Libros y Unión

Libros y Unión

La octava edición de FilSMar celebra la memoria cultural del Magdalena, mientras Juan Gómez Vizcaíno revive, entre recuerdos y pasión futbolera, la histórica consagración del Unión Magdalena Campeón en 1968.

Imagen de portada: “La Ciénaga Grande de Santa Marta, territorio de agua convertida en palabra”, lema de la octava edición de la Feria Internacional del Libro, las Artes y la Cultura de Santa Marta– FilSMar. Empotrado, el escudo del ‘Ciclón Bananero’, con la única estrella que corona su historia: el título de campeón del fútbol profesional colombiano conquistado en 1968.

REFLEXIONES

Por Juan Gómez Vizcaíno

A partir de mañana, 26 de octubre, y hasta el 31 del mismo mes, se realizará la octava versión de la Feria Internacional del Libro, las Artes y la Cultura de Santa Marta – FilSMar, organizada por la Universidad del Magdalena, cuya primera versión se realizó en 2019. En el sitio virtual Editorial Unimagdalena, se lee lo siguiente:

La Feria Internacional del Libro, las Artes y la Cultura de Santa Marta (FilSMar) es un espacio de encuentro e intercambio literario, cultural y artístico que fomenta la imaginación, creatividad, inclusión, interculturalidad y diversidad cultural y de pensamiento como aporte para construir una sociedad en paz.

Banner promocional de FilSMa-octava edición.

La feria ha logrado fortalecer la visibilidad del territorio, la creación artística (narradores orales, escritores, ilustradores, músicos, entre otros), el despliegue de ideas de emprendimiento, y las jornadas profesionales y formativas en torno a la ciencia, el arte, la cultura y la literatura.

Alrededor de FilSMar se ha dinamizado el ecosistema del libro, donde interactúan todos los actores de la cadena de la producción editorial (autores, editores, correctores, diseñadores, traductores, distribuidores, agentes y libreros) con los lectores, que encuentran en la Feria un espacio de reflexión de temas importantes para la industria y la sociedad.

Cada año el número de visitantes nacionales e internacionales ha venido aumentando; en promedio se reciben 50.000 personas durante los días de la Feria. Se ha logrado realizar más de 1.000 actividades culturales y académicas con la ayuda de aliados fundamentales como la Red de Ferias del Libro de Colombia, la Cámara Colombiana del Libro, el Ministerio de Cultura, el Centro Cultural del Banco de la República, entre otras entidades públicas y privadas. Asimismo, han participado más de 300 fondos editoriales de todo el mundo, con un catálogo diverso que dinamiza la participación de más público.

La Ciénaga Grande y libros

FilSMar 2026 se celebra bajo el lema “Ciénaga Grande de Santa Marta: territorio de agua convertida en palabra”, como un “homenaje a este ecosistema y a los saberes, memorias, historias y formas de vida que han surgido en torno a sus aguas. La edición busca reconocer el territorio como fuente de conocimiento y expresión cultural, evocando cómo los pueblos originarios aprendieron a interpretar las mareas, los vientos y los peces como formas de orientación y supervivencia. FilSMar 2026 invita a escuchar las voces de la Ciénaga Grande, preservar su memoria y convertir sus historias en nuevas palabras y relatos que fortalezcan la identidad del Magdalena y el Caribe colombiano”.

Presentación en FilSMar, este miércoles 28.

En el marco de esta edición de la FilSMar, se realizarán, en el campus de la Universidad del Magdalena, entre otras actividades, conversatorios, recitales poéticos, proyecciones audiovisuales, muestra comercial de libros, presentaciones artísticas en vivo, y lanzamiento de libros, como la Antología Literaria “Santa Marta Plurilingüística”, constituida por poemas, cuentos y crónicas (todos en español, algunos en inglés, francés, italiano o iku) , producida por el Taller Literario de la Universidad del Magdalena – TALIUM, dirigido por el poeta samario Gustavo Arrieta López, y editado por Editorial Unimagdalena; el lanzamiento de esta antología se llevará a cabo el 28 de octubre, a las 10:30 am, en el Auditorio Neguanje de la Universidad del Magdalena, en la cual se publican creaciones literarias de escritores de todo el país, entre ellas, un relato histórico del suscrito, Juan Gómez Vizcaíno, titulado “Sueño Ciclónico”, escrito en 2025, y cuya temática es una visión ficcionada de vivencias personales del autor y documentaciones históricas, sobre la memorable fecha del 15 de diciembre de 1968 cuando el Unión Magdalena conquistó la estrella de Campeón del Fútbol Profesional de Colombia. A los interesados en ver la programación completa de la FilSMar, consultarla en: Instagram: @feriafilsmar o Facebook: @filsmar.

