Crónicas de redacción que entrelazan belleza, poder, escándalo, periodismo y suspensión disciplinaria: del atrevimiento de El Monje y su sanción, al auge y abrupto final de ‘Al Oído…’, entre intrigas.

PASAJES (05)
De El Monje a ‘Al Oído’:
gloria, castigo y cierre
Crónicas de redacción: belleza, poder y censura, entre reinas, escándalos musicales y silencios

Por José Orellano
Me escribe don Siervo —vía WhatsApp—: «Muy bonito el juego de cifras para el titular. Excelente memoria para el relato, y muy bien escrito».
—No sé cómo escribes en ese frío —anota Edgar Rey Sinning.
Y a ese par de amigos, yo les chateo mis agradecimientos, dispuesto a seguir soltando los caballos. Y, con chasquidos de lengua, a animar a tales equinos para que arreen y, en su sostenido galope, abran tres nuevos pasajes.
A.-El Monje al ataque

Para entonces, los vuelos del narcotráfico colombiano comenzaban a planear sobre las murallas de Cartagena y su Concurso Nacional de la Belleza.
Margoth Ricci era implacable cuando ponía su lanza en ristre —‘Margoth al ataque’ se titulaba su columna— y por medio de su palabra no quedaba títere con cabeza. Hay que afirmar que el evento cartagenero era escenario ideal para la contundencia de los dardos de la reconocida y combativa periodista.
El Monje, un columnista del espectáculo, era enviado especial de El Heraldo al tradicional certamen cartagenero y por medio de sus escritos bajo tal seudónimo intentaba poner a prueba lo que aprendía del estilo crítico y el juicio certero de uno de sus ídolos en el periodismo de aquellos años de mediados de los 70 y comienzo de los 80: La Ricci.

Era noviembre de 1974 y El Monje, a lo mejor tocado de “machismo”, no dudó en escribir —recogiendo el sentir y las expresiones de infinidad de asistentes al certamen de belleza— que a la ganadora de tal edición se le cruzaba la mirada, es decir: que tendía a ser estrábica; que tenía un seno para el este y el otro para el oeste y que cuando caminaba la carne de sus muslos saltaba como gelatina. ¡Se trataba de un concurso de belleza femenina, una competencia entre beldades! Y es que beldad traduce “hermosura, especialmente la de una mujer. Es un término que denota elegancia y se asocia a una apariencia física encantadora, a menudo usado en literatura para resaltar una belleza física casi perfecta”.
«La dignidad de la Señorita Colombia no se ofende» —palabras más, palabras menos— rezaba uno de los apartes del memorando que la dirección del periódico entregó a El Monje y con el que suspendía por tres días y sin sueldo al responsable del seudónimo, José Orellano, entonces coordinador de redacción. Fueron tres días disfrutados en un paraíso en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Necesariamente hay que precisar que la Señorita Colombia 1974 fue la valluna Martha Lucía Echeverry, quien seis años después, cuando comenzó a trabajar en relaciones públicas con la revista del equipo América de Cali, había de terminar siendo compañera sentimental del extinto narco caleño Miguel Rodríguez Orejuela, propietario en ese entonces del onceno conocido como ‘Los diablos rojos’.
La ex soberana de la belleza se había separado de su esposo el empresario caleño Juan Fernando Ulloa Cabal y a raíz de esto atravesaba por críticos problemas económicos tras haber vivido entre el lujo y la opulencia, la abundancia y el derroche. Al unirse sentimentalmente con su jefe, el jefe del Cartel de Cali, la exreina volvió a vivir como una reina —lujos, opulencia, abundancia, derroche—, aunque no faltaran los riesgos y los sobresaltos.
Más de un par de ediciones del Concurso Nacional de la Belleza fueron cubiertas por El Monje. En 1977, tres años después del memorando que lo envió a tres días de suspensión disciplinaria, estaba de Enviado Especial en ese evento enmarcado por plumas y lentejuelas. Y entrevistó, mientras caminaban por los jardines del Hilton, a Mary Shirley Sáenz Starnes —Shirley—, Señorita Colombia en aquel año.
B.-Julio Iglesias, mano larga

