero sí la redime a través de la palabra. Su cuerpo fue rechazado; su verso, abrazado. Su rostro se perdió; su voz permanece.

“¿Dónde está la masa gris/ de tu cerebro pensante?
¿Dónde tu bello semblante/ y tu mejilla rosada,
que a besos en noche helada/ quiso comerse un amante?”.

En contextos así, el arte no es adorno: es afirmación de lo humano. Como lo expresa Pabón Arrieta (2025), “el arte y la cultura no claudicaron; por el contrario, tanto el artista como su cultura relucieron lo mejor de su espíritu, transformándose en la voz que clama en el árido desierto” (p. 52). Thomas Mann —referente de su análisis— concebía el arte como “la defensa del espíritu humano en contra de las miserias de la vida” (Pabón Arrieta, 2025, p. 54). Eso fue GEG: un artista que no huyó en su palabra, sino que la usó para alzarse, para dignificar su herida, para darle a su existencia una forma de verdad que el silencio no podía contener. No buscó ocultarse: se nombró con versos. Y en esa decisión —más valiente que decorativa— el arte fue, en él, dignidad hecha palabra.

Epílogo

Humanizar es narrar con justicia simbólica. Es recordar sin falsear. Y es resistirse a la tentación de embellecer cuando lo esencial es honrar. Ya sea ante el retrato de un poeta marginado o ante la caminata infinita de un pueblo sin tierra, el acto de recordar no debe ser complaciente. Debe ser comprometido. Y debe ser profundamente humano.

Referencias:

Pabón Arrieta, J. A. (2025). Thomas Mann: Un intelectual humanista en contra de la guerra y en defensa de la democracia y la paz. Doctrina y Jurisprudencia, (381), 52–54.

Pereyra, O. V., Sancholuz, C., Reitano, E., & Aguirre, S. E. (Eds.). (2021). Conflictos y resistencias: la construcción de la imagen del “otro”: Selección de documentos fundamentales para la comprensión de la expansión atlántica (Colección Vínculos Atlánticos, n.º 2). TeseoPress.

Weiwei, A. (Director). (2017). Human Flow [Película documental]. Amazon Studios.