Cohesión

Cohesión

Reflexión de Alfonso Noguera-Aarón que examina la esencia política del ser humano, los riesgos de cada forma de gobierno y las sombras que corroen la democracia. ¿Dónde, ética-cohesión y servicio?

Imagen de portada: Psicópatas, personajes que sin tener los más mínimos escrúpulos éticos hacen y dicen mentiras y matan y engañan para luego gobernar y seguir robando sin ningún pudor…

REFLEXIÓN

¡La política…!

Por Alfonso Noguera Aarón MD.
Del libro Crónicas y Ensayos

“El hombre es un animal político”: Aristóteles.

“Desde que el ser humano es homo sapiens ha vivido en sociedades cada vez mayores y más complejas.  Primero, porque el componente racional que lo anima le permite percibir la realidad de distinta manera personal, respecto de sus experiencias, conocimientos y de sus propios intereses y conveniencias. Segundo, porque solo en sociedad encuentra  la seguridad y la compañía que necesita para sobrevivir entre tantas adversidades naturales; y tercero, pues, porque la división del trabajo implica una dinámica intersubjetiva que complementen sus destrezas y sus aprendizajes para bienestar de todos; y, sobre todo, porque la cohesión social le garantiza a los individuos crecer como Humanidad hacia un solo cuerpo mental-espiritual que vislumbra en el perfecto orden de la naturaleza y el universo cósmico, coincidente con la Revelación de las religiones monoteístas, como el judaísmo, el islamismo y el cristianismo, que enseñan una moral y ética mínima de amor, respeto y concordia, donde los individuos puedan crecer cada cual en sus propias virtudes y trascender y ascender a los planos más altos de la Conciencia Universal.

Thorstein Velben, sociólogo estadounidense, a quien tanto admiraba el genial físico alemán Albert Einstein.

No obstante, el problema ha sido siempre cómo lograr esa cohesión social que sinérgicamente impulse al hombre hacia esas metas comunes, empezando por el simple bienestar de los individuos de una sociedad. Según Thorstein Velben, sociólogo estadounidense, que tanto admiraba el genial Albert Einstein, surge de las dos fuerzas ingénitas que motivan al hombre en su devenir colectivo. Un primer y fuerte impulso vital de sobrevivencia individual que lo anima fiarse de sí mismo y a ser creativo y construir su propio modus vivendi a partir de sus posibilidades ya existentes, más las que aporta según su propio aprendizaje, pero con el riesgo que se le puede hipertrofiar y degenerar en egoísmo y los desastres sociales que de ello se derivan. La otra fuerza que empuja al hombre a vivir entre tantas adversidades, más débil que la primera, dice Velben, es el impulso social que debería garantizar la tan anhelada sociedad justa, libre y progresista, y más noble y también básica para sus necesidades intra mundanas, aunque también con el riesgo de la confrontación de unos contra otros por causa de la diversidad en que los hombres viven, aspiran y construyen su existencia; porque si bien cada uno ve el mundo a su manera y pudiese coadyuvar con su aporte al bien general, también es cierto que existen áreas comunes potencialmente problemáticas que los enfrenta.

Ese es el escenario perpetuo de la convivencia del ser humano que tantas inquinas, disputas, luchas y guerras lo han confrontado con sus congéneres, o sea, con esa parte de la realidad que precisamente debería apreciar más, como lo es su prójimo, esa extensión racio-vital de su propia vida, dice Ortega y Gasset.

El buen Platón nos dice desde su Academia de Atenas, que ese entuerto puede resolverse mediante tres modos de gobernanza: Que la sociedad la gobierne un solo individuo justo, sabio y práctico, llámese rey, emperador o presidente. La otra forma de gobierno que plantea el padre del idealismo es una dirección conjunta de aristócratas, entendido el término como las personas más capaces, justas, dignas y sabias de esa sociedad; y como tercera opción, propone la Democracia, o sea una administración pública fundada en la elección de las mejores personas aptas, rectas e idóneas para administrar los bienes públicos.