REFLEXIÓN DOMINICAL No. 50 – 25 de octubre de 2026 – Juan Gómez Vizcaíno

LA ÚNICA DEL UNIÓN

Unión Magdalena 1968
(Fotografía tomada de:
https://www.elinformador.com.co/index.php/deportes/178-sopla-ciclon/289680-union-magdalena-campeon-en-1968-54-anos-del-unico-e-historico-triunfo)

Nota del autor: A los interesados en leer mi relato histórico, «Sueño ciclónico», publicado en la Antología Literaria «Santa Marta Plurilingüe», adjunto se los envío.

Autor: Juan Gómez Vizcaíno

Al despertar una mañana, diferente a Gregorio Samsa, no estaba convertido en un monstruoso insecto, sino en un furibundo hincha del Unión Magdalena. La noche anterior, como todas las noches, me había acostado vestido solo con una pantaloneta blanca a manera de pijama, y al despertar tenía puesta una camiseta de franjas verticales azul y rojo, con una estrella en el lado superior izquierdo del frente que daba cuenta, orondamente, del único campeonato obtenido por el llamado “Ciclón Bananero” en el torneo profesional de fútbol colombiano en el año 1968; además, para mayor sorpresa mía, atada a la cabecera de mi cama, flameaba movida por el viento que aún echaba mi vetusto abanico de techo, una bandera de los mismos colores de la camiseta.

El emblemático y añorado estadio Eduardo Santos. (Imagen tomada de Facebook-Fútbol Caribe Colombia
 

Lo cierto es que desde niño tuve afectos por ese equipo de fútbol, posiblemente porque nací en Pescaíto, el emblemático barrio samario cuna de muchos futbolistas que jugaron en el Unión Magdalena, pero no alcancé a ser un efusivo fanático, tanto que nunca me puse una camiseta azulgrana como dicen los periodistas deportivos, y mucho menos tener una bandera con aquellos colores, solo tuve la de Colombia que solía poner atada a la ventana del frente de mi casa los 20 de julio de cada año como una costumbre patriótica heredada de mi padre. Solía, en aquellos lejanos tiempos, años 60 del siglo XX, ir los domingos al icónico Estadio de Fútbol Eduardo Santos, inaugurado en el año 1951 y cuyo nombre le fue dado en honor al político y periodista quien fuera Presidente de Colombia de 1938 a 1942; yo iba al estadio, decía, no motivado por apreciar las jugadas de los futbolistas, sino más bien por la curiosidad de un espectador de lo que ocurría en las afueras del estadio y en las graderías, todo lo cual me resultaba muy atractivo como expresiones típicas del costumbrismo popular samario.

Una vez repuesto de mi sorpresa por verme vestido con aquella camiseta y ver aquella bandera atada a la cabecera de mi cama, por mi mente pasaron, como en una suerte de secuencias cinematográficas, las imágenes del sueño que había tenido la noche anterior. Eran, exactamente, imágenes de diversas situaciones que, durante aquella época de mi adolescencia, viví en el viejo estadio de la Avenida de El Libertador. Una de esas situaciones, fue la de, cuando para entrar gratis al estadio, acompañaba a un amigo vecino quien con dos ollas llenas de empanadas que preparaba su abuela, iba al estadio a venderlas, cada vez que jugaba el “Ciclón”, a él lo dejaban entrar sin pagar boleta, de manera que yo, para colarme en el cuento, lo ayudaba con una de las ollas y nos dejaban entrar gratis a los dos.

