A propósito del cortometraje “Mujer en llamas”, Alfonso Noguera Aarón reflexiona sobre la condición femenina, la violencia de género, la identidad, la naturaleza humana y la dignidad de la mujer.

“Mujer en llamas”

Por: Alfonso Noguera Aarón MD.
Para periódicos y revistas
“Una mujer no es un hombre débil. No. Una mujer es una mujer”.
Hace unos días, por cordial invitación de mi amiga, Marina Luz Baigorria, escritora y socióloga argentina residenciada en Santa Marta, presencié en el Salón de Eventos del edificio del Banco de la República, el cortometraje “Mujer en llamas”, creado y dirigido por la actriz colombo-iraní Ana Mazhari.
Debo empezar por decir que es muy difícil condensar en pocos minutos las imágenes audio-visuales que representen tantos pensamientos, experiencias y emociones sobre los valores de la mujer en la historia humana y en el mundo actual, donde todavía existen vergonzosas asimetrías integrales, taras y exclusiones existenciales vinculadas al sexo, que con tantos sacrificios hemos ido superando; aunque todavía hay países y regiones donde la condición femenina pesa mucho.

Sin pasar por alto nuestra vergonzosa violencia de género en Colombia y otros países, con el repudiable maltrato a la mujer y muchos feminicidios; sin embargo, no está de más recordar que en el orbe islámico, como en Afganistán, Arabia e Irán, etc., se han restringido desde hace mucho tiempo las libertades a las mujeres. Parece que esos líderes no tuvieran madres, hermanas y esposas.
Llama la atención que en Irán, después de la muerte de la joven de 21 años, Masha Amini, a manos del régimen ayatolá, por no llevar bien puesto el velo, e infringir con ello el código islámico indumentario, y tras las protestas masivas y el surgimiento del movimiento “Mujer, Vida, Libertad”, se ha desatado una feroz represión, con torturas, ejecuciones y prisiones contra las personas que exigen Derechos Humanos en esa hermosa y culta nación asiática.
Volviendo al mencionado cortometraje, vemos que “Mujer en llamas” desnuda con sus escenas densas y bien matizadas el lenguaje corporal femenino desde la matriz misma de su efluvio hormonal. Las imágenes dicen mucho más que los limitados horizontes de las palabras. Los gestos, poses y ademanes normales de una mujer persuaden de su delicada naturalidad mucho más que si ello se enfocara con relatos y análisis escritos o hablados, desde luego innecesarios, cuando el lenguaje corporal femenil es tan fino y elocuente, repleto de esa dulzura ingénita que la hace madre y reina de la creación, y viene a encajar justo en el centro de las ansias de amor y paz del hombre.
Si así no fuera, la procreación y el motivo de vivir se detuviera y la vida misma se marchitara y muriera. Solo la inteligencia infinita de Dios pudo concebir y crear tanta perfección desde el principio de los tiempos. Según el taoísmo antiguo, en la China hay dos principios complementarios del Universo: El Yin, lo pasivo, fecundo y dulce, es lo femenino de la tierra; y el yang, lo activo, luminoso y fuerte, que viene del cielo, es lo masculino. Son opuestos, pero interdependientes y necesarios uno del otro.

Ahora bien, el dimorfismo sexual, como característica física de los dos sexos, en muchos animales está muy bien definido y la gallina y el gallo son los ejemplos domésticos más típicos. En el ser humano ese dimorfismo es más acentuado en los grupos étnicos del medio oriente, pero en general los caracteres sexuales fenotípicos son bien claros a nivel global, y cada cual hace sus respectivas diferencias, marcadas por los rubores faciales, los adornos, atavíos, atuendos, vestidos y ropajes, que exaltan la belleza femenina y propician la atracción física que exige la procreación de la especie. La naturaleza, bien sea en el reino vegetal y en el animal, y más en el ser humano, tiene sus propósitos y no da puntadas sin dedal; pues, tras de esos lenguajes mímicos eróticos de los sexos hay una finalidad biológica que estimula el principio del placer, motor vital de las satisfacciones apetitivas. Quedaría por resolver si las incapacidades sexuales, los extravíos de la orientación del sexo, la renuncia a las relaciones sexuales como el celibato, o cualquier otra intención de no procrear, son callejones sin salida de la evolución o tienen sus propios significados.
Para comprender un poco más estos temas tan complejos, digamos que según alguna creencia en la India, la Conciencia universal adopta la forma del cuerpo que la contiene; de modo que, por ejemplo, un perro se expresa anímica y vitalmente como perro, porque la conciencia está inmersa en un cuerpo de perro. También lo vemos en las diferentes metamorfosis de los seres vivos cuando van cambiando de estados inmaduros a los más maduros, caso del ser humano. Un niño actúa, se expresa, piensa y siente como niño porque la conciencia habita en dichos cuerpos. Una serpiente o una fiera salvaje o cualquier otro animal de la tierra, del aire o de las aguas, actúan y se manifiestan como tal, porque así lo dictan las leyes de aplicación automática de la conciencia con sus cualidades vitales especiales. Una mujer se expresa del modo tan hermoso, delicado y dulce como lo vemos en la realidad global, porque sencillamente la conciencia habita en ese cuerpo de mujer.
Pues bien, ese es el quid del asunto. Venimos al mundo sin haber elegido el cuerpo ni el sexo ni la familia ni el lugar ni el tiempo en que nacemos, y debemos continuar la vida con lo que nos tocó en tan extraña y muchas veces injusta repartición intramundana. Bien lo dijo Jean Paul Sartre: “Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”. Toca aprender a ser sí mismos con lo que nos tocó ser en esta vida. Obvio, con unos grados de dificultades unos más que otros.

Nadie nos advierte las condiciones del juego de la vida y nos vamos dando cuenta de lo que nos tocó, solo sobre la marcha de los acontecimientos. En el colegio, en los currículum docentes nos enseñan y aprendemos muchas cosas, pero nadie nos enseña a ser nosotros mismos. A punta de prueba y error y dando palos de ciego, como caminando en la oscuridad y estrellándonos a veces incluso con los que más queremos, es como vamos aprendiendo a ser nosotros mismos.
Es verdad que los automatismos expresivos del sexo femenino de la especie humana, léase la mujer, tienen también las cualidades estereotipadas de otras especies vivas, instaladas en el cableado neuro-sináptico cerebral, pero los condicionamientos externos a veces son limitantes de esa libre expresión, máxime en ámbitos tradicionales tan machistas, a tal punto de caer en el craso error de creer desde niños que “es más fácil ser hombre”, cuando en realidad, lo natural y lógico es que las cosas fluyan solas, impelidas por la fuerza milagrosa de la Vida. En fin, nos tomaría muchos libros, ensayos y relatos definir tan crucial asunto y por ello el mérito de esta interesante producción de Ana Mazhari y la Colectiva Zan, que tan amenamente nos ilustra sobre las delicias y atractivos ingénitos de la Madre y reina de la especie humana. ¡Felicitaciones!

