Ensayo por JM Villarreal-Gravini que rescata 95 años de silencio patrimonial en Soledad, revelando cómo dos piedras olvidadas narran memoria barrial, ausencia institucional y deber de recuperar pasos de Bolívar.

95 AÑOS EN SILENCIO
La historia olvidada de las
Piedras de Bolívar en Soledad

Por José Villarreal Gravini
Especial de la Fundación Arajo
A veces la historia no desaparece: simplemente se queda quieta, esperando.
En Soledad, a unos pasos del ruido constante que envuelve al municipio, dos piedras silenciosas han resistido casi un siglo entero sin que nadie las mire, sin que nadie las nombre, sin que nadie las recuerde. Son las Piedras de Bolívar —la de Entrada y la de Salida—, los hitos que desde 1930 marcan aquel paso de El Libertador por este territorio. Y, sin embargo, como si se tratara de mensajes escritos en una botella arrojada al mar del tiempo, sus inscripciones permanecen intactas pero olvidadas, visibles pero inexistentes en la memoria colectiva.
Este 17 de diciembre de 2025, cuando se cumplen 95 años de su erección, estas piedras no solo hablan del pasado: también revelan el silencio institucional que las ha ido borrando del relato de Soledad. Pero ese silencio no fue absoluto: durante décadas, mientras la institucionalidad callaba, la comunidad —de manera informal, oral y cotidiana— siguió dialogando con ellas.

I. 1930: El año en que la memoria tomó forma de piedra
Para entender por qué fueron levantadas, hay que viajar a 1930.
Colombia se preparaba para conmemorar los cien años de la muerte de Simón Bolívar. El país entero vivía un ambiente de exaltación patriótica, y el Gobierno nacional expidió el Decreto 1695, que ordenaba una serie de homenajes a El Libertador en todas las regiones donde había dejado huella.
Soledad —entonces un caserío que ya se expandía desde la ribera del río hacia lo que luego sería su vida urbana— decidió participar. El 17 de diciembre de ese año se erigieron las dos piedras que aún hoy permanecen en pie. La primera marcaba el punto donde Bolívar entró al territorio soledeño. La segunda, el lugar donde lo abandonó para seguir su camino hacia Barranquilla.
Fueron pensadas como hitos de memoria, como señales físicas de un relato que la comunidad de 1930 consideraba valioso para las generaciones futuras. No eran monumentos ostentosos, sino discreta piedra caliza, grabada con tres palabras solemnes: “PASO (sin tilde) EL LIBERTADOR”, seguida por las fechas y flechas correspondientes a su itinerario.
Eran, en esencia, un testimonio.
Una forma de decir: “Bolívar estuvo aquí, y Soledad desea recordarlo con orgullo”.
Pero casi nadie imaginó que, 95 años después, estas piedras necesitarían ser rescatadas del olvido.
II. Cuando la piedra sí tenía voz: memoria barrial y pedagogía cotidiana
Aunque con el paso de los años las Piedras de Bolívar fueron desapareciendo de los registros oficiales, no fueron del todo ajenas a la vida comunitaria. Así lo recuerda Elías Ruiz de la Victoria, miembro de la Fundación Arajo, quien aporta una valiosa memoria oral sobre la Piedra ubicada en el sector del barrio El Porvenir.

Durante las décadas de 1960 y comienzos de los años 70, ese monumento aún tenía una función pedagógica. Las maestras de las escuelitas de kínder que funcionaban en casas del barrio llevaban a los niños hasta la piedra para contarles lo ocurrido allí. No solo explicaban quién había pasado por ese lugar, sino que relataban que el Libertador reposó bajo la sombra de una ceiba silvestre que creció en la zona.
La piedra, integrada al paisaje cotidiano, era también punto de referencia territorial: límite entre barrios, lugar de encuentro, espacio de tránsito y de memoria compartida. Para los niños del sector era simplemente “la piedra por donde pasó Simón Bolívar”. Para otros, como el popular sobandero Víctor Castro —conocido como el Chino Víctor— era “la Piedra de la Cucaracha”, nombre que la comunidad adoptó a partir de los establecimientos comerciales y del puente cercano.
Esta memoria, transmitida de boca en boca, demuestra que durante décadas la historia no estuvo muerta: sobrevivía fuera de los archivos, sostenida por la palabra y el afecto barrial.
III. El largo eclipse de tres generaciones
Con el paso del tiempo, esa memoria viva comenzó a desdibujarse. No por falta de importancia —pues las piedras marcan un hecho histórico real—, sino porque su relato se fue desconectando lentamente de la institucionalidad.
Primero, dejaron de mencionarse en las escuelas.
Luego, desaparecieron de los recorridos culturales.

