Evo Matrix, Alfonso Noguera Aarón y Rafael Manjarrez firman la última del año: mensajes sobre 2025 y 2026, con ‘La víspera de Año Nuevo’, de Don Toba: Ocaso y advenimiento.

LA ULTIMA DEL AÑO
12 uvas, un universo y la terca alegría de seguir…

Por Evo Matrix
La medianoche del 31 de diciembre no llega: irrumpe. No pide permiso. Se instala como un latido colectivo que sacude relojes, copas, balcones y supersticiones. Es el instante en que el tiempo se quita la máscara de calendario y se vuelve promesa. Frente a ese umbral, la gente no reza necesariamente a un dios concreto, sino al Universo, así, con mayúscula amplia, como si cupiera todo: lo que fue, lo que no fue y lo que podría ser.
A las doce en punto, las doce uvas dejan de ser fruta y se convierten en sílabas del deseo. Una por mes, una por intento, una por esperanza reciclada. Se mastican rápido, a veces atragantadas, porque el deseo también corre contra el reloj. Hay quien pide salud, quien suplica trabajo, quien se atreve a pedir amor y quien, con la prudencia de los que ya han aprendido, solo pide tranquilidad. En ese gesto mínimo —masticar y tragar— se condensa una fe doméstica, heredada, casi infantil, pero resistente como pocas.

Los bolsillos se cargan de arroz y lentejas, granos humildes que prometen abundancia futura. No importa si la lógica económica los desmiente: esa noche, la fe le gana a la estadística. El interior amarillo, desde la ropa interior hasta cualquier prenda visible, ilumina cuerpos y risas con la esperanza de que la suerte también necesita señales cromáticas para orientarse. Y entonces vienen las maletas, esas que no se empacan para viajar sino para atraer viajes. Se camina por calles y carreras del entorno inmediato, se da la vuelta a la cuadra, se cruza la esquina conocida, como si el mundo entero pudiera reducirse a ese trayecto simbólico. Algunos esconden un dólar en la billetera, reliquia moderna del sueño de estabilidad, talismán verde que promete que, de algún modo, el dinero no falte.
El brindis estalla. No importa si es vino, champaña, ron, whisky o tinto caliente: lo que importa es el choque de copas y el grito que se lanza al aire como una bengala verbal: “¡Feliz año nuevo!” Se abraza al que está al lado sin preguntar demasiado. Se perdonan rencores de doce meses en un segundo de efusión. El tiempo viejo se va sin derecho a réplica.
La madrugada del primero de enero se desliza en farra seguida, una prolongación del deseo que se niega a dormir. La música se repite, los pasos se vuelven torpes, las conversaciones se hacen profundas o absurdas —a veces ambas cosas— y la noche parece prometer que nada malo puede ocurrir mientras el reloj siga siendo indulgente. Afuera, las calles se vacían de carros; el asfalto descansa. Los pocos transeúntes se reconocen como sobrevivientes de la misma vigilia. Hay saludos entre allegados, conocidos y no conocidos, porque esa madrugada diluye jerarquías y protocolos: basta con haber cruzado el mismo minuto cero para sentirse parte de algo.
El dos de enero llega sin ceremonia. Llega con guayabo, físico y moral. El cuerpo pasa factura y la realidad se presenta sin maquillaje. Volver a lo de siempre, ahora con un salario mínimo aumentado en un 23 por ciento, suena a alivio en el titular, pero a cálculo inmediato en la cabeza. Porque detrás del aumento asoma la andanada de alzas: la canasta familiar que se encarece, los peajes que suben como si las carreteras fueran de oro, los útiles escolares que esperan enero como su temporada alta, y una infinidad de servicios que ajustan tarifas con la puntualidad de un reloj suizo. El deseo recién estrenado choca con la hoja de Excel invisible de la vida cotidiana.

Y sin embargo —tercos como somos— todo suena a alegría. No una alegría ingenua, sino una alegría de resistencia. Una alegría que dice: se vivirá lo que se aviene, del modo que fuere, en 2026. Porque la esperanza no siempre es optimista; a veces es simplemente obstinada.
En el Caribe, esa obstinación tiene sabor propio. La rumba no se apaga con el calendario. En Ciénaga, ya se presiente la fiesta del Caimán, con su mezcla de mito, música y agua salobre. En Sincelejo, las Corralejas —aunque estén prohibidas— siguen siendo un fantasma festivo que ronda conversaciones y nostalgias, recordando que la tradición no se borra con un decreto. Y en Barranquilla, el horizonte se tiñe de lentejuelas anticipadas: ya viene el Carnaval, con Michelle Char Fernández, reina central, al frente de una fiesta que no pide permiso para existir. El Caribe no espera: anuncia.
Así, entre supersticiones heredadas, cálculos económicos, música que no se rinde y calles momentáneamente vacías, se construye cada año nuevo. No como un borrón y cuenta nueva, sino como una continuidad esperanzada. Doce uvas después, seguimos creyendo que el Universo escucha. Y quizás —solo quizás— esa fe doméstica, masticada a medianoche, sea lo que nos permite levantarnos el dos, sacudir el guayabo y seguir andando.
Porque al final, entre tinto y brindis, lo que se renueva no es el año: es la voluntad de seguir celebrando estar vivos.
Para todos, El Muelle Caribe desea un… ¡Feliz año!
CRÓNICAS DECEMBRINAS
¡Feliz año 2026!
(Tercera Parte)

Del libro:
Crónicas y ensayos
Autor:
Alfonso Noguera Aarón M.D.
Comparto estas crónicas con mis amigos (as) para disfrutar y reflexionar sobre esta hermosa época del año.
Luego del día 24 de diciembre, con su interminable noche repleta de eventos que van de alegres y divertidos, a los ingratos y hasta trágicos, viene un 25 de diciembre desértico, donde solo se ven los insomnes borrachos en los pretiles bailando a tumbos y diciendo nada en medio de altos volúmenes de ruidos musicales que impiden hablar unos con otros y fastidian a los vecinos. No hay periódicos ni noticias y creo que ni misas, y ni los aleluyas arriman a sus templos, pues como que el mundo se detiene en la seca brisa fantasmal del 25. Pero, ya vendrán las noticias de lo que el diablo hizo en la ciudad y en otros lares, y solo hasta el 26, si no cae sábado o domingo, todo parece empezar perezosamente de nuevo.