Teatro Variedades por dentro y fachada del Rafael Hernández Pardo. (Imágenes tomadas de Facebook-José Manuel Castillo Moscarella y Facebook Soy samario magdalenense-Raúl Alberto Vives Lacouture)

Pasaron por el telón de mi mente, muy parecido al del antiguo Teatro Variedades, muchas imágenes de aquel sueño pero que, justamente, habían sido parte de mi realidad adolescente, es decir, fue algo así como un “sueño-recuerdo”, imágenes tales como: las colas y las peloteras de los aficionados para entrar al estadio (“¡Hey, hijueputa, haz la cola, no joda!”); los vendedores repartidos en todos los sectores de las afueras del estadio ofreciendo de todo para comer y beber, especialmente tajadas de mango verde con sal y pimienta, pasteles de cerdo y guarapo de panela con limón; los incapacitados en sus sillas de ruedas apostados en la pista del estadio a quienes dejaban entrar gratis siempre y cuando llevaran puesta la camiseta del Unión; la “chorrera” de buses que desde Ciénaga, Río Frío, Orihueca, Sevilla y Guacamayal, llegaban cargados de fanáticos ansiosos de no perderse los partidos del “Ciclón”; los “pelaos” encaramados en los palos de mango que en aquel tiempo abundaban en los alrededores del escenario deportivo, o encima de la cachucha o techo de las graderías del Estadio de Beísbol Rafael Hernández Pardo, para desde esos lugares poder ver el partido; los narradores y comentaristas cuyas voces escuchaban muchos fanáticos quienes acomodados en las graderías, además de ver directamente las jugadas, necesitaban escuchar en sus radios transistores aquellas efusivas y arengantes voces; y, también en las graderías, tanto de sombra como de sol, grupos de tambora de Pescaíto, Manzanares y Mamatoco, hacían sonar con furia bananera los cueros, mientras “Balín” Ariza, pescaitero fanático número uno de ”El Ciclón”, dejaba escuchar una sirena que activaba con una manivela cuyo sonido no solo llagaba nítido a cada uno de los espectadores provocándoles gritos de entusiasmo, sino que también llegaba a los residentes de los barrios vecinos del estadio.

En una ocasión, cuando se jugaba uno de los tradicionales clásicos Unión Magdalena – Junior de Barranquilla, en los cuales el fervor samario se agigantaba considerablemente, ocurrió algo memorable, narraba para una emisora barranquillera el afamado periodista chocoano, aunque más barranquillero que las Marimondas del Barrio Abajo, Edgar Perea Arias, quien, ¿para qué?, tenía una inmensa sintonía, y “pasó, sucedió y resultó” que el Junior ganó aquel partido, 1 a 0, y “El Negro” Perea se desbordó gritando arrogantemente: “¡Junior…Junior, tu papá!”, lo cual alteró la cordura de los fanáticos unionistas hasta el punto que Getulio Brugés, afamado boxeador pescaitero exactamente de la Calle de las Piedras, y un grupo de amigos igual de peleoneros que él, al final del partido, ya en las afueras del estadio, se abalanzaron contra Perea con el propósito de darle “su merecido a ese bocón”, pero para fortuna de “El Negro”, unos amigos de él lograron protegerlo y llevarlo hasta una residencia frente al Colegio Instituto Magdalena. Dijeron algunos que si Getulio hubiera logrado darle uno de sus temibles jabs y un recto a la quijada, lo hubiera noqueado, y “El Negro” no hubiera continuado más con su pregón paternalista.

Edgar Perea-Instagram.

