Memoria viva

Memoria viva

Entre cafés, abrazos y conversaciones sin reloj, la memoria enlaza amistades, reencuentros y despedidas. Una crónica donde los recuerdos mantienen vivas las voces que tiempo o distancia jamás consiguen silenciar.

Imagen de portada: La memoria no conoce la muerte. Y así, hay amigos que siguen caminando con nosotros, aunque uno de ellos ya transite por la otra orilla. Cada encuentro vivido permanece intacto en ese territorio donde el afecto derrota al tiempo.

Por José Orellano

José Orelleno con Edgar Tatis Guerra en inmediaciones de la Universidad del Rosario, en el centro histórico de Bogotá.

Vamos a llamarlos “café entre amigos”.

Largas o cortas habladas que se dan —cualquier día se dan— para regocijo del alma.

No importa cuánto tiempo tengas que echarte en TransMilenio para cubrir distancia y llegar al punto de encuentro o cuán pendiente tengas que estar, en medio del paso de los días —con frecuencia, entre incesantes ruidos mentales incluidos—, para no olvidar el compromiso, el día y la hora de esa cita entre cómplices.

Disparidad de edades para animar la contertulia, que bien puede ser en el Centro Cultural Gabriel Escorcia Gravini, en el centro histórico de Bogotá; o, al norte, en un café de ambiente quindiano: ‘La Bogadera’; o en una panadería del centro comercial Mirandela; o en un sitio llamado ‘Amorigen’ que, en el CC Santafé, es un pedacito aborigen de la Sierra Nevada de Santa Marta y de un resguardo wayuu de La Guajira.

Sobre dos encuentros terrenos y uno en el más allá ha de girar este otro contenido de El Muelle Caribe, que deseo considerar, sin pretensiones de ninguna índole, como pinceladas de “contertulia”, aunque uno de los encuentros anunciados carezca de presencialidad.

Portada de ‘Guiarte’, “ventana al turismo cultural”.

Un periodista de 55 años, otro de 76 y un filólogo de 82 son los protagonistas de la historia —y también un ausente de 77—, que se desarrolló en un lapso de no más de dieciocho horas.

Edgar, José, Siervo y Andy —y hasta Edgardo— son los nombres que giran en torno a estos recuerdos que siguen en presente.

Desplazamiento en TransMilenio desde el norte, ‘Jardines de Mirandela’, hasta las inmediaciones de la Plaza de Bolívar, ‘Centro Cultural Gabriel García Márquez’, para abrazarnos y compartir un tinto con el periodista Edgar Tatis Guerra, de 55 años, y entrar en una ronda de recuerdos sobre aquella Santa Marta que por estos días está de Fiesta del Mar.

A Edgar lo conocí desde mi condición de subdirector de El Informador, en la capital del Magdalena, y treinta años después nos reencontramos en Bogotá, como viejos cómplices dispuestos a desarrollar, pasadas las calendas, una conversación sin reloj y, en esta ocasión, sobre lo esencial: el intercambio de ideas en torno a la revista ‘Guiarte’, “ventana al turismo cultural”, un esfuerzo editorial de Tatis Guerra, publicación impresa en papel propalcote o couché que no deja de circular en físico, aun frente a los avances gráficos de las nuevas tecnologías.

En muchos casos, la amistad es afecto que nunca caduca.

Contenido variado, escrito con animosidad y que, en alguno de los diversos enfoques distribuidos en veinte páginas —portada y contraportada incluidas—, nos remonta, curiosidad que destaco, hasta la ancestral chicha, símbolo sagrado y pilar fundamental de la cosmovisión muisca: “una bebida fermentada, elaborada a base de maíz, piña, canela y anís” y que —dice la reseña— es “elemento importante en las festividades indígenas de América”.

Edgar, “modelo 1971”, es el sexto de siete hermanos, entre ellos el escritor Gustavo Ricardo, el quinto; nacidos en el hogar formado por Yolanda Guerra y Honorio Manuel Tatis, abogado que fue juez municipal en Mompox, Bolívar, y quien también ejerció su jurisprudencia en Simití, al sur del departamento.

Una hora después del abrazo inicial finaliza el “café entre amigos” en el ‘Gabriel García Márquez’. Nos despedimos de Edgar y, con un paquete de ejemplares de ‘Guiarte’ en la mochila, emprendo el regreso a casa, al norte, otra vez en TransMilenio.

José Orellano y Siervo Custodio Mora Monroy, en los alrededores del Centro Comercial Mirandela, al norte de la capital de Colombia.

Horas más tarde, al día siguiente —y mientras recibía la noticia del encuentro de Andy Pérez con la Eternidad—, la cita con la memoria se dio con el filólogo y lingüista Siervo Custodio Mora Monroy, en una panadería de Mirandela.

