Crónica poética sobre el Día de la Madre: mujeres que dan vida, esperanza y silencio. Desde techos de zinc hasta videollamadas rurales, madres que siempre están, incluso cuando no están.

HISTORIA MADRE
«¡Gracias, vieja… por tanto!»

Por Evo Matrix
El mundo bosteza, aún con el sol remoloneando en las cobijas del cielo. Las calles despiertan como niños: perezosas, con lagañas de silencio, pero con un aroma a flores que no vino del aire, sino del recuerdo. Porque es el Día de la Madre, y aunque no haya trompetas ni papel de regalo que lo anuncie con precisión, hay un susurro en cada casa, una tibieza que sube desde la cocina, donde ella ya estuvo.
La que no tiene nombre propio en la boca de los hijos porque su título lo abarca todo. La que no duerme si uno no llega. La que se parte en silencio para multiplicar lo poco. La que siempre está, incluso cuando no está.

En una casa de techo de zinc, en un barrio de los de antes —esos donde aún se saluda al vecino con el alma en la voz—, Rosa prepara café. No por celebración, sino porque el cuerpo ya tiene la rutina tatuada. Tiene 68 años y las manos como corteza de árbol: duras, agrietadas, llenas de historia. A su lado, una radio vieja escupe un bolero que huele a juventud, y ella sonríe como quien se acuerda sin dolor.
—¡Mamáaaa! —grita una voz desde la habitación.
—¡Aquí toy! —responde, sin moverse. Porque eso es ser madre: estar sin tener que aparecer.
En otra parte de la ciudad, en un apartamento con aire acondicionado y piso brillante, Lucía hace una videollamada con su madre, que está en el campo, entre vacas y gallinas. La pantalla se llena del rostro arrugado de la vieja, que no entiende muy bien dónde mirar, pero sonríe igual, con todos los dientes que le quedan.
—¿Cómo te levantaste, mamá?
—Como todos los días, mi hija… con Dios primero y con hambre de café.
La madre campesina no pregunta por regalos. Pregunta si la hija ya desayunó, si está abrigada, si ese hombre con el que vive todavía la trata bien. Aunque no lo diga así. Porque las madres hablan en clave: un “¿cómo amaneciste?” es un “¿estás bien, de verdad?”.
En el sur del país, bajo un cielo que huele a lluvia, una mujer joven —Demaris, 28 años, madre soltera de dos— viste a sus niños con ropa prestada. Van a visitar a la abuela, la suya. Caminan varias cuadras, esquivando charcos, con una bolsita de pan en la mano y un dibujito en la otra.

Porque no hay regalo más puro que ese: un papel arrugado con crayones y una palabra mal escrita.
Madre se dice en muchos idiomas. En Barranquilla suena a vieja. En la Guajira, a mana. En las cárceles, a nostalgia. En los hospitales, a plegaria.
Y aunque cada madre tiene una historia, todas comparten el arte de parir no solo hijos, sino futuros. Y a veces, también despedidas.
En un asilo, doña Irma ve pasar el domingo como quien mira desde un balcón que da a otra vida. Sus hijos no la llaman. Le dijeron que trabajan, que están lejos, que la quieren mucho. Pero ella lo sabe: los hijos que no llaman tienen las agendas llenas de excusas.
Igual, hoy se puso bonita. El cabello peinado con paciencia, el vestido de flores. Y esperó.
Porque toda madre, aún olvidada, espera. Como si su corazón tuviera un reloj propio, sintonizado con el amor que no llega, pero no se apaga.
Y hay madres que ya no están. Se fueron una mañana cualquiera, sin hacer ruido. Pero dejaron huellas. Y recetas. Y canciones. Y regaños con cariño disfrazado.

Sus hijos —los que hoy también son padres o madres— sienten un vacío con forma de voz: la que decía “ponte el suéter, no salgas sin comer, cuídate, mijito”.
Este domingo, 11 de mayo, el calendario marca el día —el Día de la Madre—, pero el corazón de cada quien sabe que madre no es una fecha.
Es una costumbre de amar…. Una forma de estar, aun sin estar…. Un refugio que no se construye con ladrillos, sino con ternura.
Y en cada barrio, en cada esquina, en cada voz que dice “mami” o “má” al contestar el teléfono, hay una historia que se reinventa.
Porque, aunque el mundo se vuelva ruido, aún hay una certeza que no se rompe: Madre es el nombre de lo eterno.
Y esta noche, mientras la ciudad vuelve a apagarse, y el tinto nocturnal exhala su último suspiro, un hijo escribe en su mente lo que no sabe decir en voz alta:
«Gracias, vieja… por tanto».
Gracias, sí —viva o en la Eternidad—, en la forma como te llamemos: Mamá, má, madre, madre mía, madre querida, madrecita, mami, mama linda, mamita bella, mamaíta, mamacita, vieja, mi vieja, viejita, mi doña-la matrona, mamá Ina… Que en lo íntimo del corazón, claro, muchos solo dirán: “La que me dio la vida”… “Mi raíz”… “La que nunca me falla”… “La jefa”, porque, a la final, MADRE es una palabra con mil nombres… y un solo sentido: que MADRE, ¡solo hay una!