Pero, las imágenes que con mayor impacto y diafanidad se proyectaron en mi cinematográfico álbum de recuerdos de situaciones vividas por mí cuando aún no alcanzaba a tener 16 años de edad, los cuales aún perviven en mi “disco duro” a pesar de los inevitables estragos que en la memoria humana produce una enfermedad cuyo nombre no recuerdo, y “revividas” en el sueño relatado, no de una noche de verano shakespeariano, sino de calor pescaitero, fue la del memorable domingo 15 de diciembre de 1968, cuando el Unión Magdalena logró, por primera y única vez, ser campeón del Torneo Profesional de Fútbol de Colombia. Aquella proeza del fútbol bananero, considerada por muchos como épica, tuvo dos episodios que definieron el campeón de aquel año: Uno fue el ocurrido en Cali, el jueves 12 de diciembre de 1968, partido de ida, el cual ganó el “Ciclón”, 1 a 0. “con espectacular gol de media distancia”, según la descripción de un periodista deportivo, del defensa central pescaitero Aurelio “Yeyo” Palacios.

Los goles del titulo: Aurelio “Yeyo” Palacios, en Cali, y Raul Peñaranda y Ramón “Moncho” Rodríguez, en el Eduardo Santos. (Imágenes tomadas de https://lachachara.org/ y https://zonacero.com/)

Tres días después, domingo 15 de diciembre, en el ahora añorado Eduardo Santos, el “Ciclón” logró la proeza de ser el campeón, cuando después de ir perdiendo 2 a 0, un samario, Raúl Peñaranda, y un paraguayo, Ramón “Moncho” Rodríguez, hicieron que los fanáticos que habían entrado al estadio, entre ellos mi amigo y yo vendiendo empanadas, y los que en cualquier esquina barrial seguían por radio las “incidencias del partido”, como dicen los más curtidos comentaristas deportivos, entraran en una masiva euforia; si, el “zurdo” Peñaranda, de fuerte derechazo anotó el primer gol, que, entre otras vainas, dicho por él años después, fue el único que hizo profesionalmente con la pierna derecha, y, al final del partido, el paraguayo Ramón “Moncho” Rodríguez anotó el segundo para redondear el resultado de la serie de dos partidos en favor del Unión, 3 goles a 2. Como lo dijo un periodista en una nota de prensa: “Y tras sonar el pitazo final, el Estadio Eduardo Santos reventó de alegría, pues por primera vez un equipo de la Región Caribe se coronaba campeón de la liga del fútbol colombiano. Aquel 15 de diciembre de 1968, Santa Marta y los hinchas bananeros se vistieron de fiesta e inundaron las calles de la ciudad con los colores azul y rojo”. Eso fue cierto, después del pitazo final, el alborozo dentro del estadio fue monumental, el sonido de las tamboras y de la sirena de “Balín” Ariza, se mezclaban cacofónicamente con los gritos exacerbados de los cerca de 15.000 hinchas que estaban en el estadio, según datos suministrados por el club. Aquello fue un júbilo colectivo cuasidemencial.

El pueblo samario celebra el título del Unión, en 1968, el único. (Imagen tomada de Facebook-Unión Magdalena SA)

Lo ocurrido en la calle fue trascendental en términos sociales, solo parecido a cuando en 1928, en los Juegos Olímpicos Nacionales (así se llamaban para entonces, no como ahora que les llaman solo Juegos Nacionales) realizados en Cali, la Selección Magdalena se coronó campeona de aquel torneo. Por considerar que este hecho es de gran trascendencia en la historia del fútbol samario, tanto que pudiera decirse que se constituye en el antecedente precursor de la gesta futbolera del “Ciclón Bananero”, inserto en este relato fragmentos que sobre aquel acontecimiento Alberto Galvis Ramírez, Director de la Revista Olímpica y Presidente de la Academia Olímpica Colombiana, publicó el 17 de octubre de 2023 en el sitio virtual olímpico.co.com/web/génesis-II-el-futbol-atrapo-la-atencion-de-los-I-juegos:

La final y el título de aquel torneo los disputaron las selecciones de Atlántico y Magdalena, resultando ganador este último por marcador de 2 a 0…Cinco días después del triunfo se inició el regreso del equipo a Santa Marta…Desde el Puente del Mayor, cerca de Bavaria, comenzó el sonar de las campanas y de los pitos de la locomotora. Hasta la estación vieja del ferrocarril, se alinearon los samarios con banderas y en medio de un delirante entusiasmo… El desfile de “los olímpicos”, como se les empezó a llamar, se realizó por la Avenida del Fundador hasta un Arco del Triunfo que existía en la ciudad, en donde fueron recibidos con un emotivo discurso pronunciado por el Gobernador de Magdalena, José María Núñez Roca, al que siguieron varios agasajos en el Centro Social.