El hotel El Prado —ícono barranquillero— era el epicentro de presentaciones de renombrados artistas. Aquella noche el turno era para el ibérico Julio Iglesias, que tenía como telonera a la cantante caleña Isadora, exitosa setentera.
Isadora iba y Julio venía —o a la visconversa— y los dos, coincidentes en un punto casi a media luz del entorno de la tarima, se cruzaron por uno de los caminitos de ‘Los jardines tropicales’ del primer centro hotelero de Barranquilla … La mano como que se le volvió larga a Julio y hubo toque-toque, manoseo en salve sea la parte. La víctima también agitó su mano derecha y abofeteó al acosador.
El cronista lo supo, lo confirmó, escribió la nota y esta se publicó sin firma —recomendación del jefe de redacción— en un recuadro destacado en primera página.
Las reacciones de parte y parte no se hicieron esperar… A toda costa se pretendía el desmentido, pero Juan Gossain no lo admitió y en magistral solidaridad con su asistente asumió como suya la elaboración de la nota. La asumió, porque había logrado ratificación de varias fuentes de que el manoseo y la cachetada se habían dado de verdad verdad. No publicó ninguna rectificación.
C.-Periodiquito dentro del periódico
‘Al Oído…’ fue una columna periodística que, por decisión del director, le fue quitada a una experimentada redactora y entregada, sin mayores explicaciones, al coordinador de redacción, novel aun en el periodismo.

Con el paso de las semanas, ‘Al Oído…’ —sin día definido para su publicación, aparecía en cualquier fecha, dos o tres veces a la semana— llegó a asumir condición de espacio periodístico polifacético, por cuanto en ella se publicaban bocadillos informativos, comentarios y críticas de toda índole: breves apuntes sobre cualquier hecho tanto trivial como importante en el campo que fuere.
Por ‘Al Oído…’ pasaban registros de notas —casi siempre con fotos— sobre reinas de belleza, reinas del Carnaval, tanto central como de barrios; modelos profesionales y estudiantiles, abogados, profesionales de las diversas ramas, políticos, que no politiqueros; deportistas, cantantes, compositores, acordeoneros, músicos en general; poetas, pintores, escritores, periodistas y en fin… Incluso, desde la dirección eran enviados al responsable de ‘Al Oído…’ comunicados o boletines con el Vo. Bo. del doctor Fernández para que se redactaran al estilo de la columna y se publicaran en ese espacio.
En aquellos mediados de los 70, ‘Al Oído…’ organizó una Navidad para 24 niños nacidos un 24 de diciembre y, en ese día víspera de Navidad, llevó a cabo en el hotel Lébolo, así se llamaba entonces —entre las 10 de la mañana y las 4:00 de la tarde— una inolvidable fiesta infantil, a la cual le siguió un tour final por Barranquilla gracias a que la columna había logrado el respaldo de la gerencia de ese hotel, de dos empresas de buses, de varias heladerías y restaurantes, de diversos almacenes de ropa y de juguetes, de reinas de belleza y del carnaval, de payasos, de papás Noel, de agrupaciones musicales y de mucha gente que había desfilado por la columna… Hacia las 5:00 de la tarde, degustado un helado en ‘El palacio de Quique’, el tour siguió, pero para dejar en su casa a cada uno de los 24 infantes festejados, cargados de juguetes y otros obsequios.
Después, ‘Al Oído…’ adelantó una campaña social que mantendría con vida durante más de 15 años a la niña Yohana Niebles, quien había nacido con hidrocefalia —ese exceso de líquido cefalorraquídeo dentro del cráneo al cual le decían “agua en el cerebro”—, afección cerebral que genera una hinchazón craneana que da forma a una cabeza gigantesca, casi imposible de ser sostenida por una criatura por sus propios medios… A Johana le crecía en demasía.
Con el propósito de lograr un poco de alivio para aquel mal, ‘Al Oído…’ habló directamente con el neurocirujano barranquillero Salomón Hakim, quien residía en Bogotá, y lo invitó a que se vinculara a una obra social urgente haciendo la donación de su invento, la ‘Válvula de Hakim’, la cual permite drenar el líquido sobrante en el cerebro.