Platón y Aristóteles y sus puntos de vista en torno a la cohesión social.

Pues bien, su discípulo Aristóteles le contesta desde su Liceo, y pone por testigo a casi tres milenios de arduas luchas políticas, que una monarquía por bien intencionada que parezca puede terminar en la más cruel y arbitraria tiranía; y antes y después así lo ha demostrado la historia. Dice también Aristóteles, padre del método científico, que una aristocracia, por óptima, justa y pulcra que se muestre, puede degenerar en las oligarquías más rancias, necias, detestables, excluyentes y envilecidas, que solo riquezas amontonan para sus indolentes élites, y que a su vez motivan luchas y sublevaciones sangrientas, y así lo confirma la triste historia humana. Y, finalmente, contra la democracia, o supuesto gobierno del pueblo, dice el maestro de Estagira, que por buena elección que se intente hacer entre los mejores individuos de la sociedad, ello puede acabar  desgraciadamente en una vil demagogia; pues, el fuerte impulso vital-personal se convierte en egoísmo, desplaza los vínculos con los demás, rompe la cohesión social, y cada quien vela por colmar su propia ambición material, con el consabido malestar, miseria, violencia e injusticia que acarrea la corrupción política, matriz maldita de todos los males humanos.

Con todo, y andando los siglos, la democracia ha sido el menos malo de los sistemas de gobiernos con que el hombre ha pretendido amasar una sociedad justa, libre y progresista, para brindarle a sus individuos un bienestar y dignidad que le permita a cada uno crecer desde sus limitaciones y sobre las cosas que, según Jean Paul Sartre, encuentra en este mundo.

Los escenarios de participación política colectiva están plagados de toda clase de faunas carroñeras y antisociales.

Queda claro que estos escenarios de participación política colectiva están plagados de toda clase de faunas carroñeras y antisociales, y entre ese barullo de voces y protagonismos baratos aparecen casi todas las patologías de la personalidad, que se disfrazan de lo que sea para lucrarse de la torta del poder conseguido, o mejor, arrebatado al pueblo, que es en verdad su único propietario y justo beneficiario.

Encontramos a los psicópatas, personajes que sin tener los más mínimos escrúpulos éticos hacen y dicen mentiras y matan y engañan para luego gobernar y seguir robando sin ningún pudor que frene sus extraviadas insatisfacciones. Vemos también a los narcisistas con sus poses grandilocuentes tratando de atraer la atención hacia ellos para poder compensar los agrios vacíos de sus almas falsas y perversas. Por ahí surgen pontificando verdades y prometiendo imposibles los histriónicos, con sus voces y poses de magistrados y ejemplares ciudadanos, cuando en realidad solo son unos viles payasos, saltimbanquis livianos, que sin norte ni brújula política ni ideológica se acomodan donde mejor les convenga para satisfacer sus mezquinos intereses personales.

Y, finalmente, en medio de las estridencias callejeras, las cotorras radiales repitiendo sus preferencias politiqueras y las perfidias de la manipulación mediática, trasladada ya a los celulares y que intoxica y saturan las redes sociales, allá atrás de ese carnaval de dimes y diretes pueriles, está el pueblo, despedazado ya por tantas fuerzas opuestas que lo jalan y lo empujan de un extremo a otro, que termina no votando por nadie, aunque uno que otro despistado, por hambre, por ignorancia o por ingenuidad, se atreve a sufrir  los tormentos de tener que salir a votar por alguien que seguramente lo decepcionará.

Esa es nuestra democracia parroquiana. Quiera Dios que un día cambien las cosas y sean los abnegados y pulcros humanistas, y los incondicionales benefactores del pueblo los que nos representen, y salgamos a las plazas públicas a votar libremente, sin tener el desagrado de encontrarnos por ahí con tantas alimañas sociales disfrazadas dizque de honorables personas públicas.