Bueno, volviendo al 15 de diciembre de 1968, salió desde el estadio hacia el centro de la ciudad, un desfile encabezado por el único carro del Cuerpo de Bomberos que había en ese tiempo en la ciudad, en la parte de arriba, iban, además de “Balín” haciendo sonar su sirena, los directivos y el técnico, el barranquillero Antonio Julio De la Hoz, y claro, los jugadores del equipo, entre quienes, en una absoluta algarabía, se veían a los once titulares del partido final, seis paraguayos (Justo Sayas, Líder Toledo, Obdulio Torres, José “La Hormiguita” Quiñones, Eugenio Samaniego y Ramón “Moncho” Rodríguez), cuatro samarios (Aurelio “Yeyo” Palacios, Pablo Huguett, Pedro Vásquez y Raúl Peñaranda) y un cienaguero (Manuel “Maracaná” Manjarrés), sobre lo cual, alguien dijo que esto era una mezcla de las sangres guerreras guaraníes y tayronas.

Ah, antes de salir a la calle, ocurrieron dos vainas que, claro, no puedo obviar: los incapacitados se levantaron de sus sillas de ruedas, y corriendo más que los capacitados, se unieron al desfile; y, la otra vaina, mi amigo y yo, igualmente emocionados y ansiosos de unirnos a la caravana azul y roja, dejamos dentro del estadio las dos ollas que, bueno, ya estaban vacías porque cuando Peñaranda anotó el primer gol del Unión, todos los aficionados se entusiasmaron tanto que celebraron comiendo empanadas.

Jose Ariza Hernandez, ’Balín’ (Imagen tomada de Facebook-Balin Orgullo Samario).

Al día siguiente de aquel sueño ciclónico, en la noche, cuando ya había llegado, como dicen coloquialmente, al séptimo piso del edificio de mi vida, al estar frente al televisor viendo una de mis películas preferidas, grandes producciones de temas antiguos (“Troya”, “Pompeya” y “Robin Hood”), las cuales no sé cuántas veces he visto, escuché un alboroto en la puerta de mi casa, era una suerte de serenata a mi persona. Salí a ver qué pasaba. Era un montón de personas encabezadas por “Balín” Ariza quien activando su estridente sirena estimulaba aquel inusitado merequetengue. La verdad es que no sé si esa inusitada situación era real o producto de mi imaginación resultado de lo que los psicólogos llaman “revelaciones oníricas de deseos frustrados”. Detrás de “Balín” estaban “Te Veo” Del Valle tocando con vehemencia popular su tambora mientras hacía malabares con las baquetas cual personaje de un antiguo circo, y “Yoniviti” Delgado quien, con una botella de cerveza, “sin igual y siempre igual» como acuñara publicitariamente el escritor cienaguero Álvaro Cepeda Samudio, apoyada en su boca, cual flauta traversa, sacaba melodías del antiguo repertorio del “pitán-pitán” samario («Gorrero, gorrero, quítate el sombrero, si no te lo quitas te lo tiro al suelo”). A estos simpáticos personajes los había conocido hacía años en mis tiempos de “pescaitero carnavalero”. Y detrás de ellos, en la puerta de mi casa, danzaba una inmensa comparsa, vestidos todos con el uniforme del “Ciclón Bananero”, y cantando en desafinado corifeo: “Unión…Unión…Unión, sopla ciclón”.

Días después de todo aquello, el sueño kafkiano y la increible vivencia del día siguiente, decidí convertirme en furibundo fanático del Unión Magdalena, decidí que compraría una camiseta azulgrana y vestirme siempre con ella y atar, diariamente, en la ventana del frente de mi casa, una bandera “ciclónica”, así no haya más 15 de diciembre de 1968. Muchos dicen que tengo demencia senil, y, sinceramente, creo que tienen razón.

Santa Marta Marzo de 2025