Gracias a la campaña de ‘Al Oído…’ la niña fue sometida a una intervención quirúrgica y la válvula, que, en efecto, había sido donada por el científico, le fue instalada a la pequeña —detrás de la oreja, bajo piel— y por ese conducto los excesos de líquido fluían hacia el abdomen.
Johana vivió —un deseo cumplido para su madre— durante quince años, pero siempre fue una bebé, sentada en un mecedor de hierro… Su mamá, Melba, la cargaba cuando había que desplazarse desde la casa hasta otro sitio y era ella, la abnegada madre, quien, diligentemente, cambiaba de ropa y le daba los alimentos a aquel ser que nunca habló, pero siempre lloró… Muy pocas veces sonrió.
‘Al Oído…’ hizo feliz a Melba, aunque hubieran sido quince años de sacrificio en el cuido de su hija… ¡Cómo lloró esa mamá el día en que, tras quince años de pesadumbre, su hija Johana se fue a vivir la vida eterna!
Meses después de la vuelta por la válvula Hakim, ‘Al Oído…’ lograría un importantísimo ‘movimiento de masas’ a su alrededor, gracias a la invitación que extendió a sus lectores para que escribieran su mejor visión sobre la baladista barranquillera María Eugenia Murgas, Ximena, quien para entonces se situaba en la cúspide artística nacional.
Al hacerlo, los lectores de ‘Al Oído’…’ tenían la posibilidad de obtener una de las mil camisetas ‘Al Oído-EP’ que la columna, en convenio con almacenes Edgardo Pereira —gran anunciante del periódico por intermedio de Sonovista Publicidad—, se disponían a obsequiar en pretemporada de Carnaval.
Fueron 5000 —unas más, unas menos— las cartas que llegaron al cubículo del responsable de la columna y hubo que aumentar a 1300 las prendas a obsequiar, por cuanto el contenido de ese número de mensajes lo ameritaba. La pila de misivas, una montaña de papel, con el autor en medio de ella, fue fotografiada por Gustavo Torres y publicada.
Pocos días después —abruptamente— la columna sería suspendida para siempre por perentoria orden verbal que la dirección le transmitió al autor… Los motivos no se le dieron a conocer tal cual había ocurrido cuando, años atrás, ‘Al Oído…’ había pasado a su control.
Impotencia y rabia para el jefe de redacción casi paralizado laboralmente, zambullido en una ‘inmunda mental’ por no tener claras las razones para que se hubiera decidido de esa manera la cesación del regional y nacionalmente reconocido espacio periodístico.

Pero tal desconocimiento no duraría más de 24 horas… El mismo día de la toma de decisión por parte del director, una llamada interna, proveniente de una testigo ocasional, despejó el interrogante…
Con el director se había reunido un fulgurante cronista que, sin ser empleado directo del periódico, tenía el privilegio de hablarle al oído, precisamente, al mandamás…
—«Eso no puede continuar, director… ‘Al Oído…’ se ha convertido en un periodiquito dentro del periódico», le oí decir, te digo, pero no he dicho nada —contó y se protegió una persona que había estado muy cerca de la conversación.
Ella hacía parte de un reducido grupo que, en aquel instante, se concentraba en la oficina de la asistente y la secretaria de dirección y que, al mismo tiempo, era sala de espera para personas que deseaban hablar con el director. Las dos oficinas, construcción antigua eran separadas por una puerta de madera. Y las voces —la intriga— se colaban de uno al otro compartimiento.
—Descuida —le dijo José Orellano a su interlocutora. — Tú bien sabes que se trata del consentido del director.
«Pura envidia, tras el exitazo de las camisetas ‘Al Oído…-EP…’. Increíble, viniendo de él», cerró ella.