Esos días entre el 24 y el 31 de diciembre, son los más atípicos de todo el año, pues, después de tan suculentas comilonas y esas efusiones contagiosas de parrandas y guachafitas del 24, vuelve uno a la vida cotidiana, y entonces come cosas corrientes y hasta las disfruta como compensando con las simplezas las francachelas del 24 de diciembre. De niño me llamaba la atención que por esos días vuelve uno al arroz blanco con lentejas y carne guisada o desmechada, mote de guineo y hasta bocachico frito con yuca, ya que por esos días coinciden con la ‘Subienda’ del apetecido pez ribereño.
A fines de diciembre suelen casarse los novios, hay paseos locales, despedidas tristes, pero también la llegada de más familiares que suelen venir con invitados, no siempre gratos; pues, al contrario de lo que se supone, ocurren desencuentros irreconciliables y no pocas trifulcas familiares o desencuentros entre los vecinos. También prosiguen las muertes de personajes conocidos y noticias fatales de accidentes, atracos y asesinatos múltiples que generan hondos pesares que contrastan con las alegrías ambientales. En esas, después de esos días de altibajos sentimentales y como pasando por un frenético paroxismo, llega el 31 de diciembre, anunciando que el año viejo se va. En astrofísica, al menos, el recorrido de la tierra alrededor del sol en 365 días se cumple en cada punto de su órbita elíptica, pero a alguien se le ocurrió que el día 31 se termina cada vuelta al sol. Ojalá hubieran tomado al 21 de diciembre como referente, ya que es el solsticio de invierno en el norte y de verano del sur, y la tierra llega justo al perihelio en ese día.
En cualquier caso, aunque todo en el ser humano es mental, por aquello de la autoconciencia del universo y de la participación ontológica que Dios prodiga al hombre y lo hace a su imagen y semejanza, ya para entonces, y menos mal, ya diciembre y el año están a punto de terminar, pero con un endiablado frenesí mayor que el 24; pues, se desatan unas habilidades emocionales que desnudan la condición frágil y efímera del hombre, y entre la ignorancia y las efusiones de júbilo, se liberan conductas histéricas que entonces nos resultan sublimes o ridículas según las veamos. El 31 de diciembre se acaba el año occidental, pero es en cada persona donde habitan las decisiones de su vida, sin embargo, enmarcadas en un contexto cultural y político que siempre debemos analizar. El frenesí callejero aumenta con las horas y el aire tiembla en la noche que transcurre. Las francachelas son parecidas a las del 24 y muchas comilonas se reciclan para el 31 y sigue la música altisonante y las charlas familiares y vecinales, pero al cabo de la media noche, el grito aguantado durante todo el año, rompe el fragor de las fiestas: “¡Son las 12! ¡Feliz Año…! ¡Feliz Año Nuevo!”.

Y entonces, el estruendo prosigue a la bullanga y se escuchan las sirenas desbocadas, los gritos, los ‘traki trakis’ y buscapiés, los tiros de pistola, revolver, fusiles y hasta de cañones y bombas, y la matraca del diablo cruje entre aquellas almas livianas hasta el amanecer del primero de enero, que viene terminando para muchos el día 2 o el 3 de enero, si no caen sábado o domingo; y el mundo, o lo que queda de él, vuelva a girar hacia ninguna parte en un enero fantasmal que como un largo lunes nadie quiere ni sabe cómo volver a empezar, y como un borracho necio, se enrumba a los carnavales, que desde septiembre ya venía reventando por debajo de las alfombras de cada día, esperando que pasaran las festividades decembrinas para soltar al diablo a desgarrar la carne del pueblo.
El hombre, por su doble naturaleza, corporal y espiritual, tiende a encorvarse hacia la tierra por necesidad y satisfacción orgánica, o elevarse hacia los cielos, porque su alma tiene sed del infinito, y se hace esclavo del mundo y lo angustia y lo fustiga el inexorable paso del tiempo y sus deseos se frustran en medio de sus hondas insatisfacciones existenciales, pero solo Dios le puede prodigar la bendición que lo colme de paz, de amor y de verdad. Muchas gracias.
¡Feliz año Nuevo!, a todos mis amigos y conocidos.
DEL RAFA MANJARREZ
Con ‘la víspera de año nuevo’

Por Rafael Manjarrez
En este fin de año, comparto con todos ustedes una versión muy especial de una obra eterna del vallenato:
‘La Víspera de Año Nuevo’, obra del gran maestro Tobías Enrique Pumarejo, ‘Don Toba’, uno de los pilares de nuestra música y de nuestra identidad cultural.
Esta canción la grabé en el año 2009 —junto a mi compadre Beto Villa— con el mayor respeto por su historia, su poesía y su profundo valor dentro del folclor vallenato.
Que su mensaje nos recuerde que la música también es esperanza, memoria y unión.
A todo el Caribe colombiano y a todo el país: que el 2025 termine con gratitud y que el 2026 comience con fe, optimismo y firmeza en el corazón.
¡Dios los bendiga hoy y siempre!
¡Feliz Año!