Conversatorio íntimo con don Siervo —como lo llamo; él me dice: “señor José Orellano”—, una memoria prodigiosa a los 82 años, quien esta vez se interesa por conocer detalles de mi carrera en El Heraldo y de la forma como llegué a ser jefe de Redacción de aquel “Diario de buena fe”. Entonces le conté, anticipándole la máxima de García Márquez en ‘Vivir para contarla’: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

Ya es una costumbre la larga hablada con don Siervo, mi nuevo mejor amigo —citas en las respectivas residencias, en cafés o panaderías—, y la disfrutamos a plenitud, a veces entre carajillos y siempre entre recuerdos, risas y sueños. A nuestras edades, yo de 76 y él de 82, aún soñamos, aunque los achaques de salud nos acosen y terminen por llenarnos de dudas.

Nadie quita que, de pronto, como resultado de estos mano a mano entre adultos mayores, alguna iniciativa literaria tome forma, pero más desde aquella orilla que desde la mía.

Antes de la confidencia compartida con Siervo Custodio Mora Monroy, supe de la muerte de quien fuera director y programador de Olímpica Stereo en Barranquilla, el histórico Andy Pérez, a quien, tiempo ha, me unieron lazos de amistad.

Andrés Heriberto Pérez Ahumada, Andy Pérez.

La noticia me la había dado el periodista y presentador de radio y televisión, también mi amigo de primer orden, Edgardo Caballero Gutiérrez.

Para este “café entre amigos” le pedí a Edgardo que escribiera algo sobre Andy, y lo hizo, ampliando esta ronda de encuentros, en la cual las palabras son memoria y en la cual se queda para siempre la voz de Andy Pérez.

«Anoche, viernes, exactamente a las siete, mi compañera revisaba su celular cuando, con gesto de asombro, me dijo:

—Mijo, se murió Andy Pérez, el de Olímpica.

—¿Cómo así? —alcancé a responder.

—Sí. Lo publicó Sergio García en Impacto News.

Así comienza, desde su memoria, Caballero Gutiérrez, de 67 años, su colaboración para estos encuentros, para esta cita con la memoria. Y continúa:

Edgardo Caballero.

«Me quedé frío. De inmediato comenzó a desfilar una parte entrañable de mi vida en la Organización Radial Olímpica.

«Regresé mentalmente a la primera vez que subí al tercer piso del edificio. Allí funcionaban los estudios de Radio Príncipe, dedicada a la música romántica; en el centro estaba Radio Olímpica AM, la emisora que dio origen a la organización radial más importante de la Costa Caribe; y, al otro extremo, la emisora informativa, cuna de grandes periodistas que más tarde serían contratados por las cadenas nacionales.

«Era el comienzo de la década de los ochenta. Aún no existía la frecuencia modulada y la gran batalla por la audiencia se libraba entre Radio Olímpica y Radio Universal. La competencia era feroz. Desde la Vía 40, Marco Aurelio Álvarez, quien había salido de Olímpica, fortalecía a Universal llevándose a varias de las voces más reconocidas de la radio musical: Jairo Paba, Luis Arias, “Cheque” Julio, Charlie Fernández y Édgar Padilla. Para atraer talento ofrecían automóviles y hasta viviendas.

Amistad: lealtad hecha compañía.

«Mientras tanto, Radio Olímpica resistía gracias a una voz que no se dejó seducir por esas ofertas: Andrés Heriberto Pérez Ahumada, el inolvidable Andy Pérez. Mike Char supo proyectarlo como una figura de talla internacional. Era “La Voz”, el gran referente de la emisora, acompañado por Édgar “El Caballo” Castillo, Gilberto Pertuz, Humberto Ferrer y Ralphy Polo, entre otros.

«Después llegó la FM y con ella una nueva etapa para la radio. Cambiaron las estrategias, las voces encontraron nuevos espacios y Radio Olímpica recuperó posiciones. Tiempo después, Andy fue nombrado director de la emisora, cargo que desempeñó durante cerca de dos décadas, consolidándose como uno de los directores radiales más influyentes del país.

«Pero, más allá del profesional brillante, Andy fue un ser humano excepcional y un amigo entrañable. Hoy lo despido con la misma gratitud con la que lo conocí aquel primer día en el tercer piso de la Organización Radial Olímpica, la casa radial que para muchos de nosotros siempre será nuestro hogar».

En el otro mundo está hoy Andy, en encuentro y diálogo con el Ser Superior y descubriendo los silencios de la Eternidad, mientras su voz sigue encontrando eco en la memoria de quienes lo conocimos.