Mirando la muerte

Mirando la muerte

Dos miradas frente a la muerte: colectiva, trágica y aérea; íntima, cotidiana y paciente. Entre cielo, ciudad y memoria, la vida resiste, duele, espera y, pese a todo, elige permanecer.

Imagen de portada: Ilustración que recrea, gráficamente, el contenido de esta página: un breve relato por José Alfredo Meza Casadiego y un extenso solo versos por José Orellano.

Por José Alfredo Meza Casadiego

Estoy triste, tengo dolor, tengo rabia, no sé contra quién, pero la tengo.

¿Quién me explica, para poder entender, la mala jugada que el destino le deparó a los muchachos del equipo brasilero de futbol Chapecoense?

Faltaba poco para que las mieles de la victoria se desparramaran sobre sus sueños de gloria. Venían de las profundidades del anonimato de este deporte, abriendo un camino luminoso para llegar al cielo de lo copa suramericana de futbol. Y en los cielos colombianos les anunciaron que no. Que no llegarían a la cima del futbol de América. Que los obstáculos que habían logrado vencer desde años recientes no serían peldaños suficientes para llegar a la anhelada estrella.

El equipo brasilero Chapecoense ante de abordar “El vuelo mortal”.

Los sudores recorridos por sus cuerpos, brotados de sus esfuerzos diarios, eran recompensados por los resultados favorables de los partidos. Iban eliminando paso a paso cada rival que se ponía al frente, provocando un entusiasmo gigantesco y efervescente en su fanaticada. Un carrusel envolvente de personas se iba arrimando a la causa: periodistas, fanáticos, autoridades de la ciudad, hasta la muerte se acercó cruzándose en el camino esplendoroso que habían construido estos gladiadores del futbol: se les acercó, simulando ser una eficiente y eficaz empresa de aviación… empresa de aviación que, abrigando en su corazón uno de los pecados más grave de la fe cristiana: la avaricia, antepuso su miserable ambición de dinero por encima del milagro de la vida.

Si el deporte del futbol los había encumbrado en los más altos sitios de la historia, el día de la tragedia la empresa aérea los llevaba por los altos cielos de América. Allá abajo, la indomable cordillera de los Andes majestuosa e inexpugnable, extendida como columna vertebral por todo el suelo americano, estaba siendo vencida por el vuelo que los llevaría a la ciudad sede del encuentro futbolístico.

Pero no, la agazapada avaricia anidada en el corazón del humano imperfecto estaba al acecho dando zarpazos de muerte a los sueños de los muchachos. El infortunio llegó con las sombras de la noche, acompañadas de la mano sombría de La parca y pusieron fin a una historia de cenicienta.

En esta ocasión no se pudo batir la montaña y se perdió el más importante trofeo. Perdieron la vida los nuevos héroes del futbol de América.

Sigo triste, sigo con dolor y no sé a quién reclamarle.

SOLO VERSOS


Por José Orellano

Como tu costumbre es
visitar solo a los vivos,
desde hace decenios te espero,
despiertos mis cinco sentidos.

Te espero
sin prisas.

Te espero
sin forzar la puerta del destino,
sin empujar tu sombra,
sin intentar jamás aligerar tu arribo.

Te espero
moviéndome vivaz
por mi ruta setenta y cinco–setenta y seis:
desde siempre te espero.

A conciencia,
desde mis treinta y tres,
cuando, díscolo creí, solo pensé,
—edad de Cristo—
que era tiempo de partir.

No hubo otra vez.

Te espero
cerca de mi casa:
cuando salgo a caminar,
cuando voy a comprar,
cuando vamos a vitrinear.

Te espero
cuando, entusiasmao,
conduzco
por el urbano caos
—aferrando el volante en mis manos—,
el carro de Clau.

Te espero
cuando transmilenieo
y me asalta el deseo
—antiguo rito,
costumbre de veinte años—
de tomarme un especial tinto.

Te espero
mientras, en el “Septimazo”,
me siento a beber
el “bien negrito” de tres mil,
el mismo
que hace veinte años,
sabiendo a vida
—de cincuentón a senil—,
costaba trescientos.

Pues bien: dicen
que la espera desespera,
mas no la mía.

Esta espera,
de larga paciencia,
la he bebido sorbo a sorbo,
pleno de alegría,
al paso de catorce quinquenios
y cinco años más:
la extensión de la vida mía.

Esta espera,
la he caminado.
La he respirado.
La he vivido.

Pero hay momentos
—incontables momentos—
en los que no te espero.
Y eso no es cuento.

No te espero,
y son esos instantes
en que sueño.
Despierto o dormido, sueño.

Y durante el sueño
—onirismo vibrante—
no te llamo,
no te busco,
no te nombro
no te espero.

Porque incluso allí
—estadio en el cual todo es posible—,
¡elijo la vida!


Bogotá, febrero 16 de 2026