Después, dejaron de aparecer en los inventarios patrimoniales.
Finalmente, ni siquiera la Alcaldía ni la Gobernación pudieron confirmar si estaban registradas o protegidas.
Mientras tanto, el municipio se transformó a su alrededor: casas levantadas sin planificación, arroyos canalizados, puentes improvisados, crecimiento urbano acelerado. Lo que antes fue un punto de encuentro comunitario terminó rodeado de abandono. Según recuerda Elías Ruiz de la Victoria, la piedra pasó de ser sitio de honor a convertirse en un lugar degradado, rodeado de basuras, malos olores y usos indignos.
La historia, literalmente, quedó quebrada en tres pedazos: la Entrada, el Museo… y la Salida.
Como si se tratara de puntos que alguien unió en 1930, pero que después se soltaron por completo. Y que solo la Fundación Arajo logró atar de nuevo el 14 de abril de 2024, al recrear el Último Itinerario del Libertador.
IV. Un silencio administrativo que se volvió tradición
La ausencia de estudios técnicos y de claridad documental produjo un fenómeno peculiar: las autoridades dejaron de mencionarlas.

No por desinterés —aunque también—, sino por temor.
Temor a equivocarse en la interpretación histórica.
Temor a validar un monumento sin expediente técnico.
Temor a avalar algo insuficientemente documentado.
Ese vacío de certeza produjo un vacío de acción.
Y el vacío de acción produjo 95 años de abandono.
Las piedras nunca fueron restauradas, señalizadas ni integradas a rutas culturales. Lentamente se convirtieron en lo que son hoy: vestigios de un homenaje olvidado, patrimonio sin protección, memoria sin relato.
V. Cuando el pasado vuelve a tocar la puerta
El renacimiento del interés por las Piedras de Bolívar no nació de la institucionalidad, sino de una investigación independiente: la reconstrucción del Último Itinerario del Libertador, realizada por la Fundación Arajo.
Al mapear la ruta histórica entre Soledad y Barranquilla, la fundación encontró dos piedras que coincidían exactamente con los puntos de entrada y salida descritos en relatos del siglo XIX. Surgió entonces una pregunta inquietante: ¿cómo podían existir monumentos erigidos por decreto nacional… y no figurar en ningún inventario?
Las piedras estaban físicamente presentes, pero administrativamente desaparecidas.
VI. El riesgo de perderlas para siempre
Casi un siglo sin cuidados es letal para cualquier monumento. Hoy las Piedras de Bolívar presentan humedad acumulada, inscripciones opacadas, basuras alrededor y presión del crecimiento urbano.
Al no estar registradas como Bienes de Interés Cultural, carecen de protección legal. Si mañana alguien decide retirarlas o destruirlas, poco podría impedirlo.
VII. La propuesta: volver a contar la historia que se borró
Ante este panorama, la Fundación Arajo ha propuesto un plan integral para su recuperación: inventario patrimonial, estudios técnicos, restauración, señalización e integración a una ruta que conecte Entrada → Museo → Salida, vinculada al Último Itinerario del Libertador en Soledad, el Atlántico y Colombia.

Rescatar estas piedras es rescatar un fragmento del alma histórica de Soledad.
VIII. 95 años después: ¿qué hacemos con este silencio?
Un patrimonio no se conserva solo. Se conserva porque alguien lo defiende, porque una comunidad lo reconoce y porque una ciudad decide que su memoria importa.
Hoy, a 95 años de su erección, las Piedras de Bolívar aún están en pie. Aún tienen voz. Aún pueden integrarse al relato vivo de Soledad.
La historia tocó la puerta hace 95 años.
Hoy toca de nuevo.
Lo que decidamos hacer con ese llamado dirá, muy probablemente, más de nosotros que de Bolívar.

