Tradición, deseo y obstinación dialogan en esta triada poética: cocina festiva, lamento amoroso y existencial rebeldía. Tres voces, tres tonos, un mismo pulso humano que cierra 2025 con cierta esperanza.

POEMA


Autor:
Alfonso Noguera Aarón M.D.
Creación:
18 de diciembre de 2020
Vivamos la tradición decembrina
disfrutando el amor navideño,
y nada mejor en la cocina
que el delicioso Pastel costeño;
viandas se hacen por doquier
para compartir en esta Navidad,
pero el rey sigue siendo el Pastel
preparado con óptima calidad;
pasteles hay de arroz y maíz molido,
deliciosos, bien condimentados,
con vinagre, ajo, achiote y comino,
el envuelto es un plato cotizado;
además, lleva todos los “juguetes”:
alcaparras, aceitunas y uvas pasas,
y quedan más ricos si le metes
arveja verde, huevo en rebanadas,
y también lleva otros ingredientes,
zanahoria y papas en tajadas;
los pasteles son de cerdo y pollo,
primorosamente sazonados,
y para evitarnos tanto embrollo
mejores son los combinados;
con su aroma de pita y de bijao
el pastel huele a fiesta de diciembre,
festejamos unidos, regocijados
y que este mes dure por siempre;
los pasteles costeños son lo mejor,
por su criolla y suculenta sazón,
con mucha ética y con amor…
¡Conservamos esta bella tradición!
que Dios los bendiga por siempre…
y resérvelos a tiempo, por favor…
LAMENTO

Por José Alfredo Meza Casadiego
Se arrebata mi calma, cuando sediento estoy de saber de ti:
mi corazón entristece, por tu lejanía.
Tu encantador dominio sobre mí
me hace soñar, que tengo alas para surcar los cielos hacia ti.
Al despertar, la realidad me ultraja, evocando que estoy muy lejos, muy lejos de ti,
atado a un sitio, donde tu presencia, está ausente,
atado a un sitio, dónde no estás.
Tu voz apagada la escuchan mis oídos, la conocen como si fuera la mía, llenándome de esperanza e ilusiones.
Si los dioses del aire, atendieran mi clamor y me alojaran en tu nido,
mis recuerdos, ya no serían:
mi calma retornaría al sitio que nunca debiste haber abandonado.
Regresa amor, regresa vida mía.
SOLO VERSOS

Por José Orellano
Había hecho de la tozudez
su fiel aliada.
Y ahora extrema
—sin apuro alguno—
su punto de vista.
Decide escapársele a la vida,
ponerle fin a esa “jodantina”,
como lo acarició desde joven,
desde los días
de cabellera con vaselina.
Ya no quiere pendientes:
sale a caminar.
Sonríe
cuando los amigos le gritan:
“¡la tozudez mata!”.
Justo, eso
era lo que buscaba.
Camina como un niño,
desanda caminos,
recoge sus pasos.
Bordea, casi sin mirar,
el despeñadero de las cabras:
¡Y viaja!
Hoy todos lo dicen,
hoy todos lo repiten:
no hubo forma.
Al final,
la razón
también se cansó
de discutirle.
Fue —como siempre—
irremediable tozudo.
Bogotá, noviembre de 